Camino de Santiago canario: Gran Canaria de Maspalomas a Gáldar
Relato de Michael Stief: el Camino de Santiago canario desde el Faro de Maspalomas por San Bartolomé y Cruz de Tejeda hasta Gáldar, con archivo GPX.

Michael Stief recorrió el Camino de Santiago canario en Gran Canaria: desde el Faro de Maspalomas, en el sur, atravesando la isla hasta la iglesia de Santiago de Gáldar, en el norte. Lo hizo en tres etapas, con un día de descanso en la Finca La Isa, y llegó a Gáldar en el Año Santo 2021/22 justo a tiempo para la misa de Reyes.
Del Faro de Maspalomas a Gáldar
Camino de Santiago canario en Gran Canaria. ¿Un Camino de Santiago canario? Sí, existe. Desde el faro, el Faro de Maspalomas, hasta Gáldar. Cruzando la isla de sur a norte.
(Puedes descargar aquí el archivo GPX de esta ruta)
Y también hay Compostela. Gracias a un privilegio papal de los canarios.
Días 1 y 2: llegada a Maspalomas
Llegada a Maspalomas. Allí, junto al faro, empieza el camino. El día de llegada, primero a explorar los alrededores, y el domingo, a recoger la bendición del peregrino en el Templo Ecuménico El Salvador. La misa en alemán es los domingos a las 11:15, con aperitivo después.
Luego, para ir calentando, un paseo por la playa de Playa del Inglés a Maspalomas con puesta de sol. Dormir una noche más y ¡en marcha!




Etapa 1: Maspalomas – San Bartolomé (Tunte)
Salida en el faro. El Camino de Santiago canario va de Maspalomas a Gáldar.
Se sale del faro de Maspalomas, el Faro, y lo mejor es hacerlo poco antes del amanecer. Así todavía puedes admirar la salida del sol antes de ir por la playa hasta el primer indicador del S-54, el sendero que seguí en esta primera etapa.
Discurre –desde el Charco de Maspalomas, donde también están las dunas– a lo largo del Barranco de Fataga, que atraviesa toda la ciudad como un cauce amurallado.
Oye, el que es listo aprovecha la sombra de la mañana a lo largo del cauce; sol vas a tener de sobra en los casi 30 km que vienen después.

Por el Barranco de Fataga hasta Fataga
El Barranco de Fataga llega hasta el límite del pueblo y, en una rotonda, da paso a la naturaleza salvaje.
Pasando por debajo de un puente de carretera con unos grafitis notables, se sale al barranco desértico, donde puedes seguir los fiables indicadores y alguna que otra flecha amarilla. Lo más destacado es un antiguo acueducto que todavía lleva agua. Agua que conviene llevar también encima para recorrer los 21 kilómetros por el barranco hasta San Bartolomé, alias Tunte, porque la sombra escasea en el barranco y ni siquiera los senderistas experimentados podrán escapar del sol del mediodía.
Largas y tenaces subidas van minando las fuerzas bajo el sol del mediodía hasta que, a la altura de Arteara, se llega a un desvío hacia la necrópolis de Arteara. Quien sepa que allí el ojo no entrenado solo descubrirá montones de piedras uniformes resistirá la tentación de bajar por el pedregoso camino de escombros al barranco y seguirá por el camino hacia Fataga.
Si no, toca bajar sobre piedras puntiagudas hasta el fondo del barranco, subir de nuevo a Arteara y seguir por subidas a ratos durísimas por la otra ladera del barranco hasta Fataga, donde la iglesia del pueblo marca el hito y el punto de partida del tercer y último tramo de la primera etapa: el camino a San Bartolomé, o Tunte, como se llamaba en la lengua de los aborígenes.





De Fataga a Tunte
En el camino de Fataga a Tunte se baja primero al barranco, verde en este punto, donde a los palmerales les siguen espesos cañaverales de caña de azúcar.
Después el camino vuelve a subir en zigzag por senderos polvorientos y caminos empedrados hasta que por fin aparece Tunte y ya no quedan lejos el alojamiento y un plato de estofado caliente.






