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Ökumenischer Pilgerweg 2013: de Görlitz a Wurzen

En 2013, Andrea y Gert Kleinsteuber recorren la Via Regia de Görlitz por la Alta Lusacia y el Elba a Wurzen: 2.ª parte de su Ökumenischer Pilgerweg.

8 de octubre de 202618 min de lectura
Ökumenischer Pilgerweg 2013: de Görlitz a Wurzen

Andrea y Gert Kleinsteuber peregrinaron en 2012 por el Ökumenischer Pilgerweg desde su casa, cerca de Delitzsch, hasta Eisenach. En 2013 llegó la segunda parte: en tren hasta Görlitz y desde allí a pie de vuelta hacia casa, a través de la Alta Lusacia, pasando por Bautzen, Kamenz, Großenhain y Strehla, a orillas del Elba, hasta Nepperwitz, cerca de Wurzen. Gert nos cuenta diez días de camino llenos de encuentros, lluvia, frío y hospitalidad sajona.

El relato original lo encuentras en el blog de Gert: gertkleinsteuber.blogspot.de


El día del viaje: en tren de Delitzsch a Görlitz

Antes de un viaje uno siempre tiene imágenes en la cabeza y quiere imaginarse cómo será el lugar adonde va y cómo irá todo. Y como la realidad suele ser aún más bonita, o al menos distinta de lo que uno se ha figurado, ya salimos por 5.ª vez a enderezar esas imágenes. Y dentro de 10 días queremos estar de vuelta en casa. Pero primero caminamos hasta la estación de abajo de Delitzsch. Todavía es de noche, la casa está fría y el día de ayer aún lo llevo metido en los huesos. Y es que ayer en nuestro pueblo se celebró la fiesta regional de acción de gracias por la cosecha. Uno de los actos tuvo lugar junto con la ya tradicional fiesta en la granja de nuestro agricultor de patatas del pueblo. También es ya tradición que, como asociación local y como bomberos voluntarios, ayudemos a organizarla. Así que había tendido unos cuantos metros de cable, instalado equipos de megafonía y por la noche los había vuelto a desmontar. Seguro que ahí también se juntaron unos cuantos kilómetros, y además se hizo tarde.

Nuestras mochilas

Y eso significó que los últimos preparativos del viaje no se hicieron hasta muy tarde. Como siempre, había esparcido todo el contenido de las mochilas por el suelo para no olvidar nada. Por la mañana, otra mirada de comprobación: todo está. La mochila parece ir medio vacía, aunque ya llevamos la cena y la comida para el camino. Quizá habría bastado la Deuter pequeña, aunque esa pesa 400 g más. Bueno, da igual, ya está todo hecho; las botas recién enceradas, que me llevarán por Sajonia los próximos días, están atadas. La puerta ya se cierra con un chasquido y una última mirada atrás deja nuestra casa desaparecer en la oscuridad. Algo todavía aprieta. Tardaré un rato en dar con el ajuste perfecto de las correas de la mochila. Caminamos callados uno al lado del otro, aún algo cansados pero con la alegre expectativa de los días que vienen.

No está lejos la estación de abajo. Al cabo de 20 minutos corremos los últimos metros hasta el tren, que ya espera en el andén listo para salir. Es uno anterior al nuestro y lo pillamos por los pelos; en realidad una tontería, porque en Leipzig tenemos tiempo de sobra para el transbordo y ahora tendremos que esperar más allí. Pero en la moderna y animada estación central de Leipzig la espera debería hacerse más amena.

En el tren a Leipzig

Andrea pregunta preocupada si podemos ir en este tren. Miro otra vez en el bolsillo y compruebo aliviado que el billete impreso está ahí. «Sí, sí, no pasará nada», le digo. «Por este trocito la Deutsche Bahn no se pondrá tan estricta», aunque sé que en mi billete impreso pone que solo se pueden usar los medios de transporte indicados. Enseguida llegamos a Leipzig y bajamos sin control. ¡No, no, no en ese sentido! Quiero decir que no nos revisaron en el tren. Así que nunca sabremos si nuestro billete era válido o no. Bueno, pues ahora tenemos todavía más de tres cuartos de hora.

Estación central de Leipzig

Los bancos del andén son duros y resbaladizos. Con mi pantalón de senderismo nuevo del Lidl (¡¡9,99 €!!) me deslizo de un lado a otro sobre la madera barnizada. Los muchos viajeros que nos rodean esperan otro tren. Y cuando este sale de la estación, nos quedamos casi solos en el andén. Eso apenas cambia cuando colocan el ICE a Dresde. Es la primera vez que yo, adicto confeso al coche, voy a viajar en un ICE. Andrea todavía está en el baño cuando miro con curiosidad por las ventanillas del vagón bistró. Así que cojo las dos mochilas y avanzo un poco, dejando atrás el vagón de primera. Andrea ya me verá en el andén, que sigue casi vacío. Cuando por fin vuelve, puedo cambiar el incómodo asiento del andén por el blando del ICE.

ICE Torgau

Me alegro como un niño con las puertas de cristal del compartimento, que hacen un silbido como en la nave Enterprise cuando se apartan delante de nosotros como movidas por una mano invisible. Pffft, vuelve a sonar detrás de nosotros y hay… silencio. Es lo primero que me llama la atención. Elegimos un sitio con mesa y nos sentamos uno frente al otro. Andrea ha traído café y pastas, así que podemos desayunar en este ambiente tan agradablemente tranquilo. Todo tiene algo del interior de un avión. Estoy entusiasmado. Ya no tanto cuando una clase de colegio se acomoda justo en nuestro compartimento. Andrea dice: en casa no abren la boca y hay que sacarles cada palabra con sacacorchos, y aquí, entre ellos, no hay tema demasiado tonto como para no comentarlo a voz en grito y sin parar. ¡Ay, sí, los queridos niños!

El paisaje pasa deslizándose

Para abreviar: en más o menos una hora estábamos en Dresden Neustadt, y salvo el último tramo antes de la estación de Neustadt, a una velocidad vertiginosa. No tiene comparación con antes, cuando durante dos años hice ese trayecto cada 14 días, casi siempre de pie, en un tren rápido de la Deutsche Reichsbahn. Una cuarta parte de mi valioso fin de semana en casa la pasaba así, en las garras de la Deutsche Reichsbahn. Lo que se puede vivir ahí daría para llenar libros. Seguro que esa es una ventaja del tren frente al coche: uno tiene tiempo de ocuparse de las circunstancias y de la gente que lo rodea. Pero ahora nos ocupamos de la estación de Neustadt. Por culpa de las obras subimos y bajamos escaleras y pasamos por pasillos oscuros y sucios para llegar al vestíbulo.

Eierschecke de Dresde

Y nos quedamos totalmente sorprendidos con lo que vemos. Porque, por feos que sean los andenes, el vestíbulo les ha quedado precioso. Me parece luminoso y acogedor cuando entramos en él desde la penumbra del mugriento pasadizo. Enseguida me fijo en los dos puestos de comida. Vieja sabiduría peregrina: come cuando haya algo, no cuando tengas hambre. Más tarde podría no haber ocasión. Y ya tenemos delante dos tazones de café y dos platos con Eierschecke de Dresde. Quien no haya comido nunca Eierschecke de Dresde, o ni siquiera la conozca, cosa difícil de imaginar, ¡no ha vivido! Pero con la última cucharada me doy cuenta: ¡demasiado! Otra vez comí más con los ojos que con el estómago. Y luego me enfado muchísimo, porque así contribuyo, claro, a que mi cuerpo crezca en la dirección equivocada. ¡Tengo que adelgazar! Con el equipaje escatimo cada gramo y yo mismo cargo con kilos de peso de sobra. Pero primero hay que vencer la pereza. Y si peregrinar me ayuda en eso, a estas alturas tengo mis dudas. En el primer camino (800 km en 5 semanas) perdí casi 10 kg, pero los recuperé enseguida. En los otros caminos la pérdida de peso fue bastante menor. Quizá la culpa la tenga la vieja sabiduría peregrina de comer cuando haya algo. O es que simplemente hay demasiadas oportunidades. Antes de seguir dándole vueltas, llega el momento de unirse a los que esperan en el andén. «Atención, un aviso: el tren regional a Görlitz tiene previsto un…» Por fin, así me resulta más familiar la Deutsche Bahn, se me ocurre sin sorpresa. Aun así, el retraso no fue para tanto. Un automotor diésel entra rugiendo en la estación y se forma un pequeño empujón antes de que lleguemos a nuestro asiento. En cuanto el tren arranca, entiendo al momento por qué casi nadie quería disputarme el sitio. Aquí debo de estar sentado justo encima del motor diésel, le dije a Andrea. Qué contraste con el ICE. Apenas se oye uno a sí mismo. La línea a Görlitz por Bischofswerda y Bautzen no está electrificada, así que usan estos automotores diésel, que al parecer gastan buena parte de su combustible en hacer ruido. Con la idea de tener que volver andando por todo eso de ahí fuera, miro por la ventana y descubro, además de cosas nuevas, muchas viejas conocidas. Bischofswerda y la silueta de Bautzen me resultan familiares.

Estación de Görlitz

En Görlitz, en cambio, no había estado nunca. Había oído muchas cosas de Görlitz. Es la ciudad más oriental de Alemania y tiene un casco antiguo casi totalmente conservado, por lo que Hollywood la usa con gusto como decorado y aquí se han rodado ya muchas películas conocidas internacionalmente. También había oído que la ciudad recibe cada año 500 000 euros de un donante noble pero anónimo para la rehabilitación urbana, y me parece notable y admirable que el benefactor no quiera ningún monumento en la ciudad y piense dejar de pagar en cuanto alguien desvele su identidad. También conozco por la prensa y la televisión el tira y afloja en torno a los preciosos grandes almacenes modernistas. La imagen que me hago de la ciudad viene sobre todo de fotos o de la televisión. Eso, claro, aumenta mi curiosidad cuando estoy en la explanada delante de la estación intentando orientarme. Miro con más atención y, una vez más, me doy cuenta bastante rápido: las imágenes de mi cabeza difieren bastante de la realidad.
En casa no soporto los cuadros torcidos en las paredes y siempre los estoy enderezando.
Así que pongámonos de nuevo en marcha para enderezar las imágenes de la cabeza.

El día en Görlitz

La calle ancha por la que va todo el mundo parece la correcta, le dije a Andrea al salir de la estación. Berliner Straße, eso también suena muy importante. Y ya seguíamos al grupo de peatones. Casi me pierdo el verde porque quería hacer rápidamente una foto de la estación. Cruzo la calle corriendo.

Portal modernista en la Berliner Straße

Sí, esto tiene que ser lo correcto. Porque la calle se convierte en zona peatonal, señal de que uno se acerca al centro. Salvo algunos restos grises que esperan su rehabilitación, ya aquí las hileras de casas eran bonitas de ver. Me llama la atención un gran portal modernista en el lado derecho de la calle, que sobresale mucho de la línea de fachadas. Y ya tengo otra vez la cámara en la mano. ¡Ahí, un indicador! Estamos, pues, en la Postplatz, con el edificio de Correos bien visible, en ese estilo con el que, en la época de la Gründerzeit, seguramente se construyeron a la vez todos los edificios de Correos de Alemania.

Nos dejamos tentar por un cartel de «Theaterpassage» para dar un pequeño rodeo, y aun así acabamos en la Marienplatz. «Ahora voy a mirar dónde estamos y adónde tenemos que ir, y llamo al albergue», le digo a Andrea, y me dirijo a un banco libre. Y mientras arranca el GPS, marco en el móvil el número del albergue. Por desgracia solo contesta el contestador. Muy formal, digo mi frase: que somos los dos peregrinos que se apuntaron hace unos días y que este es mi número para devolver la llamada. ¡Ja, ya lo tengo: Langenstraße 43, ahí tenemos que ir! Y seguimos caminando. En realidad habría tenido tiempo de sobra. Pero, por desgracia, en mi colección de fotos falta una de los famosos grandes almacenes con la fachada modernista de la Marienplatz.

en el Obermarkt

Entre los coches aparcados cruzamos el Obermarkt y yo voy con el GPS delante de las narices. Aquí todavía no hay conchas que te guíen hasta el albergue, y los mapas de papel me repelen. Primero, porque el papel pesa una barbaridad, y segundo, porque siempre he tenido problemas para volver a doblar bien esos trastos. Claro que ya voy buscando motivos para fotos. Y entonces me fijo en una torre de iglesia muy esbelta. Es la torre de la Dreifaltigkeitskirche, la iglesia de la Trinidad, un antiguo convento franciscano. Solo desde lejos consigo que entre entera en la foto en formato apaisado. Hay que ver lo larga y estrecha que es, de algún modo muy distinta de las torres de iglesia que suelo conocer.

Fuente de San Jorge en el Obermarkt

La misión urbana evangélica en la Langenstraße 43

Delante hay una bonita fuente con un alguacil que lleva una alabarda. Fuentes así solo las conocía de Suiza, y recuerdo una muy parecida en Sion. Sería un buen punto de encuentro con Uwe, porque según el GPS nuestro albergue ya no estaba lejos. A Uwe lo conozco del foro de peregrinos. Es de Görlitz, también ha recorrido ya el öP y se ofreció espontáneamente a enseñarnos su ciudad. Por SMS ya le había anunciado que estaríamos en la Marienplatz. Pero ahora, al albergue. Se presenta con un aspecto muy bonito. La casa representa por su forma la arquitectura barroca de Görlitz y fue la vivienda del fundador de la Sociedad de las Ciencias de la Alta Lusacia, Karl Gottlob Anton (lo he consultado). Hoy alberga la misión urbana evangélica y da alojamiento a peregrinos. En la entrada hay una nota colgada. Buena señal. Y en ella pone a quién tenemos que llamar. Totalmente sorprendida, la señora nos deja entrar y dice que no nos esperaba hasta mañana. No, no, yo nos apunté para hoy y además ya llamé y dejé un mensaje en el contestador. Ella dice que solo se habían apuntado para mañana dos personas apellidadas Kleinschmidt. Seguro que se refiere a nosotros, digo yo, comentando que nuestro apellido ya lo han destrozado muchas veces. Solo cuando llega la hora de pagar me doy cuenta de nuestro error, o mejor dicho, del mío. Estamos en la casa equivocada. Incluso cuando le pregunté si estábamos en la casa de huéspedes Peregrinus, la mujer dijo que sí, que sí. Seguramente no me había entendido bien.

Nuestra habitación

Caí en un error de mi propia tabla, muy elogiada por otros usuarios. En internet la tabla tiene la dirección correcta. Yo había metido en la mochila una versión anterior impresa. Para quien aún no lo sepa: un día me senté y reuní en una tabla de Excel toda la información relevante sobre los albergues de peregrinos del Ökumenischer Pilgerweg, como dirección, teléfonos, personas de contacto, particularidades, equipamiento, precios y lugares de interés. La guía del peregrino está muy bien hecha, pero también pesa bastante. Para alguien que cuenta los gramos como yo, un no rotundo. Pues sí, y en esa tabla el número 43 de la Langenstraße aparece dos veces. Lo correcto habría sido el 47. Allí está la casa de huéspedes Peregrinus, donde nos habíamos apuntado. Hmm, y esa cuesta la mitad. Pero 20 euros con desayuno incluido también es muy económico, así que, tras una mirada de aprobación, quedamos de acuerdo en quedarnos aquí y no seguir aclarando el malentendido. (Aunque luego sí llamé al Peregrinus para disculparme.) Es que también es complicado: dos albergues en la misma calle, uno ilocalizable, un apellido casi igual al de otros dos huéspedes apuntados y, encima, el evidente malentendido de la mujer que nos dejó entrar.

Andrea en la cocina del albergue

Pues sí que empezamos bien, pienso. Pero cuando veo la casa y la habitación, me digo: podríamos haber tenido peor suerte. Hay hasta una tele en la habitación doble, lo cual hoy no es poca cosa, porque hay elecciones al Bundestag. Nosotros ya habíamos «entregado nuestra voz» por correo, como se dice en alemán. (Una expresión curiosa, me parece. ¿¿Es que luego te quedas sin ella??) Por lo demás, en un camino de peregrinación solemos evitar cualquier contacto con los medios de comunicación, lo cual resulta muy liberador y tranquilizador. Pero en un día así uno sí quiere saber cómo han ido las elecciones. Nos instalamos, es decir, extendemos los sacos de dormir sobre las camas, comemos algo y vamos a la fuente de antes, donde habíamos quedado con Uwe por SMS. Uwe, como empleado municipal, tenía servicio obligatorio en la mesa electoral y se había tomado unas horas libres para nosotros.

En la Dreifaltigkeitskirche

Claro que llegamos un poco pronto y aprovechamos para ver la Dreifaltigkeitskirche. Pregunto por un permiso para hacer fotos, que cuesta 1,50 €. «Si paga tres euros de una vez, le doy un papel con el que tiene permiso para hacer fotos en todas las iglesias de la ciudad», dice el empleado del mostrador. Claro que lo hacemos. Y ya estamos en medio de la enorme nave. Y antes de describirlo todo aquí con pelos y señales, prefiero poner un enlace. Por supuesto, aprovecho mi recién adquirido permiso y encuentro muchos motivos interesantes. Luego llega la hora y nos ponemos bien visibles junto a la fuente. Reconozco a Uwe al instante, aunque solo lo había visto una vez en un retrato en internet. Nos saludamos como viejos amigos y enseguida empieza a contarnos cosas de su ciudad. El orgullo por ella se nota en cada una de sus palabras. Me encantaría llevar una grabadora encendida. Porque de todos modos es imposible acordarse de todo de una vez. Me guardaré mucho de intentar contarlo todo aquí. Id vosotros mismos a Görlitz. Miradlo y entenderéis que con un casco medieval se puede hacer algo distinto de una calle comercial sin rostro e intercambiable, que de ciudad en ciudad solo se diferencia en el orden de los templos del consumo. Y también sin esa oferta de consumo desmesurada una ciudad así puede parecer llena de vida.

Ayuntamiento en el Untermarkt

Uwe tiene una anécdota para cada casa, y le pregunto a qué se dedica. «Soy el jefe de bomberos de la ciudad», responde. Ahora entiendo por qué sabe tanto de la ciudad. ¿Quién, si no los bomberos, iba a conocer bien semejante maraña de casas antiguas llenas de recovecos, reformadas y ampliadas a lo largo de siglos? Y enseguida me cuenta sus penas: lo difícil que es imponer la protección contra incendios en una ciudad así. Nos lleva por el Untermarkt, nos cuenta algo del interesantísimo reloj del ayuntamiento y nos señala la cabeza que asoma y abre la boca a cada minuto, y la escalinata del ayuntamiento, donde hay una Justicia sobre una columna, y por qué esta Justicia no lleva los ojos vendados, como suele ser habitual.

El arco de los susurros en acción

Nos lleva al arco de los susurros y nos deja probar nosotros mismos su impresionante efecto. Entramos en uno de los patios traseros, cuyos pasajes siempre se hacían de un tamaño suficiente para que pasaran carruajes cargados de mercancías. Por todas partes se ve que en la Edad Media esta fue una importante metrópoli comercial. Eso se debe a su situación junto al Neiße y, por supuesto, a la Via Regia. El diseño y la decoración de las casas revelan que aquí había mucho dinero, y los burgueses lo exhibían con orgullo. Hoy, entre otras cosas, llega dinero a la ciudad de una fuente desconocida. Porque cada año hay una donación para el casco antiguo de un generoso desconocido. Antes era un millón de marcos y hoy son quinientos mil euros. El donante no quiere ningún monumento, y solo unas pequeñas placas de aluminio revelan que tal casa se rehabilitó con ayuda de la donación. Los de Görlitz, claro, esperan que el donante o la donante conserve una excelente salud durante mucho tiempo.

Patio trasero con atrezo de película

En un patio trasero llama la atención un cartel que en realidad no encaja nada en este decorado medieval. Es lo que queda de un decorado de cine. Todas las escenas de la película de Hollywood La vuelta al mundo en 80 días con Jackie Chan que transcurren en París se rodaron aquí. A Hollywood le ha gustado Görlitz. El decorado es auténtico y requiere pocos cambios. Görlitz ha servido así de escenario a muchas películas, por eso también se habla de «Görlywood». Su sensacional decorado de edificios renacentistas, barrocos o de la Gründerzeit hace que la ciudad parezca un parque temático histórico en el que se puede recrear cualquier época. Para alegría de los location scouts, esa gente que busca lugares de rodaje, en el centro no hay arquitectura moderna que pueda estropear la autenticidad. Películas como «El lector» o la ya mencionada «La vuelta al mundo en 80 días», «Malditos bastardos» o la producción alemana «Goethe!» se rodaron total o parcialmente aquí. Muchos vecinos se sacan unos euros extra como figurantes. Me lo imagino muy emocionante.

Casas rehabilitadas de forma ejemplar en el Karpfengrund

De repente Uwe se detiene delante de una casa en realidad bastante anodina y nos pregunta qué nos llama la atención. Miro la casa con esfuerzo para descubrir el detalle seguramente interesantísimo. Está construida de forma algo asimétrica, digo. «Fíjate mejor. ¿Qué ves en las ventanas?» «Son todas nuevas menos una.» «¿¿Y??» «No está limpia.» Solo a la segunda se daba uno cuenta. Y ya Uwe cuenta la historia de Gropius (espero haber entendido bien el nombre), un tacaño conocido en toda la ciudad, del estilo de Ebenezer Scrooge en el Cuento de Navidad de Charles Dickens. Era tan tacaño que incluso para su propio entierro dejó fijado en qué y cuánto dinero había que gastar. Para controlarlo, Gropius en persona miró su propio entierro desde esa ventana. Todo el que se asomó a ella después murió poco tiempo más tarde, por eso desde entonces nadie lo ha vuelto a hacer y tampoco se ha vuelto a limpiar nunca. Una historia escalofriante, a la que luego seguirían otras. Pero primero seguimos por el Karpfengrund, donde hay casas muy parecidas a las del casco antiguo de nuestra ciudad, hacia la iglesia de San Pedro, o también de San Pedro y San Pablo. Para esa ya tendremos tiempo luego, le digo a Uwe.

La Waidhaus

En la empinada calle que baja hacia el Neiße destaca una casa gris de varias plantas, la Waidhaus. Se llama así porque antiguamente allí se almacenaba glasto («Waid»), un tinte. Pero es mucho más antigua de lo que parece, porque a partir de la primera mitad del siglo XII formaba parte del castillo del señor territorial y también tenía una torre. Pero, como tantas cosas en la Edad Media, la casa ardió y, tras su reconstrucción, se usó como escuela y como el citado almacén de glasto. Más tarde fue incluso parque de bomberos. Y ahora alberga el Centro de Formación de Görlitz para Artesanía y Conservación de Monumentos, una asociación. Qué apropiado.

Uwe nos enseña una piedra con dos señales del camino, una del Zittauer Jakobsweg en dirección a Praga y otra del Ökumenischer Pilgerweg, que queremos seguir durante 10 días. En realidad, mañana temprano tendríamos que venir justo aquí para salir de verdad desde el origen del camino. Pero como ya estamos aquí, seguro que podemos ahorrárnoslo. La etapa va a ser de todos modos de las más largas, y encima con los montes de Königshain por medio. Así que hoy lo tomamos como señal de salida. Y bueno, hoy ya hemos caminado unos cuantos kilómetros. Ahora cruzamos el Neiße hasta Polonia. Es de lo más anodino y apenas se nota que estás en otro país. Así es Europa. Y está bien que sea así. Aquí Uwe nos señala un gran panel en el que se explican los distintos caminos que se cruzan o empiezan aquí.

«Casa de paso» barroca con dos patios según el modelo de Leipzig

De vuelta en el lado alemán, por desgracia llega la hora de despedirse de Uwe. Tiene que volver al ayuntamiento para el recuento de votos. Pero antes nos lleva, pasando por espléndidas casas barrocas en la Neißestraße, otra vez a la Brüderstraße, a la fuente de San Jorge, y nos cuenta la historia del Klötzelmönch, una historia triste y escalofriante de una doncella asesinada por un monje (el tal Klötzelmönch, llamado así por el ruido que hacen sus zuecos de madera cuando arrastra del pelo el cadáver de una mujer) y enterrada en la iglesia. Pero un vagabundo, que se había dejado encerrar en la iglesia para tener un techo, lo reconoce. El monje malvado fue condenado y emparedado vivo. Para colmo, y como si me lo hubiera olido, mucho después se encontró, cómo no, un esqueleto emparedado en el convento franciscano. Quien quiera oír la historia mucho más detallada, impresionante y espeluznante, debería apuntarse a una de las visitas guiadas nocturnas con actores que se organizan con regularidad. Para terminar vamos a la Verrätergasse, el callejón del Traidor, donde Uwe nos cuenta por qué el reloj de la Dreifaltigkeitskirche va 7 minutos adelantado: hubo una vez unos sediciosos que urdieron un complot contra el consejo de la ciudad y querían derrocarlo. Un pequeño grupo de ellos estaba dentro de las murallas y, según lo acordado, debía abrir las puertas a un grupo armado más grande. Y como suele pasar en estos complots, hay un traidor que se lo chiva todo al consejo. Este idea una artimaña y manda adelantar 7 minutos el reloj de la torre. Fuera de las puertas no se oía ese reloj. Dan, por ejemplo, las nueve, el grupo de dentro de la ciudad sale de su escondite para abrir las puertas, pero los soldados de la ciudad lo atrapan en el citado callejón del Traidor. Ahora en la puerta de la ciudad solo había que esperar a la verdadera campanada de la hora, abrir las puertas y prender al resto de los malhechores. Todos fueron condenados a muerte y desde entonces el reloj da la hora 7 minutos antes que los demás de la ciudad.

Réplica del Santo Sepulcro

Con esta historia y la recomendación de no dejar de visitar el Santo Sepulcro, nos despedimos de Uwe con las palabras «Siempre se ve uno dos veces en la vida». Y así espero que algún día volvamos a encontrarnos, ya sea en alguno de los muchos caminos o, mejor aún, con él de guía por Görlitz. Ya tengo un plan, pero no quiero pillarlo por sorpresa contándolo aquí. Con el tiempo, todo se andará.
Por supuesto, ahora vamos al Santo Sepulcro, como nos había propuesto Uwe. En Europa hay muchas réplicas de este lugar de peregrinación. Lo que tiene de único la de Görlitz es que su conjunto, formado por la capilla de Adán y la del Gólgota, la piedra de la unción y el propio sepulcro, está aquí al aire libre y no, como por ejemplo en Jerusalén desde el emperador Constantino, dentro de un edificio. La estructura y la historia del sepulcro se explican bastante bien en este enlace. Por supuesto, pido un sello de peregrino del Santo Sepulcro y me lo ponen en el acto.

San Pedro y San Pablo

El órgano del sol

Después vamos a San Pedro y San Pablo. Guiándonos por los puntos cardinales, cruzamos callejuelas que no habíamos visto hasta ahora y que seguro que se libran también de las riadas de turistas. Al final nos espera una escalera de hierro que sube a la Ochsenbastei. Desde aquí hay una bonita vista del Neiße y del puente del casco antiguo. Describir la iglesia de San Pedro también me supera. Mucho mejor se hace aquí. También aquí nos ponen un sello en la credencial. Como toda iglesia gótica, San Pedro y San Pablo se distingue por sus altas bóvedas, que parecen flotar sobre esbeltas columnas. Aquí, gracias a la pintura, se aprecia muy bien la estructura de la bóveda de nervaduras reticuladas. Algo que llama especialmente la atención, y sin duda también un regalo para los oídos, es el órgano del sol. Debe su nombre a los 18 soles que hay en la fachada sobre los grupos de tubos. El órgano, reconstruido en 2004 según el modelo antiguo (el viejo estaba completamente gastado; se expone uno de sus antiguos teclados), saca su plenitud y variedad de sonido de 6085 tubos, 89 registros, cuatro teclados manuales y dos pedaleros. El tubo más grande mide 7,82 metros. Incluso se han recuperado los registros barrocos, capaces de imitar cantos de pájaros. Un instrumento realmente imponente, que me encantaría oír alguna vez en acción. Pero ahora, después de tanta cultura, tengo sed. Muy cerca, en la orilla del Neiße, la terraza del restaurante más oriental de Alemania, el Vierradenmühle, se adentra en el río como la proa de un barco. Bueno, si eso no es motivo para buscarse allí un sitio…

El restaurante más oriental de Alemania

No tenemos que buscar mucho, porque el tiempo sigue empeñado en hacerse antipático. Todo el día ha estado gris. Al menos se ha mantenido seco. Y mientras Andrea se zampa un café y un trozo de tarta de fruta, yo disfruto de una cerveza Landskron de barril recién tirada, de Görlitz. Pero estando así sentado ya hace un frío considerable, así que pagamos enseguida y volvemos al albergue. Allí ya están dando las primeras proyecciones de las elecciones al Bundestag y se perfila de nuevo una victoria de la CDU. Al país le habría deseado una mayoría absoluta, para que por fin se moviera algo y alguien asumiera de verdad responsabilidades y no se dejara todo pudrir o se echara la culpa al socio de coalición. Pero basta ya, tele apagada. Vuelvo a salir a la ciudad para sacar unas cuantas fotos nocturnas. No es tan fácil, porque el casco antiguo de Görlitz es tan auténtico que también está bastante poco iluminado.

Aun así consigo algunas instantáneas. Mi safari fotográfico termina de golpe cuando se me agota la batería y resulta que he dejado la de repuesto en el albergue. Cosas así me sacan de quicio. Porque, si no, para cosas mucho menos importantes siempre llevo una batería de repuesto cargada. Pero de vuelta en el albergue ya no me apetece volver a salir. Así que nos metemos pronto en los sacos de dormir.

Mañana nos espera una etapa larga y el tiempo tampoco va a ser gran cosa: no lloverá sin parar, pero estará gris y con llovizna. El anticiclón que el Servicio Meteorológico Alemán nos había prometido la semana anterior todavía se hará esperar un tiempo.

El día de las montañas: Görlitz – Buchholz

Por fin ha llegado el momento. Ahora empieza de verdad. Pero antes, un elogio para mi saco de dormir nuevo: mucho espacio para mi cuerpo serrano, una temperatura agradable dentro, un material agradable y poco espacio ocupado en la mochila. En la rutina de la mañana los dos somos ya unos profesionales. Hacen falta pocas palabras para organizarla. De todos modos, por la mañana no somos muy charlatanes. Cada uno tiene su rutina. Yo suelo levantarme primero y me aseo, luego le pongo a Andrea el neceser delante de las narices y, mientras ella se arregla, yo recojo los sacos de dormir y preparo las botellas de agua. Si hiciera un camino así solo, no solo la echaría de menos a ella, sino también esos gestos automáticos.

Desayuno en la Stadtmission

Silbando se escapa el aire de la práctica bolsa de compresión con mis cosas cuando la enrollo. Es un ruido que no quiero imponer por la mañana a los demás peregrinos en un dormitorio bien lleno, como los que conocemos de los caminos españoles. Por eso, en esos casos, siempre lo hago ya la noche anterior. Aquí en Alemania no hay que temer miradas de reproche de ojos peregrinos somnolientos. Como tantas veces, estamos solos y ayer tampoco vi en la ciudad a nadie que se pareciera ni de lejos a un peregrino o a un senderista. Del desayuno, por suerte, hoy no tenemos que ocuparnos. Un piso más abajo ya está servido en la mesa. De eso estaba seguro, porque ya antes de levantarnos había oído movimiento en la casa.

¡Y vaya mesa! «Pueden llevarse algo para el camino». Eso no hace falta que nos lo digan dos veces y meto en la mochila dos panecillos rellenos. Lo adelanto ya: los llevo hasta el final de la etapa y nos sirven de cena. Me gustan esos panecillos «madurados», que han podido absorber el aroma del relleno durante todo el día. Ya de niño era así, cuando iba a recoger a mi padre al trabajo y él sacaba sus bocadillos del maletín para dármelos. Tenían un sabor muy especial, difícil de describir: una mezcla del cuero de aquel maletín, del papel de envolver y de los expedientes que llevaba consigo. ¿Difícil de imaginar? Para mí, sin embargo, es un bonito recuerdo de infancia. En general hay sabores, aromas u olores que me devuelven al instante a momentos de mi niñez.

Bajo la lluvia hacia Ebersbach

Pero volvamos a Görlitz. Una breve despedida y las gracias a la señora de la casa, y ya estamos en la calle. ¡Oh, mierda! Llueve. Ninguno de los dos se había asomado a mirar o no lo habíamos notado hasta ahora. Bueno, los chubasqueros los llevamos puestos de todos modos, así que podemos ponernos en camino sin demora. Uwe nos lo había descrito bastante bien el día anterior y nos cuesta poco encontrar la salida de la ciudad. Lástima que Görlitz nos despida con este tiempo. Con sol, hasta el tramo más aburrido tiene su lado bonito. Nosotros, en cambio, subimos sin parar bajo la llovizna (o eso parece, porque las piernas todavía no acaban de querer) pasando junto al hospital hasta el límite de la ciudad. Allí por fin dejamos la carretera, muy transitada, a la izquierda por un camino de tierra, para volver a toparnos con ella poco después. Pero nada grave, porque enseguida nos encontramos en un carril bici solitario cuyo asfalto chorrea de humedad. Y es que ahora llueve todavía más fuerte.

Las vistas prometidas aquí hoy se suspenden

Los cristales de mis gafas solo me permiten una visión borrosa del entorno. De todos modos, con este tiempo de perros no se ve muy lejos. Al menos la señalización es buena, así que no siento la necesidad de recurrir al GPS. Bastante tengo con mantener la cámara más o menos seca. Porque aquí y allá, pese a las pocas vistas, hago algunas fotos como recordatorio y para probar el GPS. Esta cámara graba el track y tengo curiosidad por ver cómo afecta eso a la duración de la batería. A falta de otras distracciones, en esas cosas pienso mientras camino. En el sentido o sinsentido de andar pateando por ahí con una mochila pesada a la espalda, con un tiempo en el que no sacaría ni a mi perro a la calle, prefiero no pensar en este momento. Eso haría que mi humor bajara todavía más hacia cero. Sí, lo confieso: me encanta ser un peregrino de buen tiempo. Y ahora estoy de mal humor y me enfado por los buenos pronósticos del servicio meteorológico alemán de la semana pasada, que no se han cumplido. Pretenden haber calculado la subida de temperatura dentro de 100 años, pero no son capaces de predecir con fiabilidad los próximos cinco días. ¡Increíble! Precisamente aquí, donde un cartel junto al camino me promete una bonita vista de la Landeskrone (la montaña emblemática de Görlitz) y de los montes Jizera, lejos al sudeste, no se ve absolutamente nada salvo nubes grises de las que cae una llovizna incesante. ¿Que por qué insisto tanto en esto? Porque ahora estoy quejica. Pero veámoslo en positivo: podrían llover ampollas. Las breves pausas en las que no llovizna al menos dejan que las perneras de mis pantalones se sequen.

Ebersbach, municipio de Vierkirchen

Con todo mi rencor casi no me doy cuenta de lo rápido que llegamos a Ebersbach. No es de extrañar, porque la mayor parte del tiempo miro hacia abajo, como ya he refunfuñado («ningeln», en sajón, quejarse o compadecerse de uno mismo), por culpa de las gafas empañadas. La iglesia, bellamente restaurada y de un amarillo radiante en el gris del día, la dejamos en su colina a la izquierda, sin ánimo de menospreciarla. Es que simplemente la puerta está cerrada. Y así cruzamos el pueblo, bastante bonito, por un pequeño puente desde el que también descubro algunos buenos motivos para fotos. Poco después, ni 200 metros más allá, nos llega un «Buen Camino». Casi me asusto, pero en todo caso me alegro muchísimo: ¡un compañero de fatigas! Está bajo el tejadillo de un antiguo supermercado Konsum, que ahora ya solo, o al menos, puede servir de refugio para peregrinos mojados. Es Andreas* de Kassel (*nombre y lugar de residencia cambiados), que también ha salido hoy de Görlitz. Un breve de dónde vienes y adónde vas y ya estamos en materia, y cada uno cree conocer al otro desde hace mucho. Es lo que pasa en un camino con la misma meta. También nos habla de dos mujeres que conoció en Görlitz. A una de ellas la conoceríamos mucho más tarde. Está en pleno segundo desayuno. Esperamos a que termine y seguimos juntos. Vamos hacia los Königshainer Berge. Son la cordillera más pequeña de Alemania, pero aun así no son moco de pavo.

Un claro de sol delante de la Landeskrone

El camino hacia los Königshainer Berge

Pero antes de llegar a la sierra, todavía divisamos algunos rayos de sol. Como un foco celestial, el sol pone interesantes manchas de luz en el paisaje. Rápido, la cámara fuera, antes de que el espectáculo termine. Al seguir caminando me fijo en que Andreas* camina de forma algo irregular. Lleva unas zapatillas de running azul chillón que, al parecer, le están dando problemas. «Si algo te roza en los pies, mejor míralo enseguida, antes de que se forme una ampolla», le digo. Me da la razón y pronto encontramos junto a un puesto de caza elevado un buen sitio para quitarse los zapatos y los calcetines. «Siempre llevo kinesiotape. Aguanta bien y previene las ampollas en las zonas de roce». Enseguida localizamos el punto delicado. Son las plantillas de las zapatillas las que le provocan esos dolores, y le curo las almohadillas enrojecidas pegándoles encima mi cinta azul. Espero que no sea demasiado tarde. Tampoco puedo evitar comentarle si la elección del calzado no es algo arriesgada. Andreas* dijo que quería probar esas zapatillas. Él mismo trabaja en una tienda de outdoor y no me parece que sea la primera vez que va a pie. Tanto más incomprensible me resulta la elección de este calzado. Los caminos se vuelven más embarrados con cada gota que cae del cielo y el asfalto del principio hace rato que ha dado paso a pistas pedregosas con muchos charcos traicioneros. Y para colmo ahora empieza la subida a los Königshainer Berge.

La subida

El camino es cada vez más empinado y mi respiración cada vez más pesada.« Solo un poco más y estamos en el Hochstein. Allí hay un refugio, podemos comer y beber algo», son mis palabras de ánimo, que suenan algo jadeantes. Por Andrea no me preocupo. Pero a Andreas* le cuesta cada vez más. Además tose mucho y, cuando le pregunto qué tal está, me responde que acaba de pasar una bronquitis; no son precisamente las mejores condiciones para hacer un camino de peregrinación, y menos con este tiempo. «Unos cientos de metros más por una carretera asfaltada empinada y deberíamos estar en el refugio», le tranquilizo.

La roca del Hochstein

La Hochsteinbaude

Fantasmal, emerge de la niebla la maciza formación rocosa de la cima del Hochstein. Al principio la tomamos por un edificio. Pero luego vi la roca erosionada, con sus estrías transversales. Solo detrás aparece la Hochsteinbaude, por suerte abierta. Seguro que desde las rocas, a las que se puede subir por unas escaleras de hierro, se tiene una vista fantástica. «Se habría tenido», debería haber escrito aquí, porque la subida habría sido completamente inútil. Empapados y ahora también muertos de frío, entramos en el refugio y nos reciben amablemente. Somos los únicos clientes y podemos elegir mesa. Para ahorrarle pasos a la dueña, no nos sentamos demasiado lejos de la barra. Una cerveza me la he ganado seguro después de esta subida, y Andreas* también se pide una. Aunque para él seguramente habría sido mejor una infusión para la tos. Expresamente para nosotros hay en la carta una sopa del peregrino y estamos de acuerdo en que una sopa de verduras así es justo lo que necesitamos ahora. Cualquier otra cosa nos sentaría demasiado pesada, porque todavía no hemos hecho ni la mitad del camino de hoy. Andreas* opina que, tras bajar del Hochstein, volveremos a subir a la misma altura. Pero yo estoy convencido de que se equivoca.

Arnsdorf a la vista

Por suerte tengo razón. Por caminos resbaladizos y mojados bajamos ahora en fuerte pendiente a través del bosque, que chorrea. A lo lejos se oye la autopista A4, que pasa por debajo de los Königshainer Berge en un túnel. Por fin salimos del bosque, donde la llovizna se acumula en gruesas gotas que no paran de estrellarse contra nuestras cabezas. Detrás de un gran maizal aparece Arnsdorf. Aquí hay un albergue, pero para nosotros es demasiado pronto en el camino de hoy. Total, ya estamos mojados y quién sabe cómo estará mañana. Los pies todavía van bien, así que decidimos, tal como habíamos planeado, no quedarnos aquí en el albergue. Para Andreas* quizá habría sido mejor. Su tos empeora y, para ser sincero, me preocupa un poco la noche que se avecina. A los roncadores ya me he acostumbrado (ya sé lo que dirá Andrea ahora: ¡mira quién habla!), pero su tos nos robaría el descanso nocturno.

Iglesia de Arnsdorf

en la iglesia de Arnsdorf

El castillo con foso de Döbschütz

Pero antes de dejar Arnsdorf visitamos la iglesia, que está abierta y en la que llaman la atención sobre todo el techo, bellamente pintado, y los antiguos frescos descubiertos en el ábside, algo muy especial. Lo especial del siguiente pueblo, Döbschütz, es el castillo con foso que, muy romántico, escondido en un bosque a las afueras y rodeado por un foso, espera su restauración. Por el camino del dique a lo largo del Schwarzer Schöps, que serpentea salvaje, llegamos a Melaune. A la entrada del pueblo llama la atención una gran superficie asfaltada rodeada por una valla de madera: una pista de hielo. Delante hay una bolera al aire libre cubierta, especialmente interesante para Andrea, que juega a los bolos. En este pueblo parece que la gente es muy activa en general. Bajo el tejado de un gran parque de bomberos hacemos una breve pausa para recuperar el aliento. «Ya no queda mucho hasta Buchholz, quizá cinco o seis kilómetros, y lo habremos conseguido», intento animarnos, porque vuelve a empezar a llover.

El albergue de Melaune

El camino interminable junto a los aerogeneradores

También en Melaune hay un albergue de peregrinos, pero también pasamos de largo. El camino que sigue es bastante duro. Tras superar un corto tramo de carretera comarcal muy transitada, giramos a la izquierda por un camino agrícola de hormigón que atraviesa campo abierto pasando junto a varios aerogeneradores. Quien haya peregrinado alguna vez por el ÖP antes de Freyburg / Unstrut, por la loma frente al Göhle, de aerogenerador en aerogenerador, sabe lo lejos que están unos de otros esos trastos. Alguien parece ir alejando cada vez más el último molino. Así también aquí, en el ventoso camino de hormigón que parece no tener fin. Una gran cruz de madera junto al camino nos informa de que hace muchos años se pretendía construir aquí un vertedero de residuos peligrosos. Al parecer las protestas tuvieron éxito, porque aparte de campos no se ve nada en kilómetros a la redonda. Solo se distingue ya el campanario de Buchholz. ¿O es todavía el de Tetta? Poco después me doy cuenta. Solo estamos en Tetta. Aquí, tan cerca de Buchholz, debería haber todavía un sitio donde comprar. Le pregunto a un vecino antes de que vuelva a desaparecer. Pero solo me habla de una tienda de bebidas en Buchholz que también vende otros productos de uso diario. En realidad eso nos basta, así que nos disponemos a recorrer el último tramo hasta Buchholz. Las señales nos llevan de un lado a otro por el pueblo, junto a dos grandes estanques.

El albergue de Buchholz

Ahora ya se distingue también el campanario de Buchholz y sé que estamos a punto de llegar. Pero los dos que van detrás de mí me miran como si les estuviera tomando el pelo y diera una vuelta de más. Justo enfrente de la iglesia hay una casa bonita y restaurada, la antigua escuela del pueblo. Descubro un cartel en la ventana junto a la puerta en el que nos dan la bienvenida y nos explican cómo y dónde conseguir la llave del albergue. Utilizo el método más sencillo: voy dos casas más allá y llamo al timbre. Mmm, no hay nadie. Pero arriba se abre una ventana y la mujer que se asoma me confirma que no hay nadie que pueda abrirme el albergue. Así que de vuelta a la casa. Llamo otra vez a la señora Leubner, con la que ya había hablado por teléfono por la mañana. Mmmm… contestador… Cuelgo antes de que suene el pitido. No me gusta mucho hablar con máquinas. Entonces descubro un segundo número de teléfono, en el que sí localizo a alguien. Poco después llega una mujer en bicicleta directamente hacia nosotros. Lo que queremos salta a la vista, así que nos deja entrar en la casa sin más rodeos.

En el albergue de Buchholz

¡Y la casa es una pasada! Todo nuevo y con un equipamiento moderno, duchas nuevas y limpias, una cocina grande con la nevera llena, sopas preparadas y cajas de bebidas (agua, refrescos, cerveza). Hasta vino tinto y espumoso hay en el armario. «Lo que consumáis: allí al fondo está la caja». Es alucinante, y ya no tengo que buscar la tienda de bebidas en el pueblo. Incluso descubro una campana con el letrero «bizcocho casero para nuestros huéspedes». Mi preocupación por la tos de Andreas* también se disipa enseguida, porque hay tres habitaciones, y nosotros dos ocupamos una que, por lo visto, normalmente se usa como despacho. El mobiliario, el ordenador listo para usar sobre el escritorio y el sofá cama sobre el que extendemos nuestros sacos de dormir: todo me da la impresión de una habitación que el hijo de la casa acaba de dejarnos libre. Ahí hay muchos utensilios, libros y documentos que, aun así, delatan que la parroquia usa este espacio intensamente. Andreas* tiene la habitación de al lado. Está sentado inmóvil en su cama mirando a la pared. Parece completamente agotado y hasta la noche no vuelve a estar para conversaciones.

En el albergue de Buchholz

Nuestra habitación

Una bonita estufa antigua en el albergue

Una escalera de madera lleva a un desván bien acondicionado, en el que seguro que caben otros 6 peregrinos en colchones. Todo está decorado con cariño y equipado de forma moderna, para sentirse a gusto de verdad. Y eso es lo que hago ahora. No veo motivo para volver a salir de casa con este tiempo. Después de la ducha, en la cocina, cae una cervecita y nos comemos los panecillos rellenos que traíamos de la mañana, en el estado ya descrito. Crujientes no están, pero sí bien empapados y blanditos. Más tarde también Andreas*, despertado de su letargo, viene a la cocina a prepararse la cena. Y lo que saca me deja asombrado. Ahí, junto a la cocina eléctrica empotrada, pone su hornillo de gas de camping y se prepara pasta de una especie de ración de supervivencia liofilizada, esas bolsas de comida deshidratada que conocemos de las tiendas de outdoor. O tiene un encargo de investigación de su empresa o tiene una idea completamente equivocada de Alemania del Este. No me atrevo a preguntar, pero aun así hago un comentario desenfadado que espero que no se tome a mal. De verdad que es un tipo majo, con el que antes de irnos a dormir todavía charlamos animadamente. Pero de algún modo me preocupa si aguantará el día siguiente. Su tos sigue siendo bastante fuerte. Al final sí le han salido ampollas en los pies, y eso no va a mejorar con la cinta que le doy de la mía. Y su mochila contiene probablemente la comida para todo el camino por el salvaje Este, con el peso correspondiente. Sí, y eso con esas zapatillas; le doy vueltas a todo esto, pero no quiero confrontarle con ello e inquietarle. En algún momento llega la hora del saco de dormir. El vino y el espumoso los dejamos en el armario. Después de este día de las montañas ya estamos bastante cansados.

Buenas noches y hasta mañana.*He cambiado por precaución el nombre y el lugar de residencia de nuestro compañero en esta etapa, porque no sé si le parece bien que lo mencione aquí.

El día de la mostaza: Buchholz – Bautzen

¿Que por qué he elegido este título? Hoy vamos a Bautzen. Y a quien le guste la mostaza de verdad y prefiera una buena mostaza con mucha tradición, difícilmente puede pasar por alto la «Bautzner Senf». Ya lo sé, al sur del «ecuador de la salchicha blanca» seguramente casi no se conoce. Pero allí, claro, prefieren la mostaza dulce. Aquí en Sajonia nos gusta más bien picante.

La iglesia de Buchholz

La noche fue reparadora y tranquila. Creo que tampoco ronqué. Al menos no tengo la garganta seca. Así que Andrea también tuvo una noche tranquila. Después del ritual matutino de siempre, desayunamos en la cocina. Todavía me quedan en la mochila unos panecillos de baguette gomosos y, con mantequilla y paté de hígado, mojados en el café, saben bastante bien y la mandíbula no tiene tanto trabajo. Puntualmente a las ocho llega la señora Leubner, que nos acompaña a la pequeña iglesia de enfrente para darnos una bendición del peregrino. Nos pone un cancionero en las manos. «Esto va a ser difícil», le digo sin rodeos. Por supuesto, la señora Leubner sabe que en este camino no solo hay cristianos. Y así nos lo pone fácil esta mañana. Ha escogido una canción cuya melodía incluso nosotros conocemos. Sobre esa melodía escribió Cat Stevens su éxito mundial Morning has broken. Mientras Andreas* canta con bastante seguridad en la letra, nosotros al menos tarareamos en voz baja y nos emociona mucho el ambiente.

Con estas palabras nos envía la señora Leubner al nuevo día:

Quédate hoy cerca de mí
Un nuevo día ya está aquí. Gracias por el sueño y la calma,
y quédate hoy cerca de mí en todo lo que haga.
No sé qué traerá el día, si plenitud o vacío.
Sé tú el buen pastor en lo hermoso y en lo sombrío.
Tu palabra sea la piedra de toque de lo esencial y lo importante,
la medida de lo grande y lo pequeño, de lo torcido y lo constante.
Ayúdame, donde algo pueda, a atreverme a la obra entera
y, si me asalta la flaqueza, a decirle también que sí.
Tú me has dado la fuerza para vivir también este día.
Al caer la tarde, déjame devolvértelo con alegría.

Bonito, ¿verdad? ¿Que por qué puedo todavía escribir este texto? Me llevé a casa, bien guardado, el papelito que nos dio la señora Leubner. En la iglesia nos enseña además la simpática exposición de fotos de una mujer que, desde su balcón, observó y fotografió durante un año a una pareja de ardillas. Había colgado una caja nido que los animales aceptaron. Así obtuvo una visión única de la guardería de estos habitantes de los árboles. Ha llenado dos salas con fotos y objetos preciosos. Pero luego toca despedirse del simpático albergue y de la señora Leubner, que, por supuesto, nos desea buen camino. Justo a las afueras del pueblo, tras una pequeña subida, nos despedimos también de Andreas*, que hoy quiere ir algo más despacio y quizá no tan lejos. Para mantener la posibilidad de poder terminar su camino, seguro que es una buena decisión. A la larga no se puede adaptar el propio ritmo de marcha al de otro. Cada uno tiene que encontrar el suyo. Y para Andreas*, hoy era sencillamente algo más lento que el nuestro. Hasta dónde llegó en el camino o si todavía sigue en marcha, no lo sabemos, porque hasta ahora no hemos tenido contacto con él, aunque ya le he escrito un correo. Aun así le digo mi frase, la que siempre uso en estos casos y que no pretende ser ninguna amenaza: «En la vida uno siempre se ve dos veces». A veces hace falta más valor para parar en el momento adecuado que para seguir torturándose y quizá arruinarse además la salud. Le deseo a Andreas* ese valor y la sabiduría para tomar la decisión correcta.

El ayuntamiento de Weißenberg

Así que volvemos a estar solos. Por el estrecho sendero que se llama Totenweg («camino de los muertos») perdemos muy rápido de vista a nuestro acompañante hasta ahora. El tiempo hoy tampoco es mejor que ayer, así que no paramos de ponernos y quitarnos la capucha. El siguiente lugar es Weißenberg, una pequeña ciudad con un ayuntamiento algo sobredimensionado. Por la lluvia solo hago una foto aquí y luego nos cuesta encontrar el trazado correcto. Por primera vez en el ÖP tengo la sensación de ir mal. Tras la bajada empinada y resbaladiza desde la plaza del mercado, rodeamos el casco antiguo describiendo un gran arco, de modo que tengo la sensación de estar volviendo atrás. Pero al mirar el track GPS en mi Garmin tengo que rendirme a la evidencia. La dirección general oeste es correcta.

¡No te pierdas el desvío!

Por un antiguo terraplén de ferrocarril salimos de la ciudad y ni siquiera notamos dónde la hemos dejado realmente. Grandes carteles que indican una ruta de los molinos casi tapan la señal del ÖP. Pero enseguida me acuerdo de la descripción de la guía del peregrino, donde dice que, si uno se encuentra sobre el viaducto, ya ha ido demasiado lejos. Y así, antes del susodicho viaducto, bajamos del terraplén a un ancho camino de tierra. Este nos lleva directamente a la entrada de la Gröditzer Skala. Es una especie de cañón fluvial en el que el Löbauer Wasser se ha excavado unos 15 metros en el terreno. El río, de unos 10 metros de ancho, serpentea por el valle y muchos caminos lo acompañan por sus orillas.

Gröditzer Skala: puente sobre el Löbauer Wasser

Tras la empinada bajada, el primer reto es cruzar el río por un puente de aspecto algo aventurero. Consiste en un único tronco de árbol al que han aplanado un poco la parte superior con motosierra. A los lados tiene una barandilla de ramas torcidas sin trabajar. Todo junto, al menos de lejos, parece algo «lawede», destartalado, como decimos los sajones. Solo al mirar más de cerca me doy cuenta de que el constructor lo pensó bien y, evidentemente, domina su oficio. La barandilla resulta más estable de lo esperado, así que podemos agarrarnos a ella. Y hace falta, porque el tronco está muy resbaladizo por la lluvia, la intemperie y las hojas que tiene encima. Qué camino se elija después río abajo da prácticamente igual, porque todos discurren a lo largo del río. Eso sí, hay que guardarse de subir demasiado pronto a la derecha para salir del cañón, porque la autopista A4 pasa muy cerca y hasta aquí abajo se la oye claramente.

En la Gröditzer Skala

Elegimos un camino que va directamente por la orilla del Löbauer Wasser. Así tenemos una y otra vez bonitas estampas delante, que incluso con este tiempo asqueroso ofrecen un contraste entre el verde exuberante que aún se encuentra aquí en pleno otoño y el curso sinuoso del río. Pronto llegamos a un gran claro. El valle se abre y vemos arriba, en el borde del bosque, el castillo de Gröditz asomando por encima de las copas de los árboles. «¡Tenemos que subir ahí!», le grito a Andrea, que va un poco por delante, porque yo otra vez estaba ocupado con la cámara. «Pero las conchas señalan por aquí abajo», dice Andrea. Así que lo hacemos como querían los padres y madres del camino. Nos quedamos abajo. El valle vuelve a estrecharse y a la derecha aparecen incluso paredes de roca escarpadas.

El castillo de Gröditz

Luego salimos definitivamente y vemos las primeras casas de Gröditz. Pero la subida al castillo no nos la ahorramos de todos modos. Jadeando, incluso tengo que parar una vez para recuperar el aliento. No, mi forma física todavía no está en su mejor momento. Una vez arriba, vamos hacia el castillo. Aquí también hay un albergue de peregrinos. Delante descubrimos un baldaquino blanco de madera con unos bancos y una mesa debajo. Un buen sitio para el segundo desayuno, digo, y ya me he quitado la mochila. De algún modo todavía no estoy muy contento con el ajuste de las correas. Bajo el arco costal derecho siento desde hace un rato un dolor punzante, que ya tuve también en el camino de Mecklemburgo.

Casa Umgebinde en Gröditz (típica de la Alta Lusacia)

Si es por la mochila, lo comprobaré en casa haciendo una caminata más larga con mi vieja Deuter. Claro que también podría ser que simplemente me he puesto demasiado gordo. En cualquier caso, la barriga es un fastidio. Porque el cinturón de cadera no sabe muy bien dónde ponerse; casi siempre, tras unos cientos de metros, se desliza por debajo de la barriga y allí queda demasiado flojo. Así que llevo toda la carga sobre los hombros, lo cual no es lo ideal. Aunque solo sean 8 o 9 kilos, a la larga también se notan en el cuerpo. Pero comer también es importante para que el cuerpo tenga energía. Así que le doy otro buen mordisco, echo otro trago de la botella de agua y seguimos adelante.

El camino a Wurschen

El camino que sigue hasta Wurschen no tiene nada especial. Primero vamos por un camino de servicio de hormigón y luego un rato por la carretera comarcal, antes de volver a un camino de tierra. En Wurschen es fácil perderse. Primero está el acceso al parque privado del castillo, algo escondido tras una entrada, y luego un trazado en zigzag, primero a la derecha por la carretera y enseguida otra vez a la izquierda, primero por una calle secundaria que luego se convierte en un camino de tierra y sale del pueblo.

Parque y castillo con foso de Wurschen

El camino pasa por la derecha del castillo con foso. Describiendo un amplio arco atravesamos el enorme y cuidado parque del castillo, en el que una y otra vez hay carteles que avisan de que el terreno es propiedad privada y de que no se puede pisar el césped. Tras el susodicho zigzag, el camino sube un poco. Una vez arriba, a un kilómetro más o menos pasado Wurschen, uno se encuentra bajo un gran árbol con un banco debajo. De nuevo una ocasión bienvenida para quitarse la mochila unos minutos. Después, durante unos kilómetros, los dolores punzantes vuelven a desaparecer. Solo unas fotos hacia atrás, a Wurschen, y hacia delante, a Drehsa, y seguimos.

Vista de Drehsa

Al mirar hacia Drehsa llama la atención una torre alta que sobresale del pueblo. Es un depósito de agua que pertenece al castillo de Drehsa. Junto a la casa señorial, bellamente restaurada y con aire de palacio, está esta torre, y detrás los restos de la finca, todavía sin restaurar. En tiempos de la RDA, la finca albergaba un hogar infantil. La familia von Salza zu Lichtenau compró la finca y el castillo y actualmente está restaurando el conjunto con mucho esfuerzo. A la torre se puede subir, pero hoy no tenemos motivo para hacerlo. Porque el tiempo sigue estropeándonos las vistas. Pasado Drehsa, otra vez un tramo muy bonito por un camino de tierra antiquísimo que cruza un pequeño bosque sobre una loma.

Refugio pasado Drehsa

En medio del bosque, ya en la bajada, alguien ha construido un refugio en el que, en caso de necesidad, también se puede pasar la noche. Aquí esperamos a que termine el chaparrón y ponemos los pies en alto. Cuando más tarde salimos del bosque, vemos por primera vez las torres de Bautzen. Todavía bastante lejos, y por el mapa sé que el trazado no es el más directo. Antes de Waditz nos encontramos con la vía del tren por la que el domingo todavía fuimos a Görlitz. Un buen trecho va junto a ella sin que pase ni un solo tren. Pasando por Kubschütz, Baschütz y Jenkwitz, uno cree a menudo que se está alejando de Bautzen.

Descanso en Kubschütz

En Kubschütz invita a descansar un banco muy bonito, cosa que no me pierdo. Ahora solo queda un último empujón. Cuando cerca de Auritz llegamos a la B6, nos alegramos bastante de no haber tenido que caminar antes junto a ella. Así que los pequeños rodeos tan cerca de la ciudad resultaron bastante útiles. Para entrar en Bautzen caminamos todo el rato junto a la carretera federal, muy transitada, un suplicio cuando has pasado todo el día en la naturaleza. Tenemos pensado ir a la casa parroquial de St. Petri y dormir en la habitación de peregrinos que hay allí. La llave la recogemos en la panadería que hay detrás de la casa parroquial, en dirección al centro. Para llegar a la casa parroquial hay que pasar por el arco del número 23 de la Töpferstraße y seguir hasta el patio trasero.

Piso de peregrinos en la casa parroquial de St. Petri, Bautzen

Aquí la gran casa blanca y amarilla no tiene pérdida. Solo cuando hemos subido por la escalera hasta el segundo piso nos damos cuenta de que también hay ascensor. Lo habría usado sin ningún escrúpulo después de la etapa de hoy. Por si alguien después de nosotros también quiere perder los escrúpulos: el acceso al ascensor está en el lado izquierdo de la casa. La llave recogida en la panadería abre el vestíbulo acristalado. En la habitación de peregrinos hay 6 literas. Si uno avisa, probablemente también estén hechas con sábanas. Porque una cama estaba preparada así. Nosotros, sin embargo, usamos nuestros nuevos y calentitos sacos de dormir. En el piso de peregrinos hay además un baño con ducha y una pequeña cocina. Estamos instalándonos cuando llaman a la puerta. Entra Christoph, de Berlín. Pero su acento delata que en realidad antes vivía en otro sitio. No quiero agobiarlo más con mis preguntas.

La antigua Wasserkunst a orillas del Spree

La Schlossstraße y sus bares

Apenas pasamos del habitual de dónde vienes y adónde vas, también porque enseguida salimos de casa para dar una vuelta por la ciudad. La última vez que estuve en Bautzen fue en 1976 y casi no la reconozco. Una casa restaurada con cariño se suma a la siguiente. Y que Bautzen tenga tantas torres, no lo recuerdo ni por asomo. Cruzamos la plaza del mercado hasta la Wasserkunst, desde donde hay una bonita vista del valle del Spree, y luego seguimos por la Mühltor hasta el Ortenburg, para volver al centro por la Schlossstraße. La catedral de San Pedro, por desgracia, está cerrada. Nos habría gustado verla. Algunos restaurantes han inmortalizado la mostaza en su nombre. En los demás hay al menos un plato en el que la mostaza tiene un papel protagonista. Es lo que se espera de Bautzen. Los cubos de mostaza azules y blancos no están en la calle porque se espere un reparto de mercancía, sino como publicidad de una tienda de mostaza. Aquí muchas cosas giran en torno a la pasta amarilla y picante. ¿Qué es en realidad la mostaza, una especia, una pasta para condimentar? En cualquier caso, para mí la mostaza tiene que subir un poco a la nariz cuando se come sola. Para nosotros es imprescindible en la cocina.

El primer restaurante de mostaza de Bautzen y, detrás, la catedral de San Pedro

De las muchas variedades que ofrece ya también «Bautzner», mi favorita es la semipicante. Así que buscamos un restaurante con platos con mostaza en la carta. No tenemos que buscar mucho. Justo en la plaza del mercado está el Surprise, una mezcla de café, pizzería, cervecería, bar y restaurante. Aquí seguro que encontramos algo. Y lo que encontramos fue una sartén de carne en tiras con salsa de miel y mostaza: ¡una pasada! Pero, una vez más, los ojos eran más grandes que el estómago. Y me cuesta bastante acabármelo todo. Pero: «Er hebt das Glas und schlürft den Rest, weil er nicht gern was übriglässt» («Alza el vaso y apura lo que queda, porque no le gusta dejar nada»), por citar a Wilhelm Busch en «Hans Huckebein der Unglücksrabe». Seguro que tengo demasiados kilos encima porque siempre me lo acabo todo tan bien. Fuera, mientras tanto, se ha hecho de noche y, cuando salimos del local, naturalmente vuelve a llover.

La Reichsturm al anochecer

Aun así, hago rápidamente unas cuantas fotos nocturnas de la ciudad. De vuelta en el piso de peregrinos, al poco regresa también Christoph de su vuelta por la ciudad; él también ha cenado en el «Surprise». Lástima que no nos hayamos encontrado. Así que todo queda en un breve encuentro. Porque al día siguiente desaparece a una velocidad endiablada. Además, las etapas que tiene previstas no se corresponden con lo que nosotros tenemos en mente. Con la esperanza de que haga mejor tiempo, nos vamos pronto a dormir.

Mañana nos desviamos por primera vez de nuestros planes. Porque no vamos, como estaba previsto, hasta Panschwitz-Kuckau, donde hace mucho tiempo estuve dos años en la residencia de aprendices. Sino que terminamos la etapa ya 3 kilómetros antes, en Crostwitz, en el Pilgeroase de Monika Gerdes. Es un consejo de Uwe que seguimos con gusto. Y resultaría ser todo un acierto: pasamos una velada que no olvidaremos tan fácilmente.

(*) Nombre cambiado

El día de los encuentros: Bautzen – Crostwitz

Un rayo de esperanza por la mañana: claros entre las nubes

Lo primero que hago esta mañana es ir a la ventana. Otro día de lluvia sería difícil de soportar. Pero entonces brota la esperanza. Entre algunos bancos de niebla asoma aquí y allá algo de azul en el cielo. Eso da esperanza, y después de estos dos días uno agradece hasta un poquito de sol. En un momento lo tenemos todo recogido y nos despedimos de Christoph. Nuestro desayuno, por lo general bastante improvisado, hoy nos lo podemos ahorrar. Porque en una ciudad relativamente grande como Bautzen tiene que haber alguna panadería donde nos sirvan un desayuno. Hoy vamos sobrados de tiempo, porque acortamos un poco la etapa. Como ya escribí en la entrada anterior, Uwe, de Görlitz, nos aconsejó quedarnos en Crostwitz, en el oasis de peregrinos de Monika Gerdes, y no seguir, como teníamos previsto, los 3 kilómetros más hasta Panschwitz-Kuckau.

La mañana en Bautzen

Así que dejamos la llave en la panadería. Pero aquí es imposible tomarse un café y comer algo. Si además de nosotros entran otros dos clientes, la tienda ya está llena. Y entonces nuestras mochilas tendrían que salir del local. Así que buscamos otra cosa. En la Reichstraße vemos una panadería en la que primero tenemos que orientarnos. Porque aquí todo es autoservicio. Solo queda una empleada en la caja, que únicamente se acerca cuando uno ha reunido algo en su bandeja y entra en la zona de caja. Solo le falta un autoservicio para coches como en la «Schachtelwirtschaft», el «chiringuito de las cajitas», como hace poco, para mi regocijo, describió un amigo al restaurante de la gran «M». Lo que más me apetecería es irme y buscar una panadería de las de antes, de esas en las que la harina todavía se le pega a los dedos a la dependienta y a la que se le nota que lleva trajinando en el obrador por lo menos desde las 4. Pero gana la comodidad y, como es sabido, el peregrino es vago para andar. Puede sonar paradójico. Pero hay que evitar cada paso que se aparte del camino. Nunca se sabe lo que aún está por venir. Y así nos quedamos aquí, ganamos la batalla a la cafetera y también encontramos algo de comer.

Bonita vista matinal del valle del Spree

Fuera, en la calle aparecen manchas muy claras. Al sol se va secando a trozos. ¡Bieeen, el sol se deja ver por fin, aunque solo fuera a ser un breve intermedio! Así tenemos la oportunidad de contemplar con otra luz lo que ayer visitamos con un tiempo tan triste. Cruzamos, pues, la plaza del mercado otra vez hasta la Wasserkunst y rodeamos el casco antiguo por delante de las antiguas murallas, por encima del Spree, antes de bajar detrás del castillo por una escalera empinada hasta el río. Cruzamos el puente sobre el Spree, pasamos por debajo de la B96 y de la autopista A4 y salimos de la ciudad.

La ciudad ya queda muy atrás

Pronto vemos la ciudad de las muchas torres como una silueta gris a nuestra espalda. La autopista cercana y los muchos vehículos de la carretera molestan un poco y estropean el idilio matinal. Pero hasta nos saludan desde un utilitario que viene de frente. Como se supo por la noche, era Monika Gerdes saludando a sus huéspedes de esa tarde. Ya sabía que íbamos, porque yo nos había anunciado. El pueblo de Salzenforst, que ahora atravesamos y a cuya entrada hay una gran planta de reciclaje, resulta ser un bonito pueblo residencial para gente acomodada que, fuera de Bautzen, puede permitirse una casa grande en una parcela aún más grande: todo muy mono y muy ingenioso.

Descanso en la parada de autobús de Oberuhna

Aquí y allá alguien anda trasteando, y parecía que se hubiera convocado un concurso a ver quién tiene el césped y el jardín delantero más bonito. Lo que veo es un modelo de lo más pequeñoburgués. Por un camino agrícola solitario vamos ahora hacia Oberuhna. Pero no estamos tan solos, porque vienen hacia nosotros dos chicos jóvenes que, sin lugar a dudas, van de peregrinos. Mi comentario sobrante de que van en la dirección equivocada me lo tendría que haber ahorrado. No es ni original ni ingenioso, y me arrepiento en cuanto lo digo. Pero lo que ya ha salido de la boca…, ¿qué se le va a hacer? Aunque seguro que ya han oído esa frase muchas veces, el primero de los dos reacciona con calma.

Desvío pasado Oberuhna

El segundo viene arrastrando un poco los pies bastante más atrás. Vienen de Erfurt y han elegido justo esa dirección. Como son dos, la soledad que se vive cuando uno va en la dirección equivocada por un camino de peregrinación seguro que tampoco es tan terrible. Todo el que conoces en el camino o en los albergues desaparece como muy tarde al día siguiente, y esta vez también. Nos despedimos y nos dan muchos recuerdos para Monika, en cuyo albergue se habían alojado la noche anterior. Les habíamos dicho adónde íbamos, así que les prometo transmitir los saludos. En el siguiente pueblo, Oberuhna, hacemos una pausa en una parada de autobús (¡y no, sigue sin llover!) y observamos el ajetreo en una vieja granja de tres alas cuyo portón está abierto de par en par.

El camino pasado Oberuhna

Poco después de Oberuhna dejamos la carretera y giramos a la izquierda por un camino de tierra, un atajo, según resulta. O sea, que a veces también se ataja en un camino de peregrinación. Aunque nuestra experiencia hasta ahora dice otra cosa. Porque casi siempre se aceptan rodeos a cambio de un trazado lejos del tráfico rugiente, o por una naturaleza bonita, o pasando por lugares de oración o iglesias. Uno de esos lugares de oración lo vemos ya desde lejos: el Monumento del Milenio. Cito de la página viaregia-sachsen.de:

El Monumento del Milenio

«El monumento simboliza la expansión del mensaje cristiano. Están representados Cirilo y Metodio, que misionaron en la Gran Moravia entre 863 y 885. Como señal de su alegre anuncio y de la expansión de la fe en Lusacia, en el recinto “brotan” cruces de la tierra. El conjunto invita a detenerse y está concebido para oraciones, fiestas y celebraciones religiosas.»

Al acercarnos, vemos un coche aparcado junto al monumento, y en un banco está sentado un hombre algo corpulento en ropa de trabajo, que evidentemente está haciendo una pausa. Al principio pienso que es alguien encargado del mantenimiento del monumento. Pero, según resulta en la conversación, es un buscador de setas que ha montado aquí su «central» para pasar sus cestas llenas a unos cubos que tiene preparados en la ranchera. Aunque el botín de hoy todavía no es tan grande.

Bonita alameda

Porque cuando le pregunto con curiosidad por el resultado, solo me enseña unos pocos boletos anaranjados y un boleto comestible. Pero tampoco parece tomárselo muy a pecho; un recolector por placer, por así decirlo. La conversación de siempre sigue su curso: de dónde, adónde y de dónde originalmente, o sea, dónde vivimos. Cuando decimos Delitzsch, el hombre se levanta de golpe, me da la mano y dice: «Bienvenido, paisano». Pasó su infancia en Delitzsch, en la Karl-Liebknecht-Straße (hoy otra vez Bismarckstraße). Y de repente tenemos mucho que contarnos. Porque coteja con nosotros lo que sabe sobre todo lo que ha cambiado en Delitzsch con el paso del tiempo. Mucho ya lo sabe, lo que me demuestra que sigue muy interesado en su antigua ciudad natal.

Hito indicador en la Via Regia

De paso hago unas cuantas fotos del monumento. En los paneles informativos me entero también de por qué se levantó un conjunto tan grande precisamente aquí, lejos de los grandes núcleos de población y lejos de las grandes vías de comunicación. Es la Via Regia, como ruta comercial que unía a los pueblos, la que hizo que este lugar pareciera el adecuado para erigir aquí este monumento en el año 2000. Desde hace siglos, este camino representa el comercio pacífico. Y hoy son peregrinos y caminantes quienes llevan su fe y su historia al mundo y pasan por aquí para detenerse en oración o simplemente para descansar. Un antiquísimo hito indicador restaurado da testimonio de la larga historia de este camino.

Sauces llorones en Dreikretscham

Nos despedimos del buscador de setas de Delitzsch y seguimos caminando por una bonita alameda en dirección a Dreikretscham. Aquí me llama la atención una hilera larga e imponente de sauces llorones plantada a lo largo del Hoyerswerdaer Schwarzwasser. Algo así se ve muy pocas veces. Lo que por desgracia también escasea aquí son los mesones abiertos. El de Dreikretscham tiene un aspecto muy acogedor, pero también muy cerrado. Bueno, cuando el número de peregrinos en la Via Regia alcance niveles que hagan rentable no abrir solo por la noche, seguro que eso cambia. Así que tenemos que seguir viviendo de nuestras reservas de emergencia, o sea, de la mochila. Pero de momento sigue cerrada, porque primero continuamos hasta Storcha.

En la iglesia parroquial de Storcha

En Storcha se alza la iglesia parroquial neogótica del Sagrado Corazón de Jesús, visible desde muy lejos. La iglesia se construyó en 1870 por iniciativa de la Asociación Cirilo y Metodio, sorabo-católica. A Cirilo y Metodio ya los habíamos conocido inmortalizados en estatuas en el Monumento del Milenio. La iglesia parroquial está abierta, así que entramos en la quietud de este templo, muy grande para un pueblo tan pequeño. Para nosotros sigue siendo como entrar en otro mundo. Uno se queda muy callado y muy pequeño, de repente se mueve más despacio y ya solo susurra.

Iglesia parroquial de Storcha

Ya sea por respeto al propósito de la casa o por consideración hacia los fieles que aquí buscan la cercanía de Dios, y que seguro que también la encuentran, los dos nos volvemos distintos en este entorno. Así que, incluso sin acceso espiritual a la fe, un edificio sagrado también surte efecto en nosotros, y uno muy bonito y muy bueno, me parece. Pero hoy solo llevamos 12 kilómetros y queremos aprovechar el tiempo excepcionalmente bueno para seguir disfrutando del camino. Son las 12 y, al salir del pueblo, las campanas de la iglesia parroquial repican como despedida y como impulso. Pero hoy ya no queda mucho, así que nos tomamos el tiempo de hacer otra parada breve en una marquesina de autobús poco antes de Prautitz. A la salida de Prautitz ya vemos el campanario de la iglesia parroquial de San Simón y San Judas de Crostwitz. Conozco Crostwitz de la época en que pasé dos años en la residencia de aprendices de la vecina Panschwitz-Kuckau. Crostwitz tenía entonces una piscina al aire libre (hoy, por desgracia, ya no), y en verano no nos importaba la caminata de 3 kilómetros para llegar a ella. Precisamente los fines de semana en que no volvíamos a casa se hacían así algo más llevaderos.

Indicador hacia el oasis de peregrinos de Crostwitz

Poco antes del pueblo, el camino deja la carretera hacia la izquierda, algo que no acabo de entender, porque así no se pasa directamente por el pueblo ni junto a la iglesia. Por un camino de tierra se bordea Crostwitz por el sur, lo que en realidad es una pena. Porque uno no solo se pierde el bonito pueblo y la imponente iglesia parroquial, sino también el oasis de peregrinos de Monika Gerdes. Por suerte hay un pequeño cartel de madera que atrae al peregrino fuera del camino. En él se lee «Café, té, pasteles, galletas, fruta». Aunque no hubiera sido nuestra meta de todos modos, habríamos girado aquí igualmente. Porque un cartel así despierta la curiosidad, sobre todo por las personas que se ocupan aquí de los peregrinos con tanto cariño y organizan algo que, en realidad, se sale de lo normal. Atravesamos un prado en dirección al pueblo.

Andrea en el oasis de peregrinos de Monika

Pasando por delante de la iglesia y de la casa parroquial, guiados por carteles del albergue, encontramos enseguida la casa que buscamos. La puerta del jardín está abierta de par en par, con el cartel en el que se puede leer «Pilgeroase» (oasis de peregrinos). Bajo un tejadillo de madera hay bancos y una mesa con dos termos, cajas de lata, tazas, platos y una campana para tartas. De verdad, todo un oasis. De la persona que lo ha puesto en marcha, ni rastro. En cambio, en la puerta de la terraza cuelga un cartel en el que pone que se puede empujar sin problema para rellenar las botellas de agua, abastecerse de bebidas o usar el baño. Por desgracia, los chicos que nos habíamos cruzado habían cerrado la puerta por dentro antes de salir del albergue, en contra de las instrucciones de Monika, así que tenemos que esperarla. Nos ponemos cómodos, aprovechamos el café y la tarta, leemos el diario de peregrinos y yo doy unas vueltas alrededor de la casa.

Albergue en Crostwitz

Entonces veo en la entrada principal una nota grande. Hay toda una lista de contactos apuntada «para el caso improbable» de que el albergue esté cerrado. Justo enfrente vive un relojero, que sale por la puerta con sus gafas de lupa después de que yo llame al timbre. «Lo de Monika está cerrado y en el cartel…», le digo. El relojero mira por encima de las gafas, me examina y dice: «Pues no tienes pinta de peregrino». No sé si se refiere a mi corpulencia o a que estoy delante de él en sandalias de playa. «Es que ya me he cambiado de calzado», le digo, creyendo que se refiere a lo segundo. Me entrega la llave de buen grado, con la indicación de que mañana, antes de irnos, la echemos en su buzón. «Por supuesto», le digo, y vuelvo con paso pesado al albergue para abrir la puerta de la terraza desde dentro. Andrea sube arriba, mientras yo cojo una cerveza de la caja que hay preparada para disfrutar con las piernas en alto del «fin de la jornada».

Desde hoy, nuestra simpática compañía (¡no la gata, sino Betina!)

De repente tengo delante a una mujer delgada y alta, con chaqueta roja y una gran mochila azul. Su cara abierta y amable irradia alegría. «¡Por fin un peregrino!», exclama. «No habría aguantado mucho más tiempo tan sola», dice. Betina (sí, con una sola t), de cerca de Darmstadt, no apareció de forma del todo inesperada. Monika ya nos había hablado de ella por teléfono cuando nos anuncié. Y dijo que la peregrina que tenía reservado seguro que se alegraría de no estar ya sola. «Si hasta somos dos», le dije, y enseguida surgió una conversación agradable. Creo que nos caímos bien desde el principio.

En el albergue de Crostwitz

Andrea baja de arriba con este comentario: «Creo que acabo de usar la cocina y el baño de la dueña de la casa». Pero ahí pone claramente «detrás de la puerta de cristal». Y arriba solo hay una puerta de cristal. Tenemos un piso entero a nuestra disposición: ¡una locura! Tanta confianza, tanta disposición a ayudar, tanto amor: estamos abrumados y con muchísimas ganas de conocer a esta mujer. Mientras tanto, nos entretiene una gatita que se ha acomodado en la mochila de Betina y que ahora no quiere salir de ella bajo ningún concepto. Betina también quiere quedarse aquí hoy. Otra cosa me habría extrañado, con lo que se ha alegrado de nuestra compañía. Desaparece con Andrea para guardar sus cosas en el albergue. Para celebrarlo, me tomo otra cerveza. Más tarde, Andrea y yo damos una vuelta por el pueblo.

En la iglesia parroquial de Crostwitz

Visitamos la iglesia parroquial e intentamos abastecernos de comida para el día siguiente en el pequeño supermercado. ¿Por qué escribo «intentamos»? Ya al sacar de la fila el carrito de la compra minúsculo, me siento trasladado a tiempos muy lejanos. El surtido y la forma de presentarlo me recuerdan muchísimo a una «Kaufhalle», un supermercado de la época de la RDA. Cinco paquetes de azúcar uno al lado del otro, al lado unos botes de mostaza también bien alineados, y detrás, el vacío en la estantería. Y así sigue en cada pasillo. Lo importante es que en todas partes haya algo. Más tarde es Betina la que también considera que la tienda merece una foto, cosa que extraña mucho al dueño.

Supermercado nostálgico, por desgracia pronto cerrará

La explicación llega enseguida: el dueño quiere dejarlo por la edad y no quiere acumular sin necesidad mercancía de la que luego no se pueda deshacer. No hay nadie que quiera hacerse cargo del supermercado. No es de extrañar: la gente que trabaja fuera compra de camino con el coche, y los pocos mayores que dependen de la tienda del pueblo no generan suficientes ventas para cubrir los costes. Ahí tampoco sirven las compras solidarias, como nos cuenta más tarde Monika, visiblemente sorprendida por esta información, nueva para ella. Nos llevamos además una botella de vino tinto para la noche y volvemos al albergue. Entonces llega Monika y, cuando comenta que ya nos ha visto hoy, me acuerdo enseguida de la conductora que nos había saludado amablemente con la mano poco después de Bautzen. Monika nos cautiva al instante. Como un torbellino, acapara la atención de una forma muy simpática y, por así decirlo, nos pone a trabajar en su organización. La seguimos de muy buena gana a su cocina. Nos invita a cenar, con la condición de que la ayudemos a prepararlo. Lo que aún no sabemos: no estamos preparando nuestra comida, sino la de los próximos peregrinos. Porque para mañana se han anunciado 11 peregrinos, personas con discapacidad con sus cuidadores. Y eso no solo requiere algunos preparativos por la comida, sino también algunos cambios logísticos en la casa. Normalmente hay mucho sitio en la planta baja. Pero el año pasado quedó muy dañada por una inundación, así que el albergue tuvo que retirarse a la planta de arriba.

Dejamos nuestra huella en el libro de peregrinos

¿De dónde sacará esta mujer tanta energía? Tiene un trabajo muy exigente como redactora en el estudio de radio de la MDR en Bautzen. Allí es responsable de la programación en sorabo. Cuando tiene turno de mañana, su noche a menudo termina antes de las cuatro. Entre medias desaparece un momento delante de su ordenador para valorar y aprobar una pieza. De alguna manera consigue, aparentemente sin esfuerzo, compaginarlo todo y, aun así, me da la impresión de ser una persona muy tranquila y ordenada. Estamos sentados en la cocina cortando verdura para la sopa. «Esto no es para vosotros, es para mañana. Para vosotros hacemos patatas con quark», dice, y casi lo lamento un poco. Tampoco Betina puede contener un «Ooooh, ¡qué pena!». No es que tenga nada en contra de las patatas con quark, pero la sopa que cuece a fuego lento llena la cocina de un aroma que se me hace la boca agua. Mientras tanto hay mucho tiempo para charlar, mientras mi navaja va troceando zanahorias y colinabos. Los temas son de lo más variados, desde el camino de peregrinación hasta la historia de la casa, pasando por experiencias y convicciones personales. Todo despierta su interés. Pero antes de sentarnos a la mesa en la cocina-comedor de Monika, toca todavía cargar colchones y mesas y sillas. Como sea, tenemos que llegar a 11 camas. Para ello hay que subir colchones de la planta baja y meter en la cocina una segunda mesa y más sillas. Entre muchas manos, el trabajo vuela. Y así pronto estamos sentados a la mesa comiendo nuestra cena.
Entre conversaciones agradables dejamos que termine este día tan lleno de acontecimientos. Y ahora se explica también el título de esta entrada: el día de los encuentros. Hoy nos hemos encontrado con unas cuantas personas que nos han dejado una impresión duradera. Son encuentros de esos de los que pueden nacer amistades. Tal como ya lo hemos vivido en todos nuestros caminos de peregrinación.

El día de la lluvia: Crostwitz – Kamenz

El título en realidad ya lo dice todo. La mejoría del tiempo de ayer, por desgracia, dura poco. La primera mirada al levantarnos todavía nos da una falsa sensación de seguridad. Pero en cuanto ponemos el primer pie en la calle, empieza a llover. Y no para en todo el día.

Desayuno en casa de Monika

Le habíamos dicho a Monika que bajaríamos a desayunar a las siete. Tiene que ir a trabajar y, naturalmente, no queremos alterar demasiado su rutina. Cuando bajamos, ya está poniendo la mesa y preparándolo todo para el oasis de peregrinos, llenando los termos de café y de té. También ha vuelto a cargar ya unos cuantos colchones. En una habitación vacía de la planta baja ahora también hay colchones. «¿Y si vienen peregrinos y con las 11 personas que ya se han anunciado lo tengo todo ocupado? No los puedo dejar en la puerta…». Creo que eso lo dice todo sobre la actitud y el compromiso de Monika. Ahora estamos sentados a la mesa del desayuno, generosamente puesta, e intentamos expresarle a Monika nuestro agradecimiento, cosa que seguramente solo conseguimos en parte. En la radio están dando las noticias y después ponen música. Que las noticias se emiten en sorabo, eso ya lo tenía claro. Pero que también exista música pop moderna producida en sorabo es nuevo para mí. A nuestros oídos les suena un poco extraña. La melodía de la lengua tiene algo completamente propio y, aunque todas son lenguas eslavas, no suena ni a polaco ni a checo. De adolescente, en la residencia de aprendices, una vez tuvimos que ensayar en una especie de coro una canción soraba. Para nosotros era un trabalenguas y seguro que sonaba rarísimo. Es también lo único que todavía recuerdo. La letra hace tiempo que se esfumó. Aun así, cuando uno vive tanto tiempo aquí, acaba inevitablemente en contacto con la cultura soraba. Monika se encarga en su trabajo de que la lengua y la cultura no queden aplastadas por la alemana. Sería una verdadera pena. También en otros ámbitos se hace todo lo posible por mantener viva la cultura de los sorabos. Hay escuelas sorabas en las que el sorabo es la lengua de enseñanza. Hay escuelas alemanas en las que el sorabo se enseña como lengua extranjera. Las tradiciones las cuidan asociaciones y comunidades de los pueblos. Esa experiencia ya la viví hace muchos años, cuando todavía éramos ciudadanos de la RDA. Este es solo uno de los temas de los que hablamos en el desayuno.

Salida de Crostwitz

En realidad quedaría mucho por contar y mucho por saber. Pero en algún momento a Monika le toca irse al trabajo y a nosotros nos toca coger la mochila y dejar sitio a los próximos peregrinos en Crostwitz. Monika se pone muy solemne y nos da la bendición del peregrino antes de que nos despidamos llenos de gratitud. En realidad pensábamos que Betina se uniría a nosotros. Pero anda remoloneando y todo apunta a que hoy prefiere caminar sola. Más tarde tuve la impresión de que temía molestarnos. Cuando al día siguiente preguntaba una y otra vez si de verdad podía caminar con nosotros, le dije: «Si vuelves a preguntar, te dejamos sola de verdad, así que se acabó. Ya te avisaremos cuando te pongas pesada», le dije sonriendo. Hoy, sin embargo, salimos de casa bastante antes que ella. Betina quiere visitar de camino una sucursal de su empresa y conocer a la gente que, si no, solo conoce por teléfono. Menuda cara van a poner. Por si acaso, nos hemos intercambiado los números de teléfono y las direcciones. Así que le devuelvo la llave al relojero y ya estamos otra vez en marcha. Y…, llueve. Del camino de tierra entre Crostwitz y Panschwitz-Kuckau me acuerdo todavía muy vagamente. Se llama Trebenja y en muchos tramos se parece a los caminos hundidos de Galicia. Poco antes de Panschwitz, el camino de peregrinación gira a la izquierda. Es un rodeo, pero lleva por un tramo de la Via Regia original hasta el parque del monasterio de St. Marienstern. Como lo sé y con este tiempo no tengo ganas de rodeos, seguimos recto y nos ahorramos casi un kilómetro. Pero a la entrada del pueblo tengo que tomarme el tiempo para una foto. Andrea me retrata tal como ya me apoyé en 1976 en este cartel de entrada al pueblo. Esa foto tiene que estar todavía en algún sitio…, ¿no? ¡Ahh, aquí está!:

La entrada a Panschwitz-Kuckau, ayer

Y hoy

Cuesta abajo, seguimos ahora junto a los altos muros del monasterio hasta el portal de entrada del patio monacal. Aquí ya entonces funcionaba la finca del monasterio, y así como otros campesinos en otros pueblos trabajaban en la LPG, la cooperativa agrícola, aquí los jornaleros iban a la finca del monasterio. Desde entonces, el conjunto monástico ha ganado mucho color y, a diferencia de antes, tiene un aspecto muy acogedor con sus fachadas claras ribeteadas de rojo.

Monasterio de St. Marienstern

Seguimos el camino hasta la iglesia del monasterio y entramos en la gran nave, que ya está medio llena. El monasterio cisterciense de St. Marienstern lleva décadas gestionando una residencia para personas con discapacidad intelectual. Me acuerdo muy bien de las hermanas que salían a pasear por el pueblo o por el parque del monasterio con los casos menos graves. Por lo demás, a las cistercienses casi no se las veía. Para nosotros, de adolescentes, los muros del monasterio eran algo muy misterioso y ajeno. Y teníamos mucha curiosidad por saber qué había detrás. Pero apenas se podía atisbar la vida de esta orden tan estricta. Solo a veces veíamos a la madre superiora ir en su Wartburg Tourist a Kamenz para recoger en la estación a una chica joven, probablemente una novicia. Ahora estamos sentados muy al fondo de la iglesia y escuchamos las palabras del sacerdote, que celebra una misa para los residentes. Entonces, hace 36 años, nunca se me habría ocurrido ir a una misa, aunque aquí se celebraban con regularidad. Sajonia es en realidad protestante, pero los sorabos de la Alta Lusacia son católicos. Entonces no le encontraba mucho sentido, y la Iglesia y la fe, fuera cual fuera la religión o la confesión, me resultaban ajenas y un poco inquietantes. Mi educación, como la de muchos alemanes del Este, tiene un sello ateo. Pero la curiosidad sí la he conservado. Y aunque con la Iglesia como institución sigo sin tener mucho que ver, el cristianismo me interesa por la actitud humanista que defiende tras haber superado los desórdenes y los extravíos de la Edad Media (me refiero a la Inquisición o las cruzadas). Con muchas cosas, sin embargo, no me puedo identificar, lo que tiene que ver con mi educación y con mi visión del mundo científica y muy terrenal.

Antes de la misa

Pero eso no me impide mirar por encima de la valla del jardín (o aquí, por encima del muro del monasterio) para ir desmontando prejuicios e incomprensiones acumulados. Así que aquí estoy, sentado en un sitio en el que hace muchos años nunca me habría imaginado en el futuro, escuchando a un sacerdote católico. Y lo que dice, lo dice de manera que los residentes lo entiendan. En las caras se ve cuánta alegría hay en la sala. Y vivimos cómo un pequeño coro de jóvenes con discapacidad intelectual entona algunas canciones llenos de alegría y fervor. Y media iglesia canta con ellos. Luego el párroco empieza su homilía. Creemos haber oído mal y nos miramos algo extrañados. Porque habla sobre el tema «El camino es la meta». Nos tomamos cada palabra como dirigida a nosotros. Pero estamos seguros de que él, allá lejos en las últimas filas, no pudo vernos. No es la primera vez que nos pasa algo así, algo difícil de explicar, en un camino de peregrinación, y es una de esas cosas que mi cerebro, que piensa de forma muy racional, no sabe explicar. Así que dejo que ocurra y me alegro de ello. Menos alegría tenemos, en cambio, al salir de la iglesia. Bajo el arco de entrada del patio del monasterio volvemos a quitarnos las mochilas para ponerles las fundas para la lluvia que por la mañana nos habíamos olvidado. Por suerte, las mochilas son bastante impermeables incluso sin protección, así que el contenido todavía no ha sufrido daños. Lástima que con este tiempo ya no me apeteciera dar una vuelta más larga por este pueblo que conozco tan bien. Pero unas cuantas fotos delante del antiguo restaurante de la cooperativa Konsum, que ahora se llama «Karstens Bierstube» y «Restaurant», y en el que pasamos más de una noche ante manteles manchados con cerveza Klosterbräu o de Bautzen y salchichas de Kamenz con mostaza de Bautzen, tienen que caer.

El restaurante de la Konsum, ayer

Hoy, Karstens Bierstube

También del Klosterwasser, un riachuelo que separa los barrios de Panschwitz y Kuckau, y de la calle que tantas veces subimos y bajamos para ir a la taberna. Ahora suena como si yo hubiera sido un bebedor por aquel entonces. En tiempos de la RDA la cerveza era realmente barata, y en los bares hasta más barata que en la tienda. Pero el escaso sueldo de aprendiz (¡64 marcos de la RDA!) no daba para emborracharse con regularidad. De ese dinero había que descontar además 32 marcos por la residencia y la comida. Un viaje en tren a casa, ida y vuelta, costaba 16,10 marcos, y el autobús a Kamenz a la escuela de formación profesional, 3,60 marcos a la semana. No quedaba mucho, si los padres no hubieran echado una mano. ¡Dios mío, la de cosas que uno recuerda cuando se pone a escribir!

El Klosterwasser y la taberna de Bloch, cerrada hace tiempo

Y entonces a uno le vienen también a la cabeza todas las fechorías. Como esta (¡¡pero no se lo contéis a nadie!!): era el primer domingo de Adviento y estábamos completamente solos en la residencia. Y en Adviento, en la habitación tiene que haber un árbol de Navidad. ¿Pero de dónde? Y, sobre todo, comprarlo sin más habría sido aburrido. Así que se ideó una apuesta. Se hizo una colecta en la residencia y se juntaron casi 20 marcos. Y enseguida se encontró además una víctima dispuesta, lo bastante loca como para apuntarse a semejante disparate. Quien consiguiera correr completamente desnudo (¡¡hacía -7 grados!!) por el pueblo hasta lo de Juri (que es la taberna en cuestión) y robar un arbolito de Navidad delante de su local, se llevaba los 20 marcos. No os lo vais a creer, pero de verdad salió bien.

La calle principal de Panschwitz

Creo que una abuelita envuelta en su traje tradicional sorabo, como las que veíamos a menudo ir a la iglesia o volver de ella, se habría desmayado de pie si hubiera visto al joven desnudo corriendo por el pueblo invernal vestido solo con un árbol de Navidad. Y en el fondo un poco lo deseábamos. Pero a esas horas en Panschwitz, a partir de las 19, ya no había un alma por la calle, y hoy el pueblo me da la impresión de que eso sigue igual. En resumen: la apuesta estaba ganada, nos habíamos quedado sin dinero, pero teníamos nuestro árbol de Navidad, y supongo que el pequeño hurto ya ha prescrito. Un árbol pequeño así costaba entonces unos 3 marcos. Como mucho nos podrían haber pillado por escándalo público o por gamberrada. El ABV (el agente de policía de barrio) de todos modos era un visitante habitual de la residencia. Cuando pasaba alguna barbaridad en el pueblo, siempre se investigaba primero a los aprendices. Aunque muchas veces no habíamos sido nosotros, por ejemplo cuando todos los cascos vacíos de la taberna acababan en el Klosterwasser. Eso, naturalmente, generaba tensiones entre los jóvenes del pueblo y nosotros, los aprendices, que se resolvían en más de una pelea. No estoy seguro, pero existe la posibilidad de que nuestro actual ministro-presidente también estuviera entonces por allí. Tiene mi edad y todavía hoy vive en Panschwitz. Me estoy jugando el cuello con lo que escribo, me doy cuenta. Y se podrían llenar páginas con estas vivencias. Pero esto va de peregrinar, así que pasamos por delante del campo de fútbol (en el que marqué más de un gol) y salimos de la «tumba de mi juventud», como la llamábamos entonces. Con los años muchas cosas se idealizan y, por suerte, en el recuerdo solo queda lo positivo.

Refugio: la parada de autobús

Los caminos están cada vez más embarrados y cada vez más a menudo tenemos que esquivar grandes charcos. A eso se suma un viento cortante y muy frío. En Nebelschütz nos sentamos un rato en la parada de autobús, hasta la que, en el sentido más literal de la palabra, hemos tenido que abrirnos paso luchando. Mientras tanto, en el asfalto se forman burbujas por las gruesas gotas que nos caen encima. En el segundo desayuno tomamos una decisión. Estamos empapados, tenemos frío y de ninguna manera vamos a llegar hoy hasta Reichenau, nuestra meta prevista para hoy. Buscaremos un albergue o una pensión en Kamenz y por hoy lo dejaremos estar. Y así pasamos de la lluvia, agachamos la cabeza y seguimos caminando.

Llegamos a Kamenz

Solo a la entrada de Kamenz volvemos a levantarla, para llamar a Betina y contarle nuestra decisión. Está de acuerdo enseguida y prometemos volver a avisarla cuando hayamos encontrado algo. Las empinadas escaleras hasta el casco antiguo cansan lo suyo. Muy cerca de la Marienkirche encontramos la oficina parroquial de la ciudad, creyendo que allí nos darán alojamiento. Pero nos equivocamos de lleno, porque aquí solo nos remiten a la oficina de turismo. Cuando además me quejo un poco del tiempo, nos enteramos de que el único albergue está en el Hutberg. Que cojamos sin falta la habitación del fondo. Porque allí tienen un problema con el tiro de la chimenea. Y además está algo húmedo. Con eso basta. Era justo lo que nos faltaba hoy: un albergue húmedo y con olor a cerrado, y encima la subida al Hutberg. En mi tabla encuentro todavía la Pension Wendländer. Está aquí mismo, a la vuelta de la esquina.

En la Pension Wendländer

Damos las gracias, nos ponen el sello y probamos en la pensión de la Pulsnitzer Straße. Tenemos suerte y la señora Wendländer nos abre. Enseguida nos advierte de que todo se ha encarecido y que no ha podido mantener los 18,50 € publicados, así que ha subido el precio a 20 €. Nos dan una habitación doble muy maja y el precio nos parece de lo más razonable y muy amable con los peregrinos, más aún con el desayuno incluido. Lo más importante hoy es la calefacción, para secar la ropa, y una ducha caliente. Llamamos enseguida a Betina, después de asegurarnos de que también hay cama para ella. Poco después también ella está en la puerta. Solo por la noche amaina la lluvia y nos atrevemos a salir otra vez.

La plaza del mercado de Kamenz

Kamenz no es muy grande y, aparte de la iglesia de St. Marien, la plaza del mercado con su vistoso ayuntamiento, el Museo Lessing y la iglesia de St. Annen, que también alberga un museo, no tiene tanto que ofrecer como, por ejemplo, Bautzen o Görlitz. No tenemos muchas ganas de museos, así que terminamos enseguida la vuelta por la ciudad. Además, la Marienkirche está cerrada, por desgracia. «¿Tenéis hambre?», pregunto, con la esperanza de oír por lo menos un sí. Porque yo sí tengo, y sobre todo ganas de una auténtica salchicha de Kamenz. Durante mi aprendizaje era uno de nuestros alimentos básicos. Era rápida, barata y de verdad estaba buena, distinta de la Bockwurst habitual. En aquella época había en la plaza del mercado una especie de puesto de comida donde primero pedías, te daban un número y luego una cara muy roja y gorda se asomaba por una ventanilla y gritaba el número a voz en cuello. Si eras rápido y no te quitaban la salchicha delante de las narices, al poco rato ya estabas otra vez fuera de aquel local lleno de humo. Por aquel entonces nadie hablaba todavía de prohibir fumar en los bares. Esta salchicha solo existe en los alrededores de Kamenz, y las copias que a veces se encuentran en los grandes supermercados de descuento no tienen nada que ver con la original.

Simpática dependienta en la Klosterstraße

Falta poco para el cierre de las tiendas. No nos apetece un gran menú en un restaurante. Así que, sin pensarlo mucho, entramos en la carnicería de la Klosterstraße 5. Sabiendo la hora que es, pregunto con cuidado si todavía nos podrían dar tres salchichas de Kamenz calientes. «Pues entonses tendré q'echarles unas a calentá. Siéntense ahí mientras, ya se las llevo yo», dice en el más bonito sajón. Betina siempre se ríe de nuestro dialecto e intenta imitarlo. Pero debe de ser un dialecto muy difícil, porque le cuesta horrores hablar en sajón. Nosotros lo mamamos con la leche materna y nos cuesta mucho reprimir el dialecto; ¿y por qué habríamos de hacerlo? Luego las salchichas están listas. Pido además cerveza y ya es casi como antes. La dependienta no tiene prisa por terminar la jornada y nos quedamos un rato más sentados charlando. Resulta una noche muy divertida. Luego nos apiadamos de la simpática dependienta y nos despedimos para adentrarnos en la ciudad envuelta en el crepúsculo, sin lluvia desde arriba.

El día de las setas: Kamenz – Königsbrück – Stenz

Sin haber mirado el parte meteorológico, esta mañana noto que algo ha cambiado. No solo que fuera está seco: el viento ha girado. Y eso es una señal muy buena.

Desayuno en Kamenz

Pero antes de ponernos en marcha, nos sentamos a la mesa del desayuno, que está bien surtida. La señora Wendländer se ha esmerado de verdad y no tenemos ninguna prisa por salir. Hoy caminamos juntos, y Betina ya no se atreve a preguntar otra vez si puede unirse a nosotros. Así que nos despedimos de la señora Wendländer y cruzamos Kamenz, inundada por el sol de la mañana. Echamos otro vistazo a la carnicería y encontramos a la amable dependienta, que ya está de nuevo detrás del mostrador. En Kamenz el camino está bien señalizado y decidimos no subir al Hutberg, sino rodearlo por la derecha, lo que no supone ningún rodeo pero tampoco pone a prueba nuestra forma física nada más empezar el día.

La niebla sube del bosque

Del bosque, a contraluz, se eleva la humedad de los últimos días y deja un curioso juego de sombras. Algunos árboles de hoja caduca empiezan ya a teñirse de colores, algo que con sol, naturalmente, luce mucho más que con lluvia. Durante un rato seguimos por una carretera secundaria asfaltada, antes de adentrarnos en el bosque por un camino de grava. Es otra cosa cuando no tienes que preocuparte de si vas a conseguir secar la ropa de alguna manera. Y, por supuesto, es mucho más divertido echar a andar el día sin ese peso encima.

Panorámica pasado Kamenz

En el bosque antes de Schwosdorf

Y así caminamos, enfrascados en la conversación o a ratos en silencio, pero en cualquier caso de un humor estupendo y relajados, por el frondoso bosque verde en dirección a Schwosdorf. Schwosdorf se presenta al principio como un pueblo bastante disperso, con las granjas muy separadas unas de otras. Aquí hay un albergue de peregrinos, según nos revela la guía. Lo mantiene la asociación PRO Wal- und Wüsteberg e.V., y estamos ahora delante de él; en su jardín vemos a un hombre que, siguiendo las indicaciones de una mujer joven que está a su lado, se afana con un muro de piedra seca. Él no dice mucho, o más bien nada. Ella, en cambio, habla por los dos.

Albergue de Schwosdorf

No hay escapatoria. Enseguida nos invita a entrar y apenas me da tiempo a decir que no queremos pasar la noche allí. Aunque seguro que ella misma lo habría deducido, tan temprano. Un café no estaría mal, dice Betina. Y ya estamos en la oficina del albergue viendo cómo la señora de la casa pone en marcha su cafetera. En la pequeña oficina, donde también se pueden comprar algunas cosas, solo podemos mirar. Porque de todas formas no logramos meter baza. Con abundancia de palabras recibimos toda la información sobre la casa y sobre las circunstancias que la convirtieron en lo que es.

Invitación a un café

La asociación se fundó en su día porque un supuesto inversor quería abrir una cantera cerca de aquí, es decir, en el Walberg y en el Wüsteberg. Los vecinos se unieron en su protesta y lo consiguieron. Los montes siguen ahí, pero la asociación se había quedado sin contenido y sin objetivo. Así que decidieron convertir la casa en albergue de peregrinos. Y desde entonces aquí se está construyendo. Que alguna vez llegue a terminarse, lo dudo. Pero el entusiasmo sigue intacto y lo hay en abundancia. El café está listo enseguida y también hay algo de bizcocho en la mesa. Pero el monólogo todavía no ha terminado. El constructor del muro de piedra seca no ha dicho nada hasta ahora; ¿cómo iba a hacerlo? Me zumban los oídos y busco la manera de despedirme con educación y huir. No dejo de pensar en qué habría pasado si hubiéramos dormido aquí. Que no se me malinterprete: la mujer era muy amable y tiene las mejores intenciones, solo que con demasiadas palabras. Andrea también me sonríe de vez en cuando. Seguramente piensa lo mismo. Mientras tanto, Betina «se ocupa» del constructor del muro, que ha vuelto a su tarea. Más tarde me entero de lo que hablaron. Cuando le preguntó por su silencio y le comentó que tenía una buena ayudante, él solo contestó: «Sí, pero ella solo habla». El buen hombre se había resignado a su suerte. Por cierto, no iba con la mujer, como pensé al principio, sino que era una especie de operario municipal del pueblo.

La antigua carretera de postas hacia Reichenau

Mucho más tarde reunimos por fin el valor de interrumpir el torrente de palabras y despedirnos, lo que de entrada impresionó poco a nuestra anfitriona. Solo cuando ya tenemos la mochila a la espalda conseguimos dar las gracias y marcharnos. «Pues esta no tenía ni un pelo de callada», digo al cabo de unos minutos. Mis dos acompañantes lo comentan con una sonrisa, pero sin palabras. Seguro que no quieren aumentar mi zumbido de oídos. Antes de que dé una impresión equivocada: todo esto lo escribo con una sonrisa en los labios y guiñando un ojo. De verdad que no quiero espantar a nadie y no lo digo en absoluto con mala intención. Pero fue un encuentro bastante divertido con una mujer del camino que no es capaz de contener su entusiasmo.

Por fin en Reichenau

Ahora volvemos a entrar en el bosque por un ancho camino de arena. Es la antigua carretera de postas y caminamos por el trazado original de la Via Regia. Hasta Reichenau hay unos cuantos kilómetros, en los que disfrutamos de la calma del bosque, interrumpida solo por algunos buscadores de setas. Ya desde el camino se ven muchas setas, y algunas las clasifico como comestibles. Pero hoy no tenemos qué hacer con ellas. Vamos al destino equivocado para eso. Porque queremos llegar a la Casa de los Pobres (Armenhaus) de Stenz, un barrio de Königsbrück. No sabemos si allí podremos cocinar setas. Así que preferimos dejarlas en el bosque.

Albergue de Reichenau

Mucho antes de Reichenau siento una necesidad natural que no admite demasiada demora. Sabiendo que en Reichenau hay un albergue, aprieto un poco el trasero y doy pasitos cortos, con la esperanza de no tener que meterme entre los arbustos. Con gotas de sudor en la frente llego hasta Reichenau. En el albergue hay una nota colgada con direcciones y números de teléfono, y me alegro de que una de las direcciones esté justo al otro lado de la calle y de que, cuando llamo al timbre, alguien abra. «No queremos dormir aquí. Pero ¿sería posible que usara un momento el baño del albergue?», pregunto algo crispado. «Pues claro», dice la mujer, y me pone en la mano la llave del albergue. ¡Madre mía, qué alivio!

Delante del albergue de Reichenau

Todo tiene su sentido profundo, se puede pensar al enterarse de lo que pasó después. Solo porque tuve que ir al baño, no solo pudimos visitar el precioso albergue, sino que además nos recomiendan otro camino que, como se verá, será uno de los tramos más bonitos de todo nuestro recorrido. «Si siguen por aquí a la izquierda en lugar de seguir las señales, a unos 600 metros llegarán a un cartel de madera que indica a la derecha hacia el “Tiefetal”», nos dijo la amable señora. «El camino va justo a lo largo del Pulsnitz por un valle muy romántico».

El Pulsnitz en el Tiefetal

Nos enteramos de que al principio se quería llevar el camino de peregrinos por el valle, pero la autoridad de protección de la naturaleza lo prohibió por los daños que causarían los peregrinos. «Claro, como cada día vienen 100 peregrinos que pisotean el paisaje, lo arrancan todo y dejan su basura tirada», digo con sarcasmo. Aun así, la gente de Reichenau manda por el valle a todo peregrino que ve. Y que eso está muy bien lo comprobamos poco después, a los 600 metros. Tras un pequeño puente sobre el río Pulsnitz nos adentramos en un bosque de cuento. Como en una selva virgen, aquí todo crece como quiere, y lo que ya no crece y yace en el suelo se deja tal como está. Justo por el medio, con curvas salvajes, a menudo represado por rocas o árboles caídos, corre el Pulsnitz con su agua cristalina. Y por qué llamo a este tramo «el día de las setas» se ve en las fotos siguientes.

En realidad, querría que este camino no se acabara nunca. Y caminamos mucho más despacio que de costumbre. Pero las primeras casas de Königsbrück anuncian que hemos llegado a la meta de hoy.

Plaza del mercado de Königsbrück

Al final sí que nos alegramos de haber llegado, porque en el estómago se nos está instalando una sensación de vacío. Así que buscamos en vano en la plaza del mercado de Königsbrück un sitio donde comer algo. Pero tampoco queremos seguir buscando mucho rato. Y decidimos entrar en el local de kebab, que a esas horas parece ser la única opción para conseguir algo de comer. Y está mejor de lo que temíamos. Incluso nos llevamos unos panes de ajo para la noche. De camino a Stenz pasamos por la Marienkirche y entramos.

Marienkirche de Königsbrück

Nos reciben los sonidos del órgano y entramos de puntillas. Arriba, en la tribuna, vemos a un joven que está practicando con el órgano. De vez en cuando se cuela alguna nota falsa en su interpretación. Solo cuