Camino hacia el valor: cuerpo, mente y alma en el Camino Francés
Sola, con 24 años y sin ser religiosa: el diario de Lisa en el Camino Francés en 2014, de Saint-Jean por Burgos y León hasta Santiago, en tres partes.

Con 24 años, recién terminado el máster en Ingeniería Mecánica y, según sus propias palabras, sin ser religiosa, Lisa se pone en marcha sola en marzo de 2014 por el Camino Francés, de Saint-Jean-Pied-de-Port a Santiago de Compostela. Dividió su diario en tres partes: para el cuerpo, para la mente y para el alma.
Con este relato quiero compartir mi historia con vosotros.
El Camino de Santiago es una de las rutas de peregrinación más antiguas de Europa. Desde todos los rincones del mundo, la gente peregrina hasta Santiago de Compostela, a la tumba del apóstol Santiago, por motivos religiosos, espirituales o deportivos. También yo me pongo en camino entre marzo y mayo de 2014, por motivos espirituales, de Saint-Jean-Pied-de-Port a Santiago, Finisterre y Muxía.
Un viaje en el que renuncias conscientemente a los lujos y llevas siempre contigo todo lo que tienes.
Un viaje en el que cada día duermes en una cama distinta y dependes de la cordialidad y la humanidad de los demás.
Un viaje en el que aprendes a confiar en ti mismo y en los demás.
Quiero llevarte conmigo en mi camino.
Como mi diario es bastante largo, lo he dividido en las tres etapas típicas del Camino de Santiago: el primer tercio del camino es para el cuerpo, el segundo para la mente y el último para el alma. Los tercios no son iguales, porque a cada persona le duran un tiempo distinto, pero estas tres fases las atraviesa TODO el mundo.
Parte 1: El cuerpo
El tercio del cuerpo fue para mí el más duro, pero también el más importante. Porque aquí vacías la mente sin darte cuenta. Prepara el cuerpo y el alma para empezar de cero. También podría decirse que en esta fase se hace un reset del cuerpo y de la mente.
Irun – 24/03/2014
Vuelo con Vueling… Azafatas españolas guapísimas. El español suena genial… Solo que demasiado rápido. ¿Cuándo respiran los españoles al hablar? El aeropuerto de San Sebastián es una monada. Aterrizamos en una pista pequeña y, al final de la pista, damos la vuelta en mitad de ella y rodamos, como en un aparcacoches, directamente hasta la terminal. La gente pega la cara a los cristales esperando a sus seres queridos. A mí no me espera nadie. Me lanzo a una aventura que empiezo completamente sola. Me da cierto vértigo. Sola del todo, como mujer joven, en un país que no conozco tanto. 800 km a pie por el Camino Francés atravesando toda España. Una peregrinación. No sé español y espero arreglármelas con mi buen inglés. ¿En qué estaba pensando? Si ni siquiera soy religiosa. Este plan absurdo empezó con las ganas de escapar de todo después de la carrera de Ingeniería. Hacer un parón y desconectar. ¿Vacaciones? Quizá.
Un poco sobre mí, tal como me describo al comienzo del viaje: soy una chica alemana joven, de 24 años. Estudié Ingeniería Mecánica y terminé con un máster. Como la situación del mercado laboral está ahora un poco complicada, quiero simplemente irme una buena temporada para desconectar. Tengo novio, Markus, que con 41 años es bastante mayor que yo. Está divorciado y tiene un hijo de 9 años. Llevamos casi un año juntos y nos va de maravilla. De alguna manera, él ha despertado en mí muchos pensamientos y cosas que me hacen creer que una peregrinación es justo lo que necesito justo en este momento. Pero de eso hablaré más a lo largo del viaje. Durante el trayecto de ida simplemente estoy nerviosa, como tantas veces en mi vida. ¿Llegaré bien? ¿Tendré algún problema para ir de A a B? ¿De verdad estará reservada la habitación del hotel? Lo único planeado es el vuelo de ida a San Sebastián, el hotel en Irun la primera noche y el vuelo de vuelta desde Santiago el 01/05/2014. No he planeado nada más, lo cual para mí ya es todo un logro, porque normalmente lo planeo todo. Típicamente alemán, vamos.
Mi mochila llega sana y salva a San Sebastián, con algún pequeño desperfecto en la bolsa de basura (que protege las correas). Lo siguiente es ir a información para enterarme de cómo llegar al hotel y, al día siguiente, a Saint-Jean-Pied-de-Port, donde empezará mi peregrinación. ¿Información? No hay. Es taaan mono este aeropuerto pequeñito de San Sebastián. Quizá delante del edificio haya información sobre los autobuses. Pues tampoco. Como llueve y no sé en qué dirección queda el hotel, cojo un taxi. El Ibis de Irun cumple su función. Por 50 € la noche tengo baño propio, una habitación sencilla y un desayuno regular. Que estas pequeñeces se convertirían a lo largo del viaje en tesoros preciosos, entonces no podía ni imaginarlo hasta qué punto. Pero sin duda me alegro de pasar una noche más sin saco de dormir. En el hotel me doy el capricho de una hamburguesa con patatas fritas, porque hace demasiado mal tiempo para buscar un restaurante fuera. Hay temporal, sopla el viento y diluvia. Los Pirineos, hasta ahora, solo los he intuido entre la niebla. Mañana por fin empieza de verdad; solo tengo que llegar como sea a Saint-Jean-Pied-de-Port. Qué emoción, qué emoción, y otra vez estoy inquieta y nerviosa.
Por la noche todavía pienso en la despedida de Markus. Fue difícil, porque en realidad nunca habíamos estado separados. Pero estuvo bien, porque sé que me espera, que me quiere y que estará ahí cuando vuelva a bajar del avión dentro de 5 semanas. De algún modo, él también me acompañará. Su ángel de la guarda, que me regaló antes de irme, cuelga de mi mochila, y la campanita me recordará a él a cada paso. Hace solo unos días que soy consciente de que él me quiere y de que yo le quiero, de todo corazón. En mis pensamientos le doy las gracias por su paciencia y por su confianza en mí.
Saint-Jean-Pied-de-Port – 25/03/2014
El día empezó en Irun a las 7. Ya no podía dormir y quería salir cuanto antes, para quizá hacer incluso una etapa. El desayuno del hotel no fue precisamente la bomba, pero puedo llevarme una manzana y agua.
Después, la señora de recepción intenta desesperadamente explicarme el camino hasta el tren. Como no entiendo español, dependo del mapa que me garabatea ella misma. Qué voy a decir. Por supuesto, me pierdo antes de que el camino haya empezado siquiera. En algún momento encuentro unas vías y las sigo hasta llegar a una estación de metro. Y desde allí consigo llegar al menos a Hendaye, en Francia. Allí entro en la estación llena de energía. Todavía tengo esa sensación de «¡puedo con todo!», ¡porque he encontrado el metro yo sola! En fin. A Bayonne llego todavía bastante rápido con el TGV, que ya está en el andén listo para subir. Luego, el primer jarro de agua fría: los trenes en Francia están en huelga parcial y el tren a Saint-Jean-Pied-de-Port se cancela. Hay un único autobús ese día, que sale a las 18:40. Cuando me entero, apenas son las 11. Así que me paso el día en Bayonne haciendo turismo, comiendo y bebiendo. Visito la iglesia de Bayonne y dejo mi huella en un libro en el que ya han firmado muchos peregrinos. Me pregunto si tengo algo así como una motivación religiosa para peregrinar. Pero no encuentro respuesta y tampoco sigo dándole vueltas. Porque en realidad no tengo ninguna motivación religiosa. Soy una de esas creyentes evangélicas minimalistas. Voy a la iglesia en Navidad y pago el impuesto eclesiástico. Y ya está.
Pasear, café, turismo, comer, comprar provisiones y matar el tiempo en la estación. Lo que me fastidia los planes, eso sí, es el tiempo. Cada vez que salía, llovía a cántaros. Previsora, hoy ya llevaba puesta la ropa de senderismo para la lluvia. En algún momento llegó la hora, y el autobús ya iba hasta los topes de peregrinos. Surge una chispa de ilusión. Los demás también van llenos de expectativas y se pueden escuchar las primeras conversaciones de tanteo: «¿En cuántos días quiere hacerlo?», «¿De dónde es usted?», «¿Qué, ya hace el Camino por segunda vez?». Me encojo en mi asiento. Ya me sobrepasa todo y no me apetece encima tener que dar explicaciones a peregrinos jubilados alemanes. Sobre todo porque a veces ni yo misma tengo aún respuesta para algunas preguntas. Tiene algo de viaje de fin de curso. Un peregrino se pone delante y saca una foto de todo el autobús hacia atrás. ¿Puede hacer eso con la protección de datos?
Cuanto más nos adentramos en el interior, más montañoso se vuelve el paisaje. Oh, otra rotonda. En la ciudad ya había un montón. Las «montañas» son cada vez más altas y en algunas partes se ve nieve; el resto desaparece entre las nubes. M****, de verdad pensaba que iba a tener buen tiempo. Rotonda. Qué bien nos lleva el conductor por estas carreteras estrechas. Rotonda. Madre mía, habría que haberlas ido contando. Rotonda. Cada vez está más oscuro. Al menos así en Saint Jean ya no veo montañas, aunque sigue lloviendo. Cuando bajo del autobús y justo cojo mi mochila, muchos peregrinos ya salen corriendo. Como estoy delante de la estación y en realidad no tengo ni idea de adónde se supone que tengo que ir ahora, a las 10 de la noche, sigo al grupo. Alcanzo a Stina, una peregrina alemana con sobrepeso, y le pregunto adónde va todo el mundo. «¡A la oficina del peregrino, allí nos dan el sello y un alojamiento!». Suena bien, así que detrás. En la oficina del peregrino me dejo caer en una silla y dejo pasar delante a todos los demás alemanes alterados. Es tan típicamente alemán: hacer cola y querer ser el primero. Bueno, esta vez más me habría valido ser típicamente alemana. La credencial permite dormir en los albergues y es la prueba de la peregrinación. Al final, con ella te expiden en Santiago tu Compostela personal. Además, aquí recibo mi concha de vieira, que cuelgo de la mochila. Un símbolo de los peregrinos jacobeos. Cuando me toca y me ponen mi primer sello, me dicen que el refugio municipal está lleno. Uf… No te preocupes, vendrá Eric y nos alojará en su albergue privado. Bueno, vale. Y además el aviso de que todos los caminos por el puerto de montaña están cerrados por la nieve. Qué raro, si aquí no hay nieve. Bueno, da igual, ellos sabrán de lo que hablan. Cuando llega Eric, un señor de mediana edad y de muy buen humor, nos lleva a mí y a otros 6 peregrinos, todos hombres, a su albergue. Es una casa ruinosa del siglo XV que está reformando. Dentro hace un frío que pela, tenemos que quitarnos los zapatos ya en la planta baja y quiere sellarnos las credenciales. Luego nos pide 17 €, lo que me parece una desfachatez. Eric todavía nos da una charla sobre el Camino. Lo hace con buena intención y los consejos no son de los peores. Dice que primero vamos a conocer nuestro cuerpo. Que debemos escucharlo. Y que el Camino no es una carrera. A mí en ese momento me da igual, estoy indignadísima con el alojamiento. Por dentro, claro. A eso se le llama choque cultural. Un primer choque cultural del Camino. La habitación es la siguiente desfachatez. 6 literas en un cuarto frío y, al lado, un baño compartido. Al menos hay agua caliente. Solo me ducho, me seco el pelo con el secador y me voy a la cama sin cenar. Todavía me queda el humor negro para pensar en las provisiones de la mochila, que con estas temperaturas seguro que no se estropean, y así te ahorras la nevera. Apenas puedo dormir… Hace demasiado frío y, además, los distinguidos caballeros de mi habitación roncan. Aun así, al final consigo unas pocas horas de sueño.
Roncesvalles – 26/03/2014
Argh, ¿quién era el que quería que hiciera esto? Hacia las 6:30 mis compañeros peregrinos empiezan a moverse y hacemos las mochilas. A las 7 hay desayuno. Desayuno… Hmpf… Café en un bol de cereales, baguette seca y unos tarros enormes de mermelada con una cuchara dentro. Bueno, era de esperar que el desayuno no fuera mejor que el alojamiento. A las 7:30 me cargo la mochila al hombro, salgo de la casa y murmuro para mí: «¡Y vamos!». Unos pasos más allá me paro, porque no tengo ni idea de en qué dirección tengo que ir.
Me vuelvo a encontrar con Stina, que ha dormido en el refugio, y vamos preguntando hasta dar con las primeras señales de conchas y flechas. Camino con ella hasta salir de Saint Jean. Me cuenta que en realidad quería empezar en Alemania y que incluso lo había intentado. Al cabo de unos días abandonó, porque los alemanes la tomaban por una sin techo y una vagabunda. Se le quitaron las ganas, porque la gente la había tratado muy mal. Y por eso ahora camina en España, donde todo el mundo va así y peregrinar no es nada extraordinario. Después acelero un poco el paso, porque ella va demasiado despacio para mí. Nos despedimos y ya estoy en el Camino. Los primeros km no tienen nada de especial. Te cruzas con muchos otros peregrinos motivados. La motivación se va al suelo cuando empieza a llover. Saco de la mochila mi poncho del Europa-Park y ahora parezco una bolsa de basura andante. Le hago una peineta al cielo. Tiene que salir ya lo que opino de la situación en general. Los siguientes 5 a 10 km también se caminan bien. Una y otra vez te cruzas con peregrinos a los que ya conoces de vista; luego desaparecen para volver a aparecer de repente en cualquier parte. Nunca estoy sola y la gente con la que me encuentro no me da miedo. Enseguida noto que el Camino une. Rápidamente te pones a hablar con gente de todas las edades. Sepp, de Suiza, está haciendo la segunda parte de su Camino. El año pasado salió de Suiza y caminó hasta Saint Jean. Y este año camina de Saint Jean hasta Santiago. Por qué caminan los demás no lo sé, y tampoco lo pregunto. Me parece demasiado personal y ahora mismo no quiero ocuparme de eso, porque empiezo a pelearme con mi forma física y con mi cuerpo.
La ruta por Valcarlos va sobre todo junto a la carretera y no es especialmente memorable. Cuando la subida se pone dura, la lluvia se convierte en nieve. Cada vez más arriba y, en algún momento, en el borde de la carretera hay nieve hasta las rodillas. Los Pirineos ya tienen un aspecto precioso, ondulados y llenos de nieve, con las cumbres perdiéndose entre las nubes. Pero eso lo percibo solo de refilón, porque estoy luchando. Me empiezan problemas en la ingle y solo puedo arrastrar la pierna izquierda. Por eso mis pasos se acortan y tengo que apretar los dientes para avanzar siquiera. Tengo los zapatos empapados y la meta no está a la vista. Varias veces hay la opción de atajar por caminos de bosque llenos de nieve. Decido que no, porque no puedo levantar mucho los pies del suelo y la nieve acabaría conmigo. Prefiero arrastrarme por la carretera en zigzag. Voy maldiciendo en voz alta. Llorar apenas puedo; no me quedan fuerzas para eso.
En una de las curvas que subo arrastrándome sola, me espera un español. Me pregunta si quiero una galleta. No sé por qué, pero esa frase sí me hace saltar las lágrimas. En medio del camino, a punto de desesperar y al límite de mis fuerzas, llega justo lo que necesito: azúcar, compañía y mucha humanidad. Y de repente, de en medio de la nieve, aparecen además 2 venezolanos y una húngara. Ahora somos un grupo y se camina más fácil. Nadie es capaz de hablar. Cada uno lucha por su cuenta. En algún momento llegamos a una iglesia en lo alto de una loma. Hemos llegado al punto más alto y estamos en España. Una sensación de alivio y alegría. Además, me dicen que Roncesvalles está solo a 2 km. Así que ahora toca bajar, lo que trae problemas nuevos, porque ahora se quejan todos los músculos posibles. Pero llegamos y nos acogen con cariño en un monasterio por 10 €. El hombre de la recepción habla muchos idiomas y saluda a cada peregrino en su lengua. Me asignan la cama 120. Es una de las de arriba, en una sala grande donde las literas están divididas en una especie de compartimentos de cuatro. Es bastante nuevo y los baños tienen duchas suficientes. Puedo lavar y secar mi ropa. Lo cuelgo todo durante la noche en un cuarto de secado caliente. En mi compartimento de cuatro están Bo, un australiano de origen chino, Tobias, un profesor alemán en prácticas, y Anita, una húngara joven. Escribo mi diario y apunto sobre todo los km y los pasos recorridos (por si a alguien le interesa: 43.179 pasos, unos 27 km en 6 h 40 min). Estar tumbada sienta de maravilla. Me pongo a hablar con mis compañeros de compartimento. Primero la conversación gira en torno a lo más importante: la cena. La hay en un restaurante junto al monasterio por 9 €: menú del peregrino. Junto con conocidos de los demás organizamos una mesa para 9 personas.
Conozco a Peter, de Inglaterra. Es exmilitar. Tiene unos cincuenta y pico y está jubilado, porque por sus heridas de bala en Afganistán ya no puede trabajar. Habla mucho y me entero de que hace el Camino por 8.ª vez. Enseguida quiere darme consejos sobre albergues de todo el camino, pero estoy como atropellada y no consigo retener nada. Me hace la pregunta que hoy quiero evitar a propósito. «Why are you walking the camino?». Respondo: «Vacation». Vacaciones. Me mira con duda e interés. Dice que nadie hace el Camino como vacaciones, porque sí. Nadie hace el Camino por casualidad. Lo dejo estar y nos vamos a cenar. El menú consiste en sopa, carne con patatas fritas y una macedonia. Con vino tinto y agua. Después del postre podríamos haber vuelto a comernos el menú entero, de lo hambrientos que estamos. La mesa, con los venezolanos, un español, Dylan de Idaho, Peter, Tobias, Anita y su amiga húngara Brigitta, está alegre y, a medida que sube el nivel de alcohol, nos enteramos de un poco de la vida de los demás. Anita (27) y Brigitta (creo que tenía 40) tienen hijos, y Brigitta está superando una separación. Tobias quiere mejorar su inglés para sus prácticas de profesor. Qué hace Dylan en el Camino, no lo sé. Peter dice que busca mujer. Yo cuento lo de mi relación y, con la diferencia de edad entre Markus y yo, todos ponen la oreja. De tanto hablar nos perdemos la misa del peregrino, que al parecer fue muy bonita. Cuando por fin me meto en la cama, me duermo al instante y recargo pilas a fondo.
Zubiri – 27/03/2014

