A la montaña no le importa que estés cansado
Una subida antes del amanecer, un ascenso agotador y la tranquila reflexión en la cima. El sincero relato de un excursionista sobre por qué seguimos subiendo.
La alarma sonó a las 4:40 de la madrugada y, durante un largo rato, me quedé inmóvil dentro de mi saco de dormir, escuchando cómo mi propia respiración se convertía en vaho en la oscuridad. En el refugio hacía un frío que se te metía hasta en los dientes. En algún lugar más abajo, el valle aún dormía. Aquí arriba, el día ya me estaba exigiendo algo.
Metí en la mochila mi linterna frontal, el hornillo, agua y dos trozos de chocolate que llevaba tres días racionando. La mochila se acomodó sobre mis hombros con ese peso familiar y agobiante: once kilos que, antes del café, parecían veinte. Salí al exterior y el aire frío me golpeó los pulmones como una nota musical prolongada.
«La primera hora es una mentira»
Todo excursionista lo sabe: la primera hora es cuando el cuerpo se resiste más, pero es cuando menos lo dice en serio. Me ardían las pantorrillas en las primeras curvas cerradas. Me costaba respirar. Una voz —la misma que aparece cada mañana difícil— me preguntó, con toda razón:¿Por qué no te das la vuelta y ya está?
Pero hay un ritmo que acaba surgiendo si tienes paciencia. Bota, bastón, respiración. Bota, bastón, respiración. El sendero se empinaba y se convertía en un pedregal, con piedras sueltas que se deslizaban bajo cada paso, y volví a aprender a confiar más en mis piernas que en mi miedo.