Bendición y concierto de ronquidos en un gran dormitorio
Manolo Link cuenta una bendición del peregrino en Navarra, una noche en un enorme dormitorio lleno de roncadores y lo sencilla que es la vida del peregrino.

Una historia de la serie «Historias MARAVILLosas que escribe el Camino» de Manolo Link: una bendición del peregrino al atardecer en Navarra, una noche en el dormitorio más grande de su vida y la constatación de lo sencilla que es la vida del peregrino.
La bendición del peregrino
… no entendí gran cosa de lo que predicaron en español los cuatro sacerdotes durante la misa. Tampoco hacía falta. Mi corazón parecía comprender cada palabra sin necesitar idioma alguno. Después de la homilía, los sacerdotes invitaron a todos los peregrinos a acercarse al altar.
Durante la bendición se me humedecieron los ojos. Fue un momento conmovedor en el que ocurrió algo muy especial. Bendecir a una persona, desearle salud, prosperidad, amor y paz en todos sus caminos, es algo maravilloso.
Después de la misa recé en silencio y luego me entregué al fresco del atardecer navarro. Sentía dentro de mí una paz celestial. Quería estar solo y me alegraba de la corriente bienhechora que se extendía por mi interior. Y sabía apreciar el hecho de encontrarme en ese místico camino de peregrinación centenario, porque empezaba a intuir un poco los preciosos tesoros que este camino encerraba.
En aquel momento parecía haber abierto una pequeña ventana para revelarme una diminuta llama de su alma espiritual y universal. Como si se me permitiera intuir una pequeña parte de una luz suave y divina, pero aún no ver el todo completo.
En el dormitorio más grande de mi vida
Estaba cansado y fui despacio hacia el dormitorio más grande en el que he pasado la noche en mi vida. Cuando entré en la sala, los peregrinos que aún no estaban acostados andaban ocupados ordenando sus cosas. Después de lavarme los dientes y untarme la rodilla con pomada, trepé a mi litera y me metí en mi saco de dormir.
A mi lado estaba un italiano joven y delgado que no paraba de sonreír. Debajo de mí, una mujer de unos 60 años mantenía con su vecina una animada conversación en francés.
Al recorrer con la mirada la amplia sala, me di cuenta de que la gente se trataba con respeto y consideración. Mujeres y hombres se cambiaban de ropa con naturalidad, dejaban sus cosas sobre el armazón de la cama y se metían en sus sacos de dormir.
Los tapones Ohropax que me metí en los oídos parecían chicle que ya llevaba unas cuantas horas de masticar. No me gustaban esos chismes, sobre todo porque me dificultaban la respiración. Aunque innumerables pensamientos me pasaban por la cabeza y mi mundo interior estaba lleno de asombro, en algún momento me dormí.
Mi vecino italiano fue el primer roncador que frustró mi propósito de dormir toda la noche. Con él roncaban muchos otros en aquel gigantesco dormitorio. Pronto me pareció un concierto que desarrollaba un carácter propio y que tenía, la verdad, su encanto.
No hace falta despertador
A primera hora de la mañana me despertaron unos ruidos extraños. Mientras abría los ojos, me di cuenta de que era el crujido de bolsas de plástico, acompañado de una intensa actividad y de los susurros de los peregrinos. Los ronquidos y el crujir de bolsas de plástico formaban parte de la vida del peregrino tanto como la mochila y las botas de montaña. En aquel momento comprendí que no necesitaba despertador. Mis compañeros peregrinos cumplían esa función a la perfección.
Igual que la noche anterior, reinaba un ambiente agradable entre la gente. Abrí la cremallera del saco, me levanté, me vestí y me fui de buen humor al lavabo con la toalla y el cepillo de dientes.
Como la mayoría de los peregrinos, entre ellos mis primeros compañeros de camino, ya se habían puesto en marcha, el dormitorio estaba casi vacío. Así tuve sitio de sobra, después del aseo, para enrollar mi saco de dormir y embutirlo en su funda. Igual que el día anterior, tardé una eternidad en guardar el dichoso trasto. Mientras hacía la mochila y comía unas galletas, me di cuenta de lo sencilla que era la vida del peregrino. Las muchas camas simbolizaban la igualdad. Todos tenían derecho a una cama, una ducha, un váter y un techo sobre su cabeza. Si a alguien se le ocurría la «gloriosa» idea de reclamar privilegios, enseguida le sacaban de su error…
Os deseo a todos un buen camino.
Buen Camino
Manolo Link, escritor y peregrino

Otra historia de la serie «Historias MARAVILLosas que escribe el Camino» de Manolo Link: El Camino da mucho, a veces incluso una nueva vida.