Nieve después de Roncesvalles
A las 5:30, los primeros peregrinos supermotivados empiezan a recoger sus cosas. Con tanto crujido de bolsas ya no puedo seguir durmiendo y también empiezo a ponerme en marcha. Poco después de las 7 salgo y, de alguna manera, de repente somos un grupo: Anita, Brigitta, Tobias y yo. Sigue nevando y lo primero que vemos después del monasterio es una señal de carretera hacia Santiago que indica 790 km. Si eso no motiva… Por la nieve, todos llevamos el poncho. Una bolsa de basura andante recorre 790 km por España con otras bolsas de basura. Vale, sin problema. Seguimos por la carretera asfaltada, porque con la nieve los caminos de bosque simplemente no son una opción. Al principio me sorprende lo bien que camino, después de que ayer me doliera todo. Nuestro desayuno consiste en cruasanes de chocolate envasados, que compramos por el camino en un pequeño supermercado.
A los pocos km vuelven todos los dolores. Otra vez arrastro la pierna y los pasos se hacen más cortos y pesados. Nuestro grupo ya no camina junto, sino en fila, con grandes distancias entre nosotros. A Brigitta la perdemos ya a los pocos km. Luego me quedo yo atrás, pero aguanto valientemente y una y otra vez vuelvo a alcanzarlos. Mis pensamientos giran sobre todo en torno a las palabras esperanza y confianza. A pesar del dolor, camino. A pesar de los problemas, mantengo más o menos el ritmo, porque me gusta tener compañía. En algún momento sí nos metemos por un camino rural, porque ya hay menos nieve. La carretera es veneno para las articulaciones. Subimos al Alto de Erro. Una subida de libro, ¡y yo que pensaba que todo era cuesta abajo! Cuando llegamos a un mirador al que también se puede llegar por la carretera, hacemos una pausa. Y en ese mismo momento reaparece Brigitta, junto con Peter y un canadiense llamado Ryan. Los tres han ido por la carretera.
Con la bajada, el camino se volvió cada vez más embarrado y resbaladizo. En una ocasión resbalo y acabo con una mano en el barro. Para entonces ya no hay nieve. La bajada es dura y tengo las rodillas ardiendo y palpitando como locas. Tras 23 km llegamos al pueblo de Zubiri. Estoy feliz y mi día termina aquí. Las húngaras tienen el tiempo limitado y necesitan hacer kilómetros, así que nos despedimos y ellas siguen. Por supuesto, antes nos hacemos una foto para no olvidarnos. De repente el tiempo ha cambiado por completo. Hace calor, está seco, brilla el sol y a las 13:30 ya estamos en la meta. Hoy la colada la hace la lavadora del pequeño albergue que regenta Maria. Así que pronto estamos sentados al sol, recién duchados, con los zapatos secándose apoyados en la pared de la casa, y disfrutando a lo grande. El albergue fue un consejo de Peter, que nos había advertido expresamente del albergue municipal del siguiente pueblo. Como, por un lado, no me apetecía seguir caminando y, por otro, tampoco un albergue horrible, estoy totalmente satisfecha con mi elección. El albergue tiene varias habitaciones y la mía tenía 7 camas en total, así que era pequeña y acogedora. A Tobias lo alojan conmigo y, a lo largo de la tarde, se unen a nuestra habitación dos coreanos y Judith, una australiana de 59 años. Judith es reservada, pero abierta y amable. Nos enseña orgullosa sus tatuajes en el empeine, una estrella de colores por cada miembro de la familia. Ryan, el joven canadiense (creo que tenía 23 o 24), nos cuenta al sol que tiene problemas con los demás. Que no le gusta la gente y prefiere estar solo, y que por eso a menudo lo consideran arrogante. Hm. Bueno, al menos conoce su problema. Pero a mí en realidad me cae bastante bien, salvo que por lo demás no habla mucho. Como todavía es pronto, Peter, Tobias y yo vamos hacia las 18:00 a un restaurante y empezamos con una botella de vino tinto. Hablamos y hablamos sobre Peter y Tobias. Tobias finge en casa, no puede ser él mismo. Creo que ese problema lo tiene todo el mundo, en mayor o menor medida, en algunas situaciones. Yo me contengo y escucho.
Cuando Tobias va a por una chaqueta, Peter vuelve a preguntarme por qué camino. Estoy achispada por el vino tinto e intento explicar mejor mi situación. Lo de nuestra relación y cómo mi novio Markus me ha animado a encontrarme a mí misma. Pronto Peter me interrumpe y me pregunta si quiero a mi novio. Le respondo que sí. Sin ninguna duda. Luego me pregunta si me quiero a mí misma. Respondo rápido, porque hace mucho que conozco la respuesta, aunque nunca la he dicho en voz alta: no. Peter dice que esa es la razón por la que camino. Y entonces me sale todo a borbotones. Los momentos difíciles en casa, con la presión de encontrar trabajo, con la presión de contentar a todo el mundo de alguna manera. Durante la conversación me arranco la piel de alrededor de las uñas hasta hacerme sangre, de lo nerviosa que estoy. Que ahora deje ver a unos desconocidos algo tan profundo de mi interior me resulta extraño. En realidad, tan bien solo me conoce una persona.
Mientras nos comemos el menú del peregrino, cada vez entran más peregrinos al restaurante. Peter y Tobias se quedan perplejos cuando entra un hombre alto y desgarbado con ropa de senderismo. Adrian, un irlandés de 38 años, había seguido al parecer 5 km hasta el albergue municipal. Pero estaba tan sucio que se volvió con nosotros. Por lo visto, los colchones tenían manchas y estaban húmedos. Niego con la cabeza. Nada en el mundo me habría hecho volver atrás. Habría preferido seguir caminando, pero no volver. En fin, tenemos un compañero de camino más, que pronto se despide y cae en la cama como muerto. Cuando volvemos del restaurante, la ropa está lavada, seca y bien doblada. ¡Qué lujo! En este albergue pequeño y calentito dormimos de maravilla.
Pamplona – 28/03/2014
Salimos a las 7 sin desayunar. Nosotros, hoy, somos Peter, Tobias, Ryan, Adrian y yo. Al cabo de más o menos una hora pasamos por un café precioso junto a un río. Tomamos café con leche y un bocadillo (sándwich de baguette) de tortilla (tortilla de huevo y patata). Aquí me pongo un sello y los dueños nos enseñan llenos de orgullo su sello nuevo. Tobias y yo recibimos el primero y los dueños nos hacen una foto con nuestras credenciales.
El camino es fácil, hace buen tiempo y ya no tengo que arrastrar la pierna. La alegría por la movilidad recuperada me lleva a seguir el ritmo de los demás. ¡Vamos rapidísimo! Es como volar. Nos avisamos unos a otros de las cacas en el camino y nos ayudamos en los tramos difíciles. Hasta que… poco antes de Pamplona tenemos que seguir por el asfalto. El asfalto me recuerda con toda su fuerza que me duelen las rodillas y que no debería haberme pasado tanto. En Pamplona nos quedamos en la Casa Paderborn, un albergue que llevan voluntarios alemanes. A estas alturas ya casi no puedo subir ni bajar una escalera. Aquí separan a mujeres y hombres.
Cuando entro en la habitación a las 12, en la cama está Stina, la alemana corpulenta con la que salí de Saint Jean. Le pregunto sorprendida cómo puede haber llegado antes que nosotros. Me cuenta que ha tenido problemas de salud. Fue en autobús a Pamplona y allí al hospital. En estos dos días ha perdido más de 10 kg y ahora tiene que caminar más despacio y descansar más a menudo. Me impresiona su fuerza de voluntad, porque no se rinde. La ropa la volvemos a dar al servicio de lavandería. Después me dicen que hay un sanador. Wolf, un alemán mayor que ahora trabaja como hospitalero cerca de León, pasa de vez en cuando por aquí a ver a los compañeros alemanes, da consejos a los peregrinos e impone las manos. A mí también me dio un tratamiento, aunque el éxito de la imposición de manos fue más bien escaso. Pero me revisa cómo me queda la mochila y me ajusta las correas por completo de nuevo. Qué diferencia. Una mochila bien ajustada es mucho más importante que el peso que llevas. Después visitamos Pamplona, la ciudad de los toros. Una ciudad preciosa, con mucho ambiente. Comemos en un bar lleno de estudiantes. No me encuentro bien. Los dolores son fuertes, me siento febril. En el albergue me tomo un analgésico y duermo mal, aunque en la habitación de 4 camas solo hay otras dos mujeres.
Puente la Reina – 29/03/2014
A las 5 ya estoy despierta. Las tablas del suelo de la vieja casa crujen con fuerza, el río detrás de la casa murmura y las contraventanas golpean con el viento. A las 6 ya estoy sentada, lista para caminar, en el desayuno, que para variar merece ese nombre. Peter, Adrian, Ryan, Tobias y yo salimos juntos a las 7, en cuanto hay suficiente luz. No puedo describir lo increíblemente fuerte que es el dolor de rodillas. Y con cada paso el dolor aumenta todavía más. Así que voy detrás del grupo, torturándome a paso de tortuga. Por el camino, Peter me habla de la película «The Way», que hasta ese día yo no conocía. Peter, que está literalmente atrapado por el Camino y ya lo hace por octava vez, se sabe cada escena de memoria, la cita y nos enseña los lugares de rodaje por el camino. «Look, this is where Martin Sheen meets the Canadian woman!», dice en un idílico pueblo español. «This is the place where the Canadian woman joins Martin Sheen and the Dutch guy!», chilla delante de una pequeña iglesia española. Hago fotos por todas partes, porque luego, cuando vea la película, quiero ubicarlo todo.
Hoy toca subir una sierra, el Alto del Perdón. La subida, con el dolor de rodillas, va relativamente bien. Arriba, en la montaña, escucho en el MP3 una canción que para mí pertenece a la cima de una montaña: «Atlas», de Coldplay. En la cumbre ventosa, con las figuras oxidadas de chapa, tengo una vista panorámica preciosa sobre la tierra ondulada. Meto la nariz en el viento y escucho la canción. Así se sienten la libertad y la felicidad. Vivir el momento. Eso pienso mientras estoy allí y, por un momento, olvido mis dolores. La felicidad dura poco, porque empezamos a bajar. Bueno, los demás bajan saltando por el camino pedregoso como cabras montesas. Yo, en cambio, intento encontrar la secuencia de movimientos que menos duela. Y voy lenta como un caracol. Como la rodilla izquierda me duele más, bajo primero con ella sin doblarla, para tener que doblar la derecha. Eso duele menos, y así me voy torturando cuesta abajo. El resto de la etapa, sin embargo, lo hago sola, porque no puedo o no quiero seguir el ritmo. Tengo miedo de exigirme demasiado físicamente. Lloro muchísimo mientras camino así, sola. Qué rápido choca una persona con sus límites. Y eso que es «solo» un camino. Apenas hay grandes obstáculos y, aun así, es tan poderoso. Los seres humanos dependemos de nuestro cuerpo. Deberíamos ser más conscientes de ello y aprender a valorarlo. Y de repente oigo una voz dentro de mí que me dice que soy fuerte y que puedo conseguirlo. Sé tú misma, ten confianza en ti y aprieta los dientes. Maldigo, canto y despotrico en voz alta, y lo consigo.

Alto del Perdón
El grupo me espera de vez en cuando. La sensación de que te esperen es preciosa. Casi vuelvo a llorar cuando me los encuentro a todos otra vez en un bar, con un vaso de Coca-Cola. Peter me cuenta más tarde que me dejaron sola tanto tiempo a propósito. Para que tuviera que luchar. En algún momento incluso temieron que me quedara un pueblo antes. Vale, lo pensé. Pero eso no habría mejorado mis dolores y habría perdido al grupo. Sin saber muy bien cómo ni por qué, llegué con los demás a Puente la Reina. Una vez allí, para mí se acabó, sin duda. Era la meta del día y la he alcanzado. Los dos chicos, Ryan y Tobias, quieren seguir haciendo kilómetros y hoy nos dejan. La despedida no es difícil, pero aun así me da pena, porque me habría gustado conocerlos mejor. El pequeño albergue del pueblo no es muy bonito, más bien funcional. Para colmo, me doy cuenta de que me he dejado en Pamplona mi toalla grande de microfibra. Argh… El único lujo que tengo, aparte de mi secador. Así que ducharse se complica cada vez más, e intento secarme con la ropa apestosa que tengo que lavar. Por suerte funciona más o menos, y luego la lavadora lo lava todo.
Ahora se incorporan al Camino cada vez más españoles que vienen de otras rutas. Los peregrinos que empezaron conmigo en Saint Jean ahora están repartidos por todo el camino, supongo. Hoy solo nos hemos cruzado con otros dos peregrinos. Tengo que pensar en Stina. Peter me ha contado hoy que en Alemania se autolesionaba. Ayer, en Pamplona, le enseñó sus cicatrices. Yo no lo sabía ni lo intuía. Y otra vez me doy cuenta de que toda la gente que va por aquí tiene una buena razón para caminar. Espero que esté bien. Hoy tengo la sensación de que puedo con todo. Caminar seis horas con estos dolores ya es una locura. Aun así, hoy me permito mucho vino tinto para adormecer el dolor, porque el ibuprofeno en pastillas no me ayuda. Lo que me tranquiliza es que todos caminan como lisiados. Cada uno tiene sus achaques y casi siempre tienen que ver con tendones, ampollas, calambres o rodillas. Por lo visto es normal y simplemente tengo que seguir caminando…
En el albergue, antes de cenar, Peter y yo hablamos con una botella de vino tinto sobre mis «problemas». Es bueno que esté aquí. Que esté aquí justo ahora. Para mí. Prácticamente me pone en camino. Me está formando como peregrina, sería la expresión correcta. La conversación es emotiva y me cuesta resumirla. Pero en el fondo es esto: tengo una coraza dura a mi alrededor. Me protejo de todo lo posible. No dejo que nada me llegue, y así no puede hacerme daño. No me permito sentir, porque los sentimientos, como sé por experiencias recientes, son fuertes e intensos. Soy una gran miedica. Estoy en camino para poder deshacerme de mi actitud interior negativa. Para abrirme. Para saber quién soy y por qué merezco que me quieran. Lucharé, caminaré y me abriré. ¡Solo así este viaje será especial para mí! Y lo conseguiré.
Para cenar vamos a un bar que Peter ya conoce de peregrinaciones anteriores. El dueño del bar se acuerda de Peter cuando este le menciona su naranjo. Por lo visto, Peter le había preguntado en su día si las naranjas del zumo eran frescas. El dueño se indignó muchísimo y dijo que sus naranjas eran las más frescas de todas, porque tenía su propio naranjo. Peter no le creyó y entonces pudo ir a ver el árbol y coger una naranja. El dueño nos sonríe radiante y está encantado de que Peter vuelva a honrarle con su visita y encima le traiga clientela. Así que nos hace pasar a todos a su jardín, al naranjo, y cada uno recibe una naranja fresca del árbol. Una experiencia inolvidable.
La cena está buenísima. Aquí me dan la mejor paella que he comido nunca y mi pescado también está riquísimo. Un niño en el local tira un petardo, y Peter se sobresalta. Lo transporta a un mundo completamente distinto (militar). Pobre hombre. De vuelta visitamos todavía la pequeña iglesia del pueblo. Como en todas las iglesias españolas, aquí se ha empleado mucho oro. Hay una calma maravillosa. Adrian reza; probablemente recuerda a su madre, por la que peregrina.
En el albergue seguimos bebiendo, y Peter es un auténtico bebedor. Hablo con Christa, una alemana cuyo marido es de Gambia, en África. Ellos también tienen una diferencia de edad bastante grande. Simplemente quiere hacer algo para sí misma, ya que su marido visita a menudo a su familia o está de viaje por trabajo. Probablemente haya algo más detrás. Luego me voy enseguida a la cama; al fin y al cabo, de alguna manera tengo que recuperarme. La noche en la habitación con seis hombres es muy agitada para mí, porque hay roncadores. Pero qué más da, al menos tengo cama. Y, por lo visto, yo ronco igual que ellos.
Estella – 30/03/2014
A la mañana siguiente me siento como si me hubiera pasado un camión por encima por los dolores, y la resaca del vino tinto hace el resto. Desayunar, ni pensarlo, y la perspectiva de la caminata que me espera no lo mejora. Adrian se pone en marcha sin nosotros. Peter desayuna, pero también tiene resaca. La primera mitad de la etapa (Peter había dicho ayer: «There will be no climbs the next day!») empieza con una subida empinada… Gracias, Peter, por avisar. Al menos casi no tengo dolores. Tras las primeras bajadas, cortas pero pedregosas, mis rodillas vuelven a dar señales de vida y, además, el tobillo derecho. A partir de ahí los kilómetros vuelven a hacerse largos. Aun así, aguanté bastante bien hasta Estella.
En el albergue juvenil cada uno puede quedarse con una habitación de cuatro camas para sí solo por 14 €, con llave, y como en ese momento soy la única mujer del albergue, hasta tengo el baño para mí sola. Así que me ducho a conciencia y me echo crema, porque tengo espacio y tiempo. Espacio, luz, agua caliente, una habitación propia. Puro lujo. Después del programa de spa me meto en la cama y, por primera vez, me duermo por la tarde antes de la cena, y no me despierto hasta que alguien aporrea mi puerta. Peter, Adrian, otro Peter de Cornualles y yo vamos al centro a buscar algo de comer. En un restaurante con aire de pub nos dan espaguetis y aceitunas. Hoy me quedo con el agua en lugar del vino tinto. Después de cenar hay algunas personas más en el albergue, pero yo me vuelvo directamente a la cama. Hay que aprovechar la habitación, ¿no? Me duermo enseguida y el sueño es profundo, intenso y muy reparador.
Torres del Río – 31/03/2014
El desayuno del albergue juvenil es maravillosamente abundante. Café con leche, tostadas, dulces, fruta fresca, etc. Me llevo un poco como provisiones. Por la mañana muchos comentan la etapa de hoy. Hay dos opciones: Los Arcos, con unos 21 km, o Torres del Río, con casi 30 km. Yo ya casi me he decidido por Los Arcos; más no me veo capaz. Además, Peter el Militar quiere seguir solo y doy por hecho que ese día nos dejará atrás a mí y a los demás. Salgo con Peter el Militar; los demás se eternizan desayunando. A cada momento espero que acelere con su paso militar y me deje atrás. Pero, como por milagro, ese día puedo caminar. Camino casi sin dolor y con mucho aguante. Puedo seguir el ritmo de Peter. Lo que puede hacer una noche de buen descanso.

Bota vieja
Por el camino, Peter el de Cornualles y Adrian se nos vuelven a unir. En Los Arcos nos sentamos en un café de la plaza frente a la iglesia y nos damos el gusto de una taza de café, después de que Adrian y yo hayamos comprado gel de ibuprofeno en la farmacia. Todos nos sentimos bastante bien, así que seguimos caminando juntos. A mediodía ya hace mucho calor y los últimos kilómetros se hacen eternos y duros. Pero aguantamos hasta el final, y cuando llegamos a la Casa Mariela, el joven dueño nos recibe con mucho cariño. Por supuesto, conoce a Peter el Militar de Londres. Cuando caminas 30 km, te sientes invencible. Es una sensación maravillosa. Hoy vemos muchos gatos y perros. Hace un tiempo estupendo y el camino es maravillosamente fácil. Eso sí, caminar sin gorra bajo un sol de justicia no es recomendable.
Después de ducharme me miro los pies, que, justo donde acaban los calcetines, tienen unos puntos rojos e hinchados que pican. Peter el Militar los ve y dice que son picaduras de chinches seguro, y que no se las enseñe a nadie, porque si no, no me dejarán dormir en ningún sitio. La noticia me horroriza. ¿Bichos, chinches, después de tan poco tiempo?? Puaj… Primero voy al bar y me pido una cerveza, que después de semejante tramo sabe sencillamente de maravilla. Está claro que, después de esa información, ahora me pica todo. Aunque solo sea de sugestión. En ese momento doy por hecho que me traje los bichitos de la primera noche en Saint Jean. Mientras estoy sentada en el bar bebiendo mi cerveza y escribiendo el diario, llega al albergue una familia alemana. Llevan un carro grande con el equipaje. Tres niñas pequeñas acompañan a los padres: Finja, de 1 año, va a la espalda de su padre; la mediana (lo siento, he olvidado su nombre :/), de unos 3 años, que a ratos camina y a ratos va en el carro, y la mayor, Ronja, de 6 años, que hace todo el camino andando. Mis respetos por esta aventura con las niñas, que se apuntan con total naturalidad y sin ningún problema. Palabras textuales del padre: «El problema no es caminar; los problemas siempre empiezan por la noche en los albergues». Además conozco a una pareja de Chicago que tiene todo el tiempo del mundo para el camino y casi siempre hace solo medias etapas. Pero oye, todo mi respeto también por que haya jóvenes estadounidenses de mi edad que vengan a Europa y al Camino de Santiago. También aquí la película «The Way» ha tenido mucha influencia; creo que, si no, allí el fenómeno del Camino sería prácticamente desconocido.
En la cena nos sentamos todos juntos a una mesa. También se nos une un austriaco. Por las niñas, la cena es más bien ruidosa y poco tranquila, pero le da una vida maravillosa… Me lleno demasiado rápido, me despido pronto de la compañía y me acuesto. En ese momento aún no sospechaba que la noche iba a ser una catástrofe. Empezó con unos desencuentros con mi novio, que está en casa. Me atormentan un pelín de celos y la incomprensión. Incluso en la distancia necesito todo su apoyo. Luego llegan de la cena los demás compañeros de habitación y ya oigo lo borracho que está Peter el Militar, que encima parece que trae una o dos botellas de vino y se las acaba en el balcón. Después empiezan los ronquidos de los demás compañeros de habitación. No consigo dormirme y, de repente, Peter, en la cama de enfrente, empieza a toser, a escupir, a vomitar en el balcón, etc.
Estoy asqueada, me pica todo y no consigo dormirme hasta eso de las 3 de la madrugada.
Logroño – 01/04/2014
Ese día me despierto cabreadísima y agotada. Estoy enfadada conmigo misma, con mi novio, con Peter el Militar, que bebe sin ninguna consideración por los demás, y por el sueño robado que tanto habría necesitado. Desayuno deprisa (el zumo de naranja recién exprimido ayuda un poco) y me cargo la mochila. Camino con los demás, pero por primera vez escucho música a propósito con el reproductor de MP3 para no tener que hablar. Y escucho música que va con mi estado de ánimo, es decir, rabia. No, no escucho metal ni nada parecido, pero sí algo más fuerte, más combativo.
El tramo de hoy era fácil, pero se me hizo increíblemente pesado y duro. Tenía la cabeza llena y el cuerpo no estaba en forma por la falta de sueño. Peter intenta levantarme el ánimo. Me pregunta qué es lo que me gusta de mí. Me gusta que aguanto y lucho. Igual que voy a hacer el Camino de Santiago hasta el final. Hay muchas cosas de mí que no me gustan. Mi inseguridad, la primera. Peter destaca mis lados positivos y me sube la autoestima. En mucho no le falta razón, y sé que mi novio piensa igual que él. Entonces, ¿por qué no puedo verlo así sin más y valorar lo que tengo? Me cuenta que Ryan, el canadiense que estuvo con nosotros hasta hace unos días, le preguntó si yo estaba soltera. Una información así, claro, le viene de maravilla a la autoestima de una mujer. Sentirse deseada es una sensación estupenda, sobre todo si no tienes que fingir, sino que te quieren por lo que eres de verdad. Y en el Camino nadie finge, al menos nadie que de verdad se esté enfrentando a sus problemas.
Poco antes de Logroño pasamos por el puesto de María, la hija de Felisa, que nos pone un sello. Le compro un collar con una concha que desde entonces me acompaña sin interrupción. En Logroño me doy el capricho de una habitación individual en una pensión por 20 €. Esta noche lo necesito, sin más. Volver a estar sola, y encima toallas y edredón… Lujo. Me compro un espray antiinsectos y me rocío con él todo el equipo y a mí misma. Me como lo que he comprado en el supermercado. Las ampollas por el calor que tengo en la nariz desde ayer van a peor. Algunas se revientan y son heridas abiertas. Estoy prácticamente desfigurada.
Esa noche ya no salgo de la habitación, escribo postales y me acuesto pronto.
Nájera – 02/04/2014
Lo primero de la mañana es enfadarme porque no se me ha secado toda la ropa. Salgo ya a las 7 y quiero desayunar en algún sitio, pero no encuentro ningún café abierto. Eso me molesta un montón y sigo caminando. Lleno la cantimplora en una fuente y me como una manzana. Todavía está oscuro, pero como tardo media hora en cruzar Logroño, donde todo está iluminado, no es para tanto. Doy por hecho que los demás me alcanzarán de todos modos. Los primeros 10 km, como los últimos días, no son ningún problema. El camino pasa junto a un lago precioso y, en mi soledad, hasta empiezo a canturrear un poco de «El baile de los vampiros». Cada vez más alto, hasta que unos peregrinos en bici me adelantan saludando alegremente. Entonces me vuelve a dar vergüenza.

De camino a Nájera
Tomo un atajo y así me salto el pueblecito de Ventosa. La región de La Rioja es de un marrón rojizo, las vides todavía son ramas raquíticas y retorcidas y el tiempo es opresivo. Y así camino y camino y no me cruzo con ni un alma. A los demás no se les ve, y lucho y lucho, y tan sola como estoy, los últimos kilómetros se convierten en una tortura. Me duele todo y me arrastro hasta Nájera. Hoy por el camino solo he pensado en aguantar. Quería demostrarme algo a mí misma y también a los demás. En Nájera me dirijo al albergue que me había dicho Peter y soy la primera en llegar hoy, después de 28 km. Al menos me he orientado sola y no me he perdido. Aun así, caminar sola ha sido opresivo. Me ducho en el albergue, que es realmente muy bonito, y me estoy arreglando cuando oigo llegar abajo a Peter el Militar, a Peter el de Cornualles y a Adrian. Los tres se quedan aliviados al verme. Creían que me había marchado. En realidad, los tres iban solo 20 minutos detrás de mí. Una pausa larga más y me habrían alcanzado. Pero parece que hoy mi destino era caminar sola.
En el albergue me encuentro con Richard, un alemán joven de unos 20 años. Me pregunta si quiero hablar con él. Le digo que sí, porque para eso estamos todos aquí. Pero entonces me suelta un discurso que, por mi escaso consumo de drogas, no pude seguir… «¡Tuve una iluminación total cuando iba con dos húngaras! Todos somos individuos. Pero aun así todos estamos aquí. Y todos somos Uno». Mientras filosofa a su aire, se va liando sus porros. Yo solo me alegro porque con las dos húngaras se refería a Anita y Brigitta, y me alegra que las dos sigan caminando juntas y que, por lo visto, les vaya bien. Cuando a los 10 minutos vuelve a llegar al Big Bang y se pone a hablar del universo, desconecto definitivamente y pienso: «¡Lo importante es que él sea feliz!». A estas alturas toda la habitación huele a hierba. Cuando Peter el Militar se da cuenta, le echa a Richard una bronca de las buenas. Que si eso está prohibido, sobre todo en los albergues, y que por eso lo van a echar o incluso irá a la cárcel. Richard se despide entonces con las palabras «Pues entonces me voy a la montaña». … Me quedo un momento sin palabras y me pregunto: «¿¿¿¿Qué montaña????».
Ahora me muero por una comida caliente y, después de llevar mis 12 postales al correo, Peter el Militar, Peter el de Cornualles, Adrian y yo vamos a un restaurante muy moderno. Allí nos encontramos con la pareja neozelandesa de la que ya había oído hablar. Están haciendo el Camino de Santiago de luna de miel. Después de que la parte masculina de la pareja tuviera problemas con el tendón de Aquiles, se compraron todo el equipo de ciclismo, bicis y alforjas incluidas, y ahora hacen el Camino en bici. Cada cual a lo suyo. A menudo he oído sobre esta historia el comentario: «¡Vaya, esos sí que quieren saber de verdad si su matrimonio aguanta!». En el restaurante me sirven ensalada de pasta, albóndigas y helado. Los pies también me duelen bastante y, después de la cena y de una buena cerveza fresquita, a las 20 h ya estoy en la cama para recuperar fuerzas para el día siguiente.
Grañón – 03/04/2014
Cuando a la mañana siguiente salimos juntos (Peter el Militar, Peter el Profesor, Adrian y yo), Richard todavía duerme. No quiere precipitarse en nada, me contó ayer, y se toma unos 2 o 3 días de descanso por semana, caminando unos 15 km al día. Pues nada, que lo disfrutes y que tengas una bonita vida. El camino hacia Grañón es fácil.
Empiezo a caminar de forma consciente. Pongo un pie delante del otro conscientemente. Empiezo a impulsar el cuerpo con el pie de atrás en lugar de arrastrarme detrás del pie de delante. Es una forma de caminar completamente distinta. Percibo mi respiración de forma consciente y encuentro un ritmo que no me deja sin aliento. Aunque me duelen muchas cosas, puedo caminar y es agradable. Si te olvidas de los dolores y de estar caminando, empiezas a concentrarte en ti misma y a disfrutar de ti. Mi cuerpo empieza a cambiar. Es como si poco a poco me hubiera ido rodando. Peter el Militar dice que lo primero que se quema es la grasa de los órganos. Creo que ese proceso va bastante bien encaminado. Me siento bien. Descubrimiento importante: alargar los pasos manteniendo el mismo ritmo. Así das automáticamente menos pasos y la distancia deja de ser un problema.

atajando por el campo
Y así, por primera vez, mis pensamientos empiezan a girar en torno a mi vida y ya no en torno a mis dolores. En realidad, me va muy bien. Un entorno sano en casa, un novio cariñoso, buenas amigas, salud, momentos bonitos. ¿Qué más se puede pedir? Eso es la vida. Y solo tenemos una. En Grañón ponemos rumbo a la iglesia. Aquí hay un albergue de donativo atendido por hospitaleras voluntarias. Estoy escéptica cuando, ya bajo la lluvia, nos dirigimos al campanario y subimos muertos de frío. Cuando llegamos arriba, mi humor cambia de golpe. La escena que se te presenta te hace sentir, sin quererlo, bienvenida. En la estufa arde un fuego, el calor es muy agradable y llena toda la sala. Patrizia, la hospitalera española, nos recibe con las palabras: «Bienvenidos, os estábamos esperando. ¡Tengo un guiso al fuego!». Nos instalamos en las colchonetas de la parte de arriba de la sala. Por supuesto, aquí no nos espera ningún lujo. Pero el agua caliente de la ducha sienta bien.
Después me dan un té mientras escribo el diario y escucho la conversación de los Peters con la hospitalera Patrizia. Peter el Militar cuenta que ya había dormido en otro albergue de Grañón y que el que lo lleva está loco. Patrizia, una mujer muy directa y enérgica, dice que conoce a ese hombre, que es amigo suyo y que no le parece bien cómo habla Peter de él. La conversación se descontrola por motivos que no logro explicarme. A mí la discusión no me pareció especialmente grave: dos personas defendiendo sus posturas. Pero Peter el Militar, hecho una furia, recoge sus cosas y se va del albergue sin decir palabra. Me quedo de piedra, pero Peter el Profesor me cuenta que Peter el Militar simplemente no soporta las críticas, y menos aún de mujeres. No entiendo esa salida, pero acepto su decisión.
Llamo a mi novio a casa, porque el wifi de la iglesia aún no está instalado del todo. Se alegra un montón y a mí se me saltan las lágrimas. Es la primera vez que oigo su voz desde que me fui. Tiene buenas noticias: lo han admitido en un curso de cualificación. Y yo también le cuento la ligereza que he ganado hoy. Después de la llamada ayudo a la joven hospitalera de Hungría con la compra para la noche (pan y galletas). Conozco a más personas maravillosas, que van a ser muy importantes para mí, mientras estamos sentados alrededor de la estufa. La estadounidense Ellen, de Seattle (51 años), que quiere dar un giro a su vida profesional y personal, trabaja actualmente para Microsoft. Pero quiere volver a encontrar su norte y orientarse profesionalmente hacia algo más espiritual. Conozco a Antonio (de treinta y tantos), un locutor de radio italiano de Bérgamo. Entretiene a todo el grupo. Pura alegría de vivir. También hay un español que es de cerca de Santiago. O sea, que va caminando a casa. Bueno, lleva una bici, pero casi siempre la empuja, porque simplemente le gusta charlar con los peregrinos. Un tipo divertido. Se nos unen dos señoras mayores de Noruega. Peregrinan despacio y a veces en autobús. Me dejan impresionada. Y cuando cuento lo de mis dolores de rodilla, una de las señoras me da una crema. Me unto las rodillas con ella y no sé muy bien si se calientan o se enfrían, pero algo pasa. El penúltimo en llegar es Phillipe, un hombre mayor que viene peregrinando desde el norte de Francia. Lleva un carrito con la mochila atada encima, del que tira con la cadera. Habla algo de alemán y es la cordialidad personificada.
Vamos todos juntos a la misa del peregrino (menos el italiano, que tiene que cocinar). Aunque no entiendo ni una palabra, me siento conmovida y recibo con gusto la bendición del peregrino. El último en unirse es un vasco, y durante la cena me siento entre el vasco y Patrizia, que es catalana. Aprendo mucho sobre los conflictos entre vascos, catalanes y españoles. La velada es muy armoniosa. Después de cenar vamos al coro de la suntuosa iglesia y encendemos una vela. La vela pasa de peregrino en peregrino y cada uno cuenta los motivos de su peregrinación. Es muy emotivo y yo cuento, profundamente conmovida y con sinceridad, que no me acepto a mí misma y que quiero encontrarme y aprender a quererme. En el Camino nadie te juzga, eso es lo bonito, y por eso puedes ser quien eres. Volvemos a leer la bendición del peregrino, que dice así:
Señor Jesucristo, que llamaste a tu siervo Abraham de la ciudad de Ur de Caldea y lo protegiste en todas sus peregrinaciones, y que guiaste al pueblo hebreo a través del desierto, te pedimos que bendigas a estos hijos tuyos que, por amor a ti, peregrinando a Compostela, atraviesan aquí las calles y plazas de Grañón. Sé para estos peregrinos compañero en su marcha, guía segura en todas las encrucijadas, albergue en el camino, sombra en el calor y luz en la oscuridad, consuelo en su desánimo, firmeza en sus propósitos, confianza y presencia en sus dudas. Para que, bajo tu guía, lleguen fortalecidos a la meta de su camino y, enriquecidos de gracia y virtudes, puedan regresar ilesos a casa, llenos de salud y de dicha. Id en nombre de Cristo, que es el Camino, y rezad por nosotros en Compostela.
Durante nuestro minuto de silencio todos estamos muy emocionados. Pero todos nos alegramos de esta experiencia que nos une. Después, poco a poco, todos se van a dormir. La colchoneta fina sobre el suelo de madera no es precisamente cómoda y por la noche hacía cada vez más frío, así que dormí más bien mal. Pero la velada mereció la pena.
Villafranca Montes de Oca – 04/04/2014
A la mañana siguiente, las hospitaleras preparan como por arte de magia un desayuno para todos. La joven húngara me lleva aparte y me dice que ella hizo su Camino por los mismos motivos que yo. Dice que Dios la ayudó y que yo tenga confianza. Como no soy muy religiosa, sus palabras de ánimo me parecen bonitas, pero no tengo realmente la sensación de que esto me vaya a ayudar. Lo mucho que puede uno equivocarse, todavía no lo sé en ese momento.
Salimos de buen humor y el único tema de conversación es Peter el Militar. No pienso en otra cosa que en él y le doy vueltas a qué es lo que me molesta de él. Tiene demasiados problemas. Problemas que no puede resolver por sí mismo. Y huye de sus problemas, por eso hace el Camino por octava vez. Ayuda a muchos otros peregrinos para reprimir sus problemas y su verdadero yo. Nos lo encontramos en el siguiente pueblo, donde por lo visto ha pasado la noche en un parque infantil. Parece desorientado y dice cosas bastante incoherentes, que si su noche ha sido horrible. Luego camina un rato con nosotros y le cuento lo que he estado pensando. ¿Y qué hace Peter el Militar? Se echa a llorar, acelera el paso y sale corriendo delante de mí. Ya es bastante fuerte que tenga que ser yo (una chica de 24 años) quien le señale sus problemas. Adelanta a Peter el de Cornualles soltándole un comentario feo. Adrian y Peter el de Cornualles no están precisamente deseando volver a ver a Peter el Militar. Pero a mí todo el asunto no se me va de la cabeza. Es mi camino, sí, pero quizá se pueda ayudar a otra persona.
Después del tratamiento con la crema de la noruega, el dolor de rodillas casi ha desaparecido y se camina de maravilla. Además pienso en la humanidad que he recibido en la vida y en el Camino. Y en el amor que puedo dar y, ojalá, también recibir. Y simplemente me siento agradecida y feliz por todo y lloro de alegría. En los últimos kilómetros se levanta un viento terrible contra el que tenemos que caminar. Hacemos el tonto diciendo que hay que caminar como Superman. Te deja sin fuerzas y nos alegramos de haber llegado al Hotel Villafranca, que tiene albergue. Peter el Militar no está allí, lo que influye positivamente en el humor de todos. Allí volvemos a encontrarnos con Ellen, lo que me alegra de verdad. Vaciamos unas cuantas botellas de vino juntos y vamos a cenar arreglados al restaurante del hotel de tres estrellas. Hay espaguetis, una hamburguesa y arroz con leche. La velada es sencillamente lo que se puede llamar pasarlo bien. Hacia las 22 h nos vamos a la cama. A pesar del bonito alojamiento, la noche es intranquila. Un estadounidense que duerme debajo de Peter y al lado de Adrian (abajo) y de mí (arriba, en la litera) ronca tan fuerte que todos soltamos ruidos de fastidio… En algún momento oigo algo que golpea, pero ya no le hago caso.
Atapuerca – 05/04/2014
A la mañana siguiente me entero de que Peter el de Cornualles le tiró las gafas al roncador. Jaja, me río tan fuerte que me duele. Cuando salimos del jardín del hotel, Peter el Militar se cruza en nuestro camino. No nos hace caso. Le doy los buenos días, pero apenas me contesta. Y así vamos caminando unos detrás y delante de otros y poco a poco me voy enfadando. Enfadada porque él influye tan negativamente en mis pensamientos y en mi humor. Esto tenía que ser MI camino. Y así, ese día tomo la delantera, voy la primera, llena de fuerza y energía, y tengo la sensación de que tengo que cuidar de mis compañeros peregrinos, Peter el de Cornualles y Adrian, y ser fuerte por todos. Por primera vez asumo un papel de líder.
El largo tramo hasta el siguiente pueblo (alias mi desayuno) tiene unos 13 km y es un caso para mi barrita energética de emergencia. Caminamos por el bosque, donde hay muchísimo barro. Hacia Peter el Militar no doy ni un paso, porque ya lo he intentado. Él también tiene que dejarse ayudar, y por lo visto no quiere. El camino a Atapuerca no es especialmente largo, así que llegamos ya a mediodía. Me siento genial, pero no quiero dejar a mi grupo, así que me quedo con Adrian y Peter el de Cornualles en un albergue tipo bungaló. Peter el Militar vuelve a cruzarse en nuestro camino y se disculpa por su comportamiento. Lo abrazo; al principio se encoge y se aparta, pero luego se deja. Pobre hombre. Él se queda en otro pueblo y nosotros tenemos el resto de un día tranquilo y armonioso.
En la tiendecita del pueblo tomamos mucho café, y Peter el de Cornualles y yo observamos a Antonio, el italiano de Grañón, mientras hace la compra con dos amigos peregrinos para una cena casera… Observar a italianos haciendo la compra es increíblemente entretenido. Antonio: «Ah, I forgot something! Il formaggio! Queso! The cheese! No dinner without cheese!». La larga tarde libre la pasamos haraganeando en nuestras camas. Mi sarpullido, o mejor dicho mis ampollas por el calor, van cada vez a peor. Y a pesar de estas imperfecciones me siento querida y, sencillamente, bien. El menú del peregrino de Atapuerca fue el más rico de todos. Pasta con aceite y verduras salteadas, luego pollo tailandés con arroz y fresas frescas, por 12 €. Como Peter, Adrian y yo ocupamos los tres una habitación de seis camas, cada uno se ha quedado con la cama de abajo de una litera y todos nos damos un buen atracón de sueño tranquilo. El estadounidense que ronca está en el mismo albergue, pero en la habitación de enfrente, y nos separan dos puertas y un pasillo. Dormimos a pierna suelta.
Burgos – 06/04/2014

Amanecer pasado Atapuerca
La mañana llega demasiado pronto. Ninguno de los tres quería levantarse. Y aun así, como cada mañana, nos ponemos en pie para meter nuestras cosas en la mochila y seguir caminando hacia el oeste. De camino a Burgos vivimos un amanecer precioso en medio de un rebaño de ovejas. La segunda mitad del camino es de carreteras asfaltadas y el camino recorre durante kilómetros el polígono industrial de Burgos. Esta caminata sobre asfalto es una carga terrible y nos alegramos muchísimo de llegar al moderno albergue municipal.

Techo de una capilla lateral de la catedral de Burgos
Poco a poco van llegando caras conocidas: Peter el Militar, Ellen, un español mayor al que llevo unos días viendo una y otra vez y que siempre me suelta parrafadas en español aunque sabe que no entiendo ni una palabra, Antonio y su amigo peregrino. Vuelvo a dormir arriba en la litera, pero eso no es grave. Grave es mi cara. Estoy hinchada, roja y tengo heridas abiertas por toda la nariz y las mejillas. Por un momento tengo un bajón y quiero volver a casa. Burgos tiene aeropuerto, y eso es tentador. Pero me sobrepongo y visito Burgos con los demás, sobre todo la catedral más bonita que he visto en toda mi vida.
En la catedral me siento por primera vez una auténtica peregrina, sobrecogida ante la arquitectura y las pinturas. Cuánto tiempo debió de llevar crear algo así. Cuánta perseverancia tuvieron quienes levantaron esta obra. Le doy las gracias a Dios por lo que he vivido hasta ahora y por las personas que he tenido la suerte de conocer. Hace un tiempo perfecto y disfrutamos del tiempo juntos. Para rematar, aquí nos toca el peor y más caro menú del peregrino de todo el viaje. Paella descongelada y fría, cordero ahogado en grasa con patatas fritas nadando en grasa y arroz con leche con canela. La camarera del restaurante era camarera de barra, camarera de sala y cocinera a la vez… Eso lo dice todo. En el albergue me encuentro con Antonio, que me pregunta por mi cara. Le digo que no tengo ni idea de qué es. Él me dice con su estupendo acento italiano de buen humor: «It’s the sun!». Así que me juro que a partir de mañana me pondré crema solar y llevaré gorra. Me alegro del sueño que vuelvo a tener y tengo ganas de ver cómo sigue el viaje. Peter el Militar dijo una vez que a partir de Burgos las cosas cambian. Por un lado, Peter el Militar se quedaría un día más en Burgos. O sea, que ya no nos lo volveremos a encontrar. Qué más me espera, no lo sé.
Parte 2: La cabeza
Justo cuando empiezo a sentirme bien, empieza el trabajo para la cabeza. La inmensidad de los campos de cereal, el paisaje sin colinas y los caminos rectos e interminables hacen que te ocupes de ti misma. Y percibes muchos más detalles: lagartijas, serpientes, ranas… Todo lo que normalmente quizá pasarías por alto aquí es como un grito en la desolación del paisaje. A partir de ahora empiezo, poco a poco, a encontrarme a mí misma.
Hontanas – 07/04/2014

De camino a Hontanas
Hoy caminamos juntos Ellen, Peter el de Cornualles, Adrian y yo. La región cambia ahora. Nos espera la temida Meseta. Campos de cereal interminables, inmensidad, sin desniveles, aburrimiento para el cuerpo y trabajo para la cabeza. Aceptamos el reto con gusto. Por el camino nos animamos unos a otros. A ratos charlamos, a ratos simplemente caminamos uno al lado del otro. Pienso poco, porque sencillamente quiero completar el tramo hasta Hontanas (32 km). Disfruto de mí y de mi cuerpo. Me alegra que mi cuerpo aguante estas fatigas. Los últimos kilómetros son, como siempre, los peores. Sobre todo porque el pueblo no se ve hasta que estás allí, ya que está en una hondonada. Pero llegar al albergue es como ir a una reunión de antiguos alumnos. Antonio y su amigo, del que todavía no sé el nombre, la pareja neozelandesa de las bicis… Conozco a una pareja que habla italiano pero no inglés, lo que impide la comunicación y un mayor acercamiento. En cambio, me encuentro con una pareja de Inzell que trabaja en hostelería y con Jürgen, un suabo que ha hecho su primer día y se queja de los dolores. Nada espectacular, simplemente un buen rato, y decido para mí aceptar este tiempo tal como es, sin interpretar nada en todo. La cena con Ellen, Peter y Adrian fue armoniosa. Hablamos mucho, nos reímos mucho, todo encaja, todo es ligero y alegre. Es como si ahora el alma se fuera de vacaciones. Como si descansara. A las 21 h, a la cama. No hay mucho más que contar del día, salvo quizá que la cara me tira menos. Antonio tenía razón: es la alergia al sol…
Boadilla del Camino – 08/04/2014

Tráfico en sentido contrario en el Camino de Santiago
A las 7 nos levantamos, desayunamos y nos ponemos en marcha. Cada 8-10 km hacemos una pausa, porque nos encontramos con los italianos. Palabras textuales de Antonio: «The breaks are the camino! Espresso and bocadillo!». Es divertido y disfrutamos de las pausas, del café, de la cerveza, de la comida, del tiempo… Al principio nos espera una subida empinada y tengo tanta fuerza que casi subo la cuesta a la carrera. Es un subidón. De eso se trata, ¿no? ¡Disfrutar de los buenos momentos, vivir! Hacia mediodía hace un calor sofocante y los kilómetros por la Meseta sin sombra se hacen duros, también porque hay una cantidad tremenda de moscas. Adrian y yo nos separamos del resto a paso militar; solo queremos llegar. Viene hacia nosotros un rebaño de ovejas; delante va un burro, y el pastor y dos perros vigilan. ¡Qué monada! En Boadilla llegamos a un alojamiento con un jardín precioso. Después de ducharme me miro en el espejo en sujetador deportivo y disfruto de lo que veo. Algo así como unos abdominales vuelve a asomar. A pesar de la cara desfigurada, me siento sexy. Me tumbo al sol con una cerveza, lo que provoca sonrisas y envidia en Antonio y en su amigo Felipe (¡sí, por fin sé cómo se llama y que es brasileño!). Mi cara va mejorando poco a poco, la hinchazón baja. Hasta se diría que los dos chicos están con ganas de flirtear. Y oye, ¿por qué no?, eso también contribuye al buen humor. Hay una cena en común y me siento al lado de una australiana y de Ellen. Cuando sale el tema del trabajo, que para mí sigue siendo un gran problema, me quedo muy callada. Las dos me dicen que da igual a qué me dedique, pero que tengo que ser agresiva, demostrar voluntad, y entonces puedo conseguirlo todo. Tengo que hablar en «primera persona del singular» en lugar de en «primera del plural» (nosotras las mujeres, nosotros los alemanes, nosotros…), para destacar como individuo. Me tomaré el consejo a pecho y espero ponerlo en práctica con éxito en casa. La noche volvió a ser muy fría y duermo poco, pero al menos no hay roncadores en la habitación.
Carrión de los Condes – 09/04/2014

¿Iglesia en ?? ¿Quién lo sabe? Tuvo que ser entre Boadilla del Camino y Carrión de los Condes.
La mañana siguiente empieza con que «mi» grupo (Ellen, Adrian y Peter de Cornualles) quiere salir sin desayunar. Peter perdió su móvil en Logroño y espera poder comprarse uno nuevo en la siguiente ciudad. El albergue ofrece desayuno y a mí no me gusta caminar sin desayunar. Así que decido caminar con Antonio, Felipe y la pareja de italianos, y encontrarme con los demás por el camino. Es un rato estupendo. A Federica y Christien (la pareja) no los entiendo, pero me caen bien los dos. Son tan majos y, como buenos italianos, rebosan buen humor. Me entero de que Federica es triatleta y hace todo esto por motivos deportivos. Y es vegetariana, pero no le gustan las fresas. Su novio, por lo visto, quiere plantarle cara, pero lucha con sus gemelos.
El tiempo de caminata ya no es contemplativo ni tranquilo, sino lleno de vida. Antonio habla mucho y con ganas, pero canta otro tanto, y con Felipe, que al menos habla bien inglés, también charlo mucho. Él también me anima ya desde el primer día a ser yo misma. En cada pueblo se hace una pausa para tomar café. No sé por qué, pero ese día se me deshace un pequeño nudo en la garganta y canto por primera vez desde la fiesta de graduación del bachillerato delante de mis compañeros de peregrinación. Suena increíblemente horrible, pero aquí lo que cuenta sobre todo es el valor y la experiencia. Porque eso soy yo: me gusta la música, me gusta cantar. Y pienso que Peter el militar tiene razón: las cosas cambian después de Burgos. Y eso sobre todo gracias a toda la energía positiva de la gente que ahora voy conociendo.
Nos dirigimos al albergue Santa María, que llevan unas monjas. Un albergue bonito y sencillo con cocina, donde los italianos quieren volver a desfogarse. Ese día conozco también al coreano Youn. Ya lo había visto en Burgos, pero todavía no habíamos tenido más contacto. Habla mal inglés, así que después de todo el viaje no sabría decir por qué estaba allí. Solo sé que nos regaló un montón de momentos divertidos. Porque a partir de ese momento nos lo encontramos cada día y siempre llega antes que nosotros a los albergues. Sé que él también estuvo en el ejército. ¿Y a quién me encuentro también, cómo no, en el albergue? Al señor español mayor, que vuelve a contarme en español sus problemas de pies y de botas. Después de una ducha salgo sola a la ciudad y me compro algo en la farmacia para las heridas de la cara, que ya van cicatrizando. Saco dinero en el cajero. Y mientras paseo así por Carrión, de repente alguien grita: Lisa, come here! Y ahí veo a toda mi gente querida sentada en la plaza tomando una cerveza. Me uno a ellos y me dan una cerveza que, con el calor, me bebo enseguida. Conozco a más gente (en el Camino no se hace otra cosa): Pascal, de Luxemburgo, y Pauline, de Holanda. Pauline acaba de empezar. Me cuenta sus conflictos con amigos y cómo en casa finge ser quien no es. Intento darle consejos, en la medida en que ya he podido ayudarme a mí misma. En ese momento no sé ponerle nombre a todo lo que ya me ha pasado, a lo que ha cambiado. Solo mirando atrás me doy cuenta de que aquello fue el comienzo de mi nuevo yo. Los italianos, Felipe y yo vamos a comprar para la cena. Al final esa noche se cocina pasta amatriciana para 12 personas, con ensalada, vino y bruschetta incluidos. Por cabeza, el menú sale a 3 €. También hablamos de la etapa del día siguiente, que tiene tela. Nos espera la etapa más larga sin ningún pueblo en medio. Mañana por la mañana hay 17 km hasta el siguiente pueblo. El tramo no tiene sombra y va simplemente todo recto. Por eso decidimos salir temprano para que no nos pille el sol del mediodía.
Terradillos de los Templarios – 10/04/2014

Los mensajes en papelitos no son raros en el Camino.
Salimos a las 7 y, después de un café y algo de bollería, nos ponemos en marcha. Me pego a Felipe, con quien me entiendo sorprendentemente bien. Es una de esas pocas personas con las que estás en la misma onda y a las que de algún modo podrías llamar almas gemelas. Sabe lo que necesito en determinados momentos, cómo motivarme. Así que hablamos mucho durante los 17 km, que para mí pasan volando. Simplemente me hace sentir normal, aunque yo muchas veces no esté convencida de serlo. Aprendes a calar a las personas y a confiar en ellas, y Felipe es una de esas personas. Llego a la convicción de que hay que ser fiel a uno mismo y a sus inclinaciones. Todo lo demás no te hace feliz.
Al llegar al bar me encuentro con una estampa divertida. Todos los demás, sobre todo Peter de Cornualles, están hechos polvo por la paliza de caminata con este calor; todos se han quitado las botas. Yo ya también camino con pantalón corto y camiseta, pero siempre con gorra y crema solar. Los italianos, con sus bastones de marcha, por supuesto han ido delante de nosotros a toda pastilla. Cada uno a su ritmo. Por fin me entero también de qué es lo que veo escrito a menudo en piedras y muros: A Passo Lento. Ve despacio. Algo que no va con muchos italianos, por eso probablemente se frenan ellos mismos. El resto del camino también pasa volando. En Terradillos nos separamos. Felipe y yo nos quedamos en un albergue bonito con un gran jardín. Los italianos siguen caminando. Youn y los demás están en un albergue más antiguo del pueblo. En nuestro albergue nos toca una habitación de 8 camas en la que, aparte de nosotros dos, solo hay otro peregrino. El señor español mayor. Como Felipe sabe hablar español, le pido que le pregunte cómo se llama: Alfonso. Por fin el hombre tiene nombre. Y otra vez me cuenta en español sus problemas con las botas. Felipe intenta traducir, pero Alfonso habla rápido y no se le entiende bien. Me entero de que a partir de ahora va a enviar la mochila por delante y solo lleva lo imprescindible para caminar, para descargar la espalda. El resto del día no tiene nada de espectacular: ducha, holgazanear, comer algo y dormir. Me veo supersexy: los pantalones ya necesitan cinturón y la nariz también está mucho mejor. Me siento genial.
El Burgo Ranero – 11/04/2014

Sahagún – mitad del Camino de Santiago
Hoy salimos a las 7:30 y por el camino alcanzamos a los italianos y también a los demás. Vamos a buen paso, tengo la cabeza vacía y me siento de maravilla. Como un nuevo comienzo. Por el camino pienso en lo que los demás piensan de mí y en que quizá hablen de mí. Y de repente me viene la idea: «¡Oye, ¿y qué más da?!». Caminamos por un tramo que no cambia en horas. Un sendero de grava, a la izquierda árboles formando una alameda, a la derecha la carretera. Así seguimos horas y horas todo recto, y pienso: «Estoy a tantísimos kilómetros de casa y allí se habla y se cotillea de mí». Y en vez de preocuparme y darle vueltas, pienso: «¡Guau, menudo éxito! ¡Pues que hablen! Puede ser envidia, admiración o lo que sea, ¡pero no indiferencia!».
Y mientras contemplo las nubes bonitas en el cielo y me preocupo menos, de repente hace CLIC. En medio de este paisaje monótono, mi voz interior positiva me dice: «Aquí estoy. Esta eres tú. ¡Y eres positiva!». Busco dentro de mí la voz cínica y sarcástica que comentaba en negativo, por dentro, todo y a todos. Pero no la encuentro. Y eso me alegra una barbaridad. Con «I Lived» de OneRepublic en los oídos, entro en El Burgo Ranero caminando rápido, animada y sin rastro de cansancio. A los chicos les cuesta seguirme. Llegamos a un albergue que atienden dos voluntarios de Estados Unidos, Trish y Stef. Por lo visto, Peter de Cornualles ya nos ha anunciado, porque nos están esperando. Youn ya está allí y, por supuesto, Alfonso: los sospechosos habituales. Más tarde llegan también Ellen y Adrian. Primero nos damos otra vez el gusto de una cerveza y luego vamos a comprar para el risotto que tenemos pensado. Una española cocina tortilla y, una vez más, tenemos una comida rica y abundante. Felipe se ha retirado: ha llevado su salami un día de más de aquí para allá con el calor. Pobre. Por la noche surge además una conversación interesante entre Stef y Ellen. Stef es profesor de yoga y Ellen, durante su viaje, también ha estado pensando en dejar Microsoft para dar clases de yoga. Así que también este encuentro es una casualidad muy especial.
Arcahueja – 12/04/2014

Amanecer después de El Burgo Ranero
Hoy estoy llena de fuerza y energía y solo quiero ponerme en marcha. Caminar me resulta fácil y hoy voy con Ellen y Adrian, que llevan un ritmo igual de rápido. Felipe, que está tocado, se queda con Antonio, que hoy también va remoloneando. Después de 12 km llegamos a un bar donde me doy el gusto de un zumo de naranja recién exprimido. Las vitaminas nos sientan de maravilla a mí y a mi cuerpo. En el resto del camino hablo con Ellen. Le cuento mi momento especial y le doy las gracias por la energía positiva que irradia. Ella me dice que ve en mí una enorme reserva de energía que solo está esperando a salir. Que me ve muy fuerte y que poco a poco empiezo a irradiarlo también. Luego hablamos de lo importantes que son los buenos amigos y se echa a llorar. Pero de alegría, porque aprecia mucho a sus amigos. Me emociona poder compartir con ella este momento tan emotivo, como ya pasó en Grañón.
Seguimos caminando kilómetros y el calor del mediodía nos cansa enseguida. Cuando llegamos a Arcahueja, nos espera… ¡Youn! Alfonso ya se ha detenido antes; por desgracia, ya no lo vuelvo a ver. Según me llega, también he visto por última vez a Peter el profesor, porque él también se detiene un pueblo antes. Antonio va un poco justo de tiempo, porque tiene el vuelo reservado dentro de pocos días, y coge el autobús a León. Felipe, al menos, llega un poco más tarde con nosotros. El calor se cobra víctimas y rompe nuestro grupo. Una pena, pero así es el Camino. Después de un vaso de sangría con Ellen, escribo el diario, me siento al sol y repaso el día:
- Me quiero a mí misma y quiero mi vida.
- Me encantan las aficiones que dejé por los estudios. Con el tiempo tengo que recuperar alguna, probablemente montar a caballo.
- Empiezo a conectar con la naturaleza, que me hace bien. Para mí eso significa irme de la ciudad, que me agobia y me pone de los nervios.
- Quiero a mi cuerpo, y en el futuro quiero cuidarlo más. Para mí eso significa más deporte, ir en bici.
- A lo mejor aprendo otro idioma: el italiano es tan bonito, y yo me apaño por el mundo «solo» con mi inglés. Es una pena, ¿no?
El menú que nos dan en el único albergue del pueblo es de los de «se esforzaron mucho». Espaguetis, pescado frito con patatas gajo, ensalada y natillas. Después nos fuimos rodando a la cama y me invade un sentimiento melancólico. Estamos a punto de llegar a León, a punto de empezar el último tercio del Camino, y me pregunto qué ha pasado con el tiempo. Hasta aquí he tenido descubrimientos importantes, pero todavía no estoy preparada para terminar el Camino. Triste, pero con el alma llena, me duermo esa noche.
Villar de Mazarife – 13/04/2014
Nos levantamos a las 6:30 y nos zampamos el desayuno que nos habían preparado ya la noche anterior. Salimos hacia León, que está a solo 7 km. Allí llegamos también bastante rápido y disfrutamos del ambiente matinal de la ciudad en Domingo de Ramos. En la gran plaza delante de la catedral siento, como ya en Burgos, un cierto sobrecogimiento. Y mientras sorbemos allí nuestro café, vivimos otra vez algo así como una reunión de antiguos alumnos: la pareja neozelandesa, la pareja de Inzell, Youn… Aquí llega todo el mundo, y de Antonio al menos oímos que salió solo unas horas antes que nosotros. Contemplo el pórtico de entrada de la catedral. Un precioso rosetón se alza sobre las puertas. Precioso. Pero entonces me fijo en los dos seres feos a los lados de la flor. Me pregunto por qué esas criaturas tan feas están colocadas en una obra de arte tan bonita. Y ahí me golpea por segunda vez en el Camino. Precisamente la fealdad de esas figuras y el valor de quien las colocó justo ahí son lo que hace que esa flor sea tan bonita. Sin saberlo, esa flor se percibe así solo porque esas figuras feas están ahí. Y eso es arte. Te hace pensar. No siempre es bonito. Se discute sobre ello. Y entiendo lo que tengo que hacer en casa. Mi actividad como modelo aficionada la había dejado aparcada porque las fotos siempre eran iguales. Al final ya solo era un trabajo. Y ahora sé que sí debería seguir trabajando como modelo aficionada. Pero tengo que convertirlo en arte. Al menos para mí. Quizá se puedan compartir las fotos, dejar que la gente discuta sobre ellas, provocar que gusten y que no gusten. Entonces se hablará de ellas, y eso es lo que yo quiero, ¿no? La idea de verme a mí misma como artista me gusta y va tomando forma en mi cabeza.

Catedral de León en Domingo de Ramos
Y de repente me salen a borbotones ideas para sesiones de fotos y reviento de una creatividad que nunca antes había percibido. Aquí en León, en la plaza delante de la catedral, se pone en marcha algo. Quiero seguir caminando y dejarme inspirar ahora por el Camino. Nos despedimos de Ellen, que quiere pasar el día en León. Es una pena que no venga, pero así es el Camino. Desde hace unos días, además, tengo la idea de hacerme un tatuaje. No se me va de la cabeza el nombre La Peregrina. Pero ahora sé que ese es el nombre bajo el que quiero llevar a cabo mis nuevos proyectos. La Peregrina nació en León. Noto cómo me inspiran la naturaleza, los paisajes, la gente y también la música que escucho.
En Virgen del Camino se alza una de las iglesias más modernas del Camino. Justo está saliendo la gente de la iglesia y nos ponemos a hablar con una hospitalera. Nos cuenta que el artista de las figuras de la iglesia murió hace poco. Me conmueven esas figuras fantasmales y se me ocurre una de mis primeras ideas para una foto.
Seguimos y se me ocurren más ideas. En nuestro destino me compro un librito en el que las apunto todas para no olvidar ninguna. Nos encontramos con un grupo de estadounidenses (Lindsay, Christy, Cary e Ian) que esa noche cenan con nosotros. Son de Tennessee y son lo que se llama good company. Estoy algo abrumada por todas mis ideas y desconecto el resto de la noche.
Parte 3: El alma
En el último tercio vuelves a construir tu autoestima y tu fuerza y afianzas lo que descubriste para ti en el tramo anterior. Este tiempo está para disfrutarlo y para darte cuenta de la experiencia tan maravillosa que has tenido el privilegio de vivir. Aprendes a valorar muchas cosas y las piezas del puzle van encajando en un gran todo. Y encuentras algo más, algo maravilloso: tu fe.
Astorga – 14/04/2014
Ahora que me dejo inspirar de forma consciente, me fijo mucho en la naturaleza y en mi entorno. Nos dirigimos hacia las montañas y ya tengo ganas de que el paisaje cambie un poco. Los 33 km se caminan con relativa facilidad. Y me doy cuenta de que el agua parece alegrarse de poder fluir. Me siento como si estuviera conectada con el agua. Quizá la fe en la naturaleza y la doctrina de los elementos sean algo con lo que me pueda identificar y en lo que pueda creer. No lo sé, pero el agua que fluye me gusta. Me gusta contemplarla. Astorga está en un lugar idílico, pero noto que las plantas de los pies me empiezan a arder. Me alegro cuando llegamos al albergue, ¿y con quién nos encontramos allí? ¡Con Antonio! La alegría es enorme y otra vez a hacer la compra. Porque toca de nuevo un gran banquete para 15 personas. Esta vez me toca a mí preparar la salsa de tomate. Un reto, pero con la ayuda de los italianos, ningún problema.

Catedral de Astorga
Vuelvo a ver a Maxime, un francés que ya iba conmigo en el autobús a Saint Jean. Él también es uno de esos conocidos que aparecen y vuelven a desaparecer. Hoy charlo un poco con él. Con él también me entiendo de maravilla desde el principio. Coge confianza conmigo muy rápido y me cuenta que en casa tiene novio. Me recuerda a un amor de juventud que conocí en un intercambio en Francia, Sebastien. Nos conocimos, nos enamoramos y luego me tuve que ir. Seguimos en contacto un tiempo, pero poco a poco se fue perdiendo. Me pongo triste al pensar en ello, pero, curiosamente, ya no recuerdo cómo era. Solo su collar. Un trisquel, un símbolo importante para mí. Lo llevaba siempre y lo recuerdo perfectamente. Y otra pieza del puzle encaja. ¿Por qué se me queda grabado este símbolo y no el chico en sí? ¿Se insinúa ya a una edad temprana lo que más adelante no se puede detener? Esa noche soy la última en irme a la cama, porque la conversación con Maxime se alargó un poco. Llena de pensamientos y de asombro, me quedo dormida.
Foncebadón – 15/04/2014
A la mañana siguiente todavía vemos la catedral y el Palacio Episcopal de Astorga. Desayunamos churros y empezamos una etapa que para mí es una de las más bonitas del Camino. El paisaje, las flores, las montañas que se acercan, los matorrales espinosos y una subida que tiene tela. He abierto mi reserva de energía y subo la montaña volando con música. Adelanto a los estadounidenses, dejo atrás a Felipe, al suabo Jürgen. Siento la montaña y el suelo. Hoy conecto con el elemento tierra. Sé exactamente dónde tengo que poner los pies para no tropezar. Foncebadón es un pueblo diminuto en las montañas. Nos alojamos en un albergue que llevan hippies y gurús del yoga. Está a reventar, pero nos duchamos con agua caliente y por la noche nos ponen delante una gran paellera. Invito a una ronda de cerveza a mis amigos, a los que se ha unido otra italiana, Cristina.
La noche es divertida y relajada y estamos ilusionadísimos ante el día siguiente, en el que a primera hora de la mañana llegaremos ya a la Cruz de Ferro, donde cada peregrino puede dejar una piedra traída de casa. La piedra simboliza los esfuerzos del peregrino, y las preocupaciones y fatigas se dejan, literalmente, en la Cruz de Ferro. Para Antonio será el final del viaje, porque tiene que volver en avión a Italia.
Ponferrada – 16/04/2014
La etapa de este día supera a todas las anteriores. El camino a la Cruz de Ferro es maravilloso. Místico, con la luz del sol naciente. Siento un vínculo muy fuerte con la naturaleza, con las plantas, la tierra y el aire. Tan arriba en las montañas, conecto con el elemento aire. Siento algo que es como una feminidad muy fuerte y tengo la sensación de que ahora, definitivamente, me he convertido en mujer. Lloro, porque estos sentimientos simplemente me arrollan. Por eso el camino a la Cruz de Ferro es para mí único y especial. Cuando llego allí, la magia en realidad ya ha pasado. Pero el ambiente y la emoción de los demás peregrinos son abrumadores. Lo absorbo todo y dejo mi piedra. El ambiente probablemente se entienda mejor con las fotos. Mágico. Antonio se queda un rato. Nosotros seguimos caminando por montañas y colinas en las que, a lo lejos, todavía hay nieve. Hace un tiempo espléndido y las vistas son geniales. La bajada es como un sueño. Un valle de cuento de la Bella Durmiente, pueblos increíblemente románticos. En realidad, ninguna descripción sería lo bastante bonita, así que lo dejo. Paramos en el bonito Molinaseca, donde hacemos una pausa junto al río fresco y metemos los pies en el agua fría. Después de este sueño, por desgracia, todo vuelve a ser urbano cuando caminamos hacia Ponferrada. Hoy, en la bajada, he tenido una revelación importante. Los buenos amigos son como las piedras bien ancladas en el suelo. Te dan sujeción en la bajada, pero tienes que saber distinguirlas del montón de piedras sueltas. No hacen falta muchas piedras firmes para bajar, ¡pero siempre una al alcance del paso! Antonio dice hoy: «This is my Camino, YOU are my Camino my friends. Being here with you is my own personal Santiago». Y cuánta razón tiene.
Villafranca del Bierzo – 17/04/2014
Por la mañana nos despedimos de Antonio y salimos de la ciudad pasando junto al castillo templario de Ponferrada. Con un tiempo espléndido caminamos por el paisaje ondulado. Volvemos a entrar en una región vinícola. Se camina de maravilla y, después de 24 km, llegamos a la pintoresca Villafranca. Decido separarme aquí de los demás. El camino se divide ahora en el Camino Duro, que sube 500 metros de desnivel a lo largo de 11 km por encima de una montaña, y el camino sin desnivel junto a la carretera. Como los demás quieren hacer kilómetros, se deciden por el camino de la carretera. Pero yo quiero ir por la montaña y quiero disfrutarla, por eso prefiero hacerla a la mañana siguiente. Nos tomamos una última cerveza juntos y luego nos despedimos.
Ahora estoy completamente sola y la sensación es horrible. Busco un albergue y me alegro de haber llegado tan pronto, porque Villafranca está llena de peregrinos y por la noche los albergues están completos. En el albergue, que más bien parece una chabola, hay claramente demasiados alemanes, austriacos y suizos. Jürgen, el suabo de cuarenta y tantos, también está aquí y decido arrimarme un poco a él. Con él y con un danés también de cuarenta y tantos (creo) fui a comer tapas. Me quedo de piedra con cómo transcurre la noche. Jürgen es lo que se llama un hombre en plena crisis de los cuarenta. Al menos tal como yo me lo imagino. Se comporta de forma increíblemente inmadura e intenta, supongo, hacerse el guay; está en todas partes y en ninguna para no perderse nada. Bueno, yo misma acabo de hacerme adulta esta mañana. Y, de algún modo, para mí no es buena compañía. Nos encontramos con Christiane y su hijo Anton, a los que vemos caminar todos los días desde León. Anton tiene 9 años y es un torbellino. Le encanta conocer gente nueva. Los dos viven en Barcelona y son originarios de Mühlheim. A mí los niños nunca se me han dado bien, pero con Anton me llevo bien. Me cuenta tantas cosas que yo apenas consigo meter baza. Me acuerdo del hijo de mi novio, que también tiene 9 años. Y pienso que, de algún modo, la feminidad que he ganado y el haberme hecho adulta han contribuido a que este niño confíe en mí. Espero que también me ayude en casa a llevarme bien con el pequeño. Luego se une otro alemán. Thomas. Probablemente también de cuarenta y tantos. Enseguida empieza, muy a la alemana, con preguntas profundas y analíticas y me saca bastante de quicio. Sobre todo, analiza todas las respuestas que recibe. Relájate. Disfruta de la dolce vita. Y echo de menos a mi antiguo grupo. Vuelvo al albergue cochambroso, donde apenas tengo sitio para subir a la litera de arriba. Casi no me puedo dar la vuelta. Estoy tumbada con la cara justo hacia la puerta que da al exterior y que en realidad no existe. Así que la noche vuelve a ser fría. Y tomo la decisión de alcanzar a mi antiguo grupo como sea y cuando sea.
O Cebreiro – 18/04/2014 (Viernes Santo)
He dormido tan mal que me alegro de poder salir sola. Después de un desayuno rápido me pongo en marcha hacia el Camino Duro, cuya subida tiene tela. Sube muy empinado y tardo una hora larga en llegar arriba. Pero el amanecer y las vistas merecen la pena. Al menos aquí estoy completamente sola. Después de la bajada camino también junto a la carretera hasta que, al final, vuelve a subir. Me encuentro tan bien que también me echo encima esta subida hasta arriba del todo y llego a O Cebreiro ya a las 14:00. Como es Viernes Santo, el pueblo está lleno de turistas españoles y peregrinos españoles. Allí me encuentro otra vez con Maxime y me alegro muchísimo de verlo. Está lavando sus cosas y le pregunto cómo ha podido llegar tan rápido. Me enseña los brazos, que tiene llenos de picaduras de arriba abajo. Las picaduras de chinches, dice, son del último albergue, en el que también estuve yo, y ha oído de otras cuatro personas con picaduras. En secreto me alegro de haberme librado. Por la noche voy a cenar con Maxime. El menú es regular, pero me alegra su compañía. Por lo demás, solo se puede decir que hoy, yendo sola, he caminado demasiado rápido. Tengo que frenarme más. Me doy cuenta de que a mi grupo no solo lo echo de menos, sino que lo necesito. No porque los italianos me empujen y vayan demasiado rápido. No, porque me frenan y me tranquilizan. Me voy a dormir ya a las 19:00, porque simplemente me aburro y aquí tampoco busco ni quiero compañía. Aunque la cosa resulta difícil, porque es de día, en la sala hay 50 personas, hay jaleo y el ambiente está cargado.
Sarria – 19/04/2014
Ha pasado lo peor que podía pasar. Me despierto a las 5:20 y me siento rara. Me toco el cuello y noto picaduras por todas partes. Ya no hay manera de dormir. Recojo enseguida todas mis cosas y salgo del dormitorio a toda prisa. Fuera intento calmarme y me arreglo en el baño como puedo. Tengo todo el cuello lleno de puntos rojos. Son picaduras de chinches, sin duda. Qué horror. Y ayer todavía me alegraba. Como a las 6 en España todavía no hay ningún bar abierto, me pongo en marcha a oscuras. Lo bueno es que hay otros chalados a los que también les gusta caminar de noche con linterna, y me uno a los peregrinos de las linternas. Aunque van demasiado despacio para mí, porque estoy alterada y furiosa por las picaduras y quiero desfogarme. Pero me quedo con ellos hasta que hay suficiente luz. Y entonces me largo. Lo positivo: vuelvo a vivir un amanecer precioso. Todavía hay que subir unos cuantos metros y, en la primera ocasión, me doy el gusto de desayunar. Camino y camino y, como ya ayer, sola voy simplemente demasiado rápido. Paso por delante del segundo bar que veo a toda prisa y saludo rápidamente a un peregrino que está sentado fuera, al aire libre. Pienso un momento en parar y me doy la vuelta. Antonio decía que las pausas son el Camino, y quién sabe cuándo habrá otro sitio donde parar. Dentro hay dos austriacos sentados y el hombre de fuera se une a nosotros.
El hombre de fuera es Boris, un austriaco que vive en Múnich. Nos tomamos un café y en mi cabeza sigue tomando forma la idea de alcanzar a mi grupo, que debe de llevarme unos 10 km de ventaja. Adrian y Felipe me dicen por wifi que van a intentar llegar a Sarria. Como he salido temprano, hoy puedo conseguirlo, pero los 42 km hay que caminarlos. Sigo caminando con Boris. Hablamos de los problemas de salud de los peregrinos y de todo un poco. Es todo relajado y espontáneo; se ha convertido en compañero de peregrinación y amigo, y en poquísimo tiempo. Por supuesto, el tema vuelve a salir: mi trabajo inexistente… Y me da unos cuantos buenos consejos. Resulta que él mismo es director general de empresas conocidas del sector turístico. Se me cae la mandíbula y durante un rato no soy capaz de decir nada. Es esa sensación de «este hombre está muy por encima de mí». Aunque normalmente eso solo me pasa con compañeros de trabajo hombres en traje. Pero luego empiezo a pensar: es una persona totalmente normal y simpática en ropa de senderismo. Y hasta ahora hemos podido hablar muy bien. Y otra vez me doy cuenta: no me he encontrado con esta persona por casualidad. Era la prueba definitiva de si soy capaz de seguir siendo yo misma y no dejarme achantar a la primera. Y de repente, vuelvo a poder. Me alegro de lo que acabo de aprender. Y con todas estas cosas tan curiosas me he olvidado de cuánto he caminado en realidad. Llegamos juntos a Sarria hacia las 16:00 y me pongo a buscar a Felipe y Adrian. Nos despedimos y me alegro de haberlo conocido y de haberme dado el gusto del café y la pausa por la mañana. Sin esa pausa solo habría pasado a su lado saludando. Qué bonito cómo encajan las cosas, pienso.
Felipe y Adrian ya me esperan con una cerveza fría. No puedo describir lo aliviada y feliz que estoy. Es como llegar a casa. Y eso en plena España. Me ducho y vamos a hacer la compra. Como he llegado tan «tarde», en realidad no tengo tiempo para tumbarme. Esa noche Felipe y yo bebemos muchísimo. Adrian no bebe. Comemos pizza y la gente del pueblo nos invita a unas cuantas copas. La hospitalidad y la calidez de los españoles son sencillamente geniales. Hacia las 22:00 volvemos al albergue. Cómo llegamos exactamente, ya no lo recuerdo.
Portomarín – 20/04/2014
GUAU, qué resaca tengo… Estoy fatal y también se nota que ayer por la tarde no descansé. Me duele todo después de la paliza de caminata y tengo unas náuseas horribles. Es Domingo de Resurrección y estoy hecha una mierda. Pero domingo o no, es un día de caminar como cualquier otro, y hacer pausa no es una opción ahora que he recuperado a mis amigos. Salimos temprano para alcanzar a los italianos, que han caminado un pueblo más allá. Tendón de Aquiles, hombros, estómago, pies. Todo me duele. Con los italianos, que también se alegran muchísimo de mi paliza de caminata y del reencuentro, caminamos por la bonita Galicia. Aunque yo no consigo disfrutarla. Hoy no hago fotos, porque caminar ya me supera por completo. Federica me presta uno de sus bastones de marcha, con el que me arrastro hacia delante. Aun así, logro hacer 24 km hasta Portomarín. Allí hay una fiesta y comemos la comida típica, pulpo (¡sí, ya vuelvo a poder comer!). Me quedo en Portomarín, Felipe también (a él también le pesa un poco la noche anterior), y nos damos el capricho de una habitación doble con camas separadas en un albergue. Simplemente para conseguir una buena ración de sueño a gusto. Por 15 € por cabeza lo conseguimos, y la habitación es una maravilla. Hasta tenemos balcón, y lo primero que hacemos es echarnos una siesta por la tarde. Por la noche nos pasamos un momento por la fiesta para comer algo. Nos acostamos pronto y caemos en un sueño comatoso.
Melide – 21/04/2014
Guau, qué noche tan buena y reparadora. Vamos a por el desayuno y empezamos un día largo. Nuestro destino, Melide, está a 40 km, pero estamos en forma y caminar vuelve a funcionar a la perfección. Caminar, café, caminar, comida, caminar, café, caminar. El paisaje de Galicia es maravilloso. La mayor parte del tiempo caminamos en silencio uno al lado del otro; a veces escucho música, a veces simplemente disfrutamos de la calma mística de los bosques. Justo cuando llegamos a las afueras, empieza a diluviar. Como estamos justo delante de una casa de comidas, entramos, comemos pulpo y preguntamos por una pensión. Descansar de noche en una habitación doble es simplemente demasiado bonito, y volvemos a darnos el lujo. En mi propio baño me tomo todo el tiempo del mundo para ducharme y relajarme. Todavía nos tomamos juntos una botella de vino en el bar. Estoy bien y siento como si estuviera afianzando y fortaleciendo mi nuevo YO. Bailo y disfruto del paisaje. Lo absorbo como una esponja. Quiero vivir de estas experiencias el mayor tiempo posible. Los bosques me inspiran nuevas ideas para fotos y pienso mucho en mi amor, que está en casa, y en nuestro futuro. Sea como sea, será genial, positivo y lleno de energía.
O Pedrouzo – 22/04/2014

En Galicia
Qué rápido se acaba el lujo. Me darían ganas de llorar. Levantarse ya cuesta y el despertador solo se pone ya a las 7:15. Caminar sin parar se ha vuelto rutina, pero empieza a ser duro levantarse cada día con ganas. Desayunamos en el bar y nos ponemos en marcha. El objetivo de hoy es alcanzar de nuevo a los demás para caminar juntos hasta Santiago. Los 35 km de hoy vuelven a ser mágicos, pero también duros. Me pongo sentimental al pensar que en Muxía tendré que subirme a un autobús. Me he acostumbrado tanto a la tierra bajo mis botas. Me alegro cuando veo a Federica delante del albergue. Felipe y yo hacemos el check-in y, mira por dónde, nuestros amigos hasta nos han reservado camas en la misma parte de la habitación. La alegría es grande y otra vez cocinamos juntos. El ambiente está dividido. Algunos se alegran de llegar por fin. Otros (como yo) se preguntan por qué todo ha pasado tan rápido. En fin, esta noche vuelvo a dormir más bien regular, pero al menos la pandilla vuelve a estar junta.
Santiago – 23/04/2014

Juego de luces y colores de camino a Santiago
El camino es la meta, y hoy se cierra un gran círculo como nunca lo habría creído posible. En una rotonda…
Quien todavía se acuerde: de camino a Saint Jean me llamaron la atención las muchas rotondas… Qué ironía del destino. Pero ya no creo en las casualidades. Hoy siento TODOS los elementos. El agua que me llueve encima. La tierra sobre la que camino. El aire que bombeo a mis pulmones. Y veo el fuego, la bola del sol, que puedo mirar directamente a través de la niebla gallega. Esta interacción de los elementos da lugar a un fenómeno: un arcoíris. Y se me corta la respiración al comprender tantas cosas. Este arcoíris es luz. El quinto elemento. La luz, la forma más pura de energía. Y esta energía tiene que ser Dios. Me siento tocada en lo más profundo del alma.

Catedral de Santiago
Lloro y lloro. Estoy desbordada. En el camino hay ahora muchos otros peregrinos, pero no registro ni a uno solo. Así camino llorando kilómetro a kilómetro. Los demás quieren hacer una pausa para tomar café. Yo les hago un gesto de que no y sigo caminando, porque no puedo separarme de esta naturaleza. Lo sé: ESTO, y solo este MOMENTO, era la meta de mi peregrinación. Y que este momento suceda de camino a Santiago es maravilloso.
Ya más tranquila, entro con Felipe en Santiago y me siento en la gran plaza delante de la catedral. Allí hay muchos peregrinos felices tumbados. Miramos fijamente la catedral. Sin palabras y felices. Pero también tristes, porque este es el final del viaje.
Recogemos nuestra Compostela en la Oficina del Peregrino, donde a mediodía ya tenemos que hacer 40 min de cola. Me reencuentro con Boris y veo una cara feliz. Quizá él tuvo un momento tan bonito como el mío de hoy. La burocracia es poco emocionante. La visita a la catedral, en cambio, me la guardo para cuando vuelva de Muxía. Nos alojamos en un hotel elegante y disfrutamos de la última noche juntos. Mañana seguiré caminando hacia el mar. Tengo por delante tres días de lluvia gallega. Pero merecerá la pena. Ahora que no solo me he encontrado a mí misma y mi feminidad… No, he encontrado mucho más.
Algo que no sabía que estaba buscando:
Mi fe.
El Camino en Camino Ninja
Lisa recorrió el Camino Francés; la primera etapa por los Pirineos la hizo, por la nieve, por la ruta de invierno por Valcarlos. Encontrarás ambos caminos con sus etapas en Camino Ninja.