Etapa 2: Tunte – Cruz de Tejeda
Después de más de 30 kilómetros y unos 1000 metros de desnivel en la primera etapa, el cuerpo pide primero descanso antes de dar el visto bueno a otra etapa.
Así que por la mañana el camino lleva primero al bar Quatro Esquinas, donde no solo hay un café que resucita a un muerto, sino también el sello para la credencial y agua para el camino.
De vuelta en la plaza principal de Tunte, el peregrino pisa primero la placa conmemorativa del Año Santo 2021/22 incrustada en el suelo y luego entra en la iglesia de Santiago del pueblo. Allí, el marcial Santiago Matamoros asoma tras las columnas, mientras que al otro lado una pancarta recuerda a los peregrinos que esta peregrinación no es más que un símbolo del largo viaje de la vida hacia nuestro Padre misericordioso del cielo.
Después, siguiendo los indicadores, se toma el sendero S-50, pasando junto al cementerio del pueblo, hasta el comienzo del Camino de Santiago cerca de una fábrica de cemento.
Por delante le esperan ahora al peregrino dieciséis kilómetros y otros 1000 metros largos de desnivel hasta Cruz de Tejeda y, en mi caso, hasta la Finca La Isa, que se acurruca un buen kilómetro más abajo, al borde de la caldera.
Pero primero toca subir a pico por el Camino Real hasta la Cruz Grande. El camino está empedrado con piedras toscas, más para proteger el camino de algún que otro chaparrón que para facilitarle la marcha al caminante.
En la Cruz Grande, un indicador anuncia que ya has subido 3,5 kilómetros y que solo quedan 12 kilómetros hasta Cruz de Tejeda. Pero esos todavía tienen miga, porque primero hay que subir otros 500 metros hasta las alturas del Garañón. A cambio, la vista se ve recompensada con un panorama sobre la caldera y el barranco hasta Maspalomas y el mar, y puede disfrutar de los brotes de algunos almendros dispersos.
Por último, se vuelve a subir monte arriba por empinadas curvas de herradura muy expuestas hasta que por fin se alcanza la cima y aparecen los pinos del Garañón. Lo más duro del camino, por desierto y laderas de cráter, ya está hecho, y las piernas y la vista se alegran ahora de los sombreados pinares.












Por los pinares hasta Cruz de Tejeda
Una vez superada la subida de Tunte a la Cruz Grande y luego hasta las alturas del Garañón, al otro lado de un campo de lava se extienden ante ti los pinares entre el Roque Nublo y el Pico de las Nieves.
La vista atrás hasta la costa permite repasar una vez más el camino recorrido, y pronto un indicador en un rincón muy agradable anuncia que ya está hecha la mitad de esta etapa.
Por anchas pistas forestales que parecen avenidas se sigue ahora hasta el Campamento Garañón, un campamento deportivo y de aventura para jóvenes. Allí se puede elegir entre seguir directamente hacia Cruz de Tejeda o ir a Tejeda pasando por el Roque Nublo, uno de los símbolos de Gran Canaria.
Aquí me lío en uno de los muchos caminos y aun así llego a la Degollada de Becerra, el último hito antes de Cruz de Tejeda, mi final de etapa, y uno de los miradores más fantásticos de toda la isla: mientras al oeste la luz dorada del sol convierte en silueta el Roque Bentayga, montaña sagrada de los aborígenes, la mirada recorre el panorama, que deja ver toda la caldera y Tenerife asomando entre la bruma.
Así llego finalmente a Cruz de Tejeda con la luz dorada del atardecer, por senderos estrechos y polvorientos, mientras el sol se pone del todo. A mi alojamiento, la Finca La Isa, que a pie queda todavía a tres cuartos de hora, llego haciendo autostop gracias a dos ángeles en forma de pareja con coche: no solo me acercan un trecho, sino que además ellos también duermen en la finca y me dejan justo en la puerta.











Día de descanso en la Finca La Isa
Después de la segunda etapa me tomé un día de descanso. Ya me había imaginado que hacer todo el camino en tres días iba a ser demasiado para mí. Casi dos años de teletrabajo me habían pasado bastante factura en la forma física.
Además, como alojamiento había elegido la Finca La Isa. Un hostel de montaña acurrucado en la ladera entre el pueblo de Tejeda y Cruz de Tejeda. Entre senderistas y montañeros se respiraba una mezcla estupenda de ambiente hippie y de albergue.
El tiempo había cambiado y ya no hacía calor, sino viento y fresco. Era una buena excusa para relajarse en el «salón» de la finca con café y partidas de ajedrez, a la luz de un árbol de Navidad hecho con una flor de agave.
Fuera, las nubes que iban llegando regalaban vistas mágicas siempre nuevas de un panorama ya de por sí impresionante. Cuando el sol se puso e hizo arder las nubes, las piernas, antes cansadas, volvieron a tener ganas de afrontar los 21 kilómetros que quedaban hasta la iglesia de Santiago de Gáldar.











Etapa 3: Cruz de Tejeda – Gáldar
Después de mi día de descanso me puse en camino a primera hora de la mañana, bien abrigado. Tres cuartos de hora más tarde ya había llegado de nuevo al indicador de Cruz de Tejeda y poco después a la llamativa cruz de piedra delante del parador.
Dejando el parador a la izquierda, empezó enseguida la subida, por una especie de cosa embarrada y rocosa que solo se reconocía como camino por la flecha y la concha.
Un viento huracanado que venía de la costa empujaba primero las nubes y luego las gotas de lluvia en horizontal, con una sensación térmica de cero grados, sobre la cresta, por la que solo había que subir 200 m, pero muy empinados.
Pero luego llegué al pinar, el viento ya no se notaba tanto, y seguí las señales hasta una bifurcación donde habían montado un belén con una pizarra y las palabras Friede und Liebe, Paz y Amor.
Por la ladera de la montaña seguí luego por estrechos senderos embarrados y más tarde por pistas hasta el primer hito, que anunciaba la buena noticia de que ya había recorrido más o menos un tercio del camino. Unas horas más tarde llegué a una de esas señales típicas que en la zona de Gáldar advierten a los conductores de la presencia de peregrinos, como aquí las nuestras avisan del paso de animales salvajes.
En el pueblo de Hoya de Pineda volví brevemente a la civilización, para poco después, detrás de un coche averiado, entrar en un barranco, esta vez verde.
Compartí el camino con un rebaño de ovejas, para las que aquel sendero estrecho y expuesto estaba más hecho que para mí. Al final el camino se ensanchó y a lo lejos ya se veían la ciudad y también el mar.














Mientras tanto había dejado de llover –total, ya me había calado– y así, secándome poco a poco, emprendí los últimos kilómetros.
La llegada a Gáldar
Tres días antes había salido con sol y calor, toda la mañana y la tarde había plantado cara al viento y a la lluvia y ahora –tras unos 60 kilómetros– por fin tenía ante mí el barranco verde y, a lo lejos, la ciudad de Gáldar y el mar bajo el sol.
El paisaje se volvió aún más árido. Pronto el camino pasaba entre plantaciones de plátanos abandonadas. Pero entonces di con el siguiente hito, que, como un mensajero de buenas noticias, anunciaba que solo quedaba un kilómetro largo hasta la meta.
Poco después enfilé la calle principal de Gáldar, adornada para la Navidad. Con su empedrado oscuro me recordó a las calles de Santiago de Compostela. Y enseguida estaba ya en la plaza de la iglesia, entre ficus benjamina altos como árboles, decorados con grandes guirnaldas de luces: todavía empapado por la lluvia, pero feliz de haber llegado a mi meta.
La iglesia estaba cerrada y, después de darle una vuelta, fui a ver en un edificio cercano el «belén» municipal, que llenaba toda una sala con muchas escenas orientales.
Luego, para reponer fuerzas y entrar en calor, me fui a un restaurante cercano a comer papas arrugadas y pulpo gallego. Ya era de noche cuando volví a la plaza de la iglesia, ahora iluminada de colores, para la misa de Reyes. La Porta Santa del Año Santo también estaba abierta y pude cruzarla con alegría.
En la iglesia de Santiago había obras, lo que también recordaba un poco a la catedral de Santiago. Un altar lateral mostraba –tan desconcertante como siempre– a Santiago como «Matamoros».
Secándome poco a poco, con los pies ahora sí doloridos, asistí a la misa en la iglesia llena de corrientes de aire. Al salir me dieron enseguida mi certificado (que al final no era una Compostela de verdad, pero da igual), me hice un selfi delante de la Puerta Santa y luego paseé por las calles de Gáldar iluminadas de colores.
Por último, un taxi llevó al cansado peregrino a su alojamiento en el cercano El Agujero, donde me quedé un día más antes de volver a coger el avión a casa tras una semana en la isla.















Gracias a Michael Stief por este relato de peregrinación. Encontrarás más sobre Michael en www.michaelstief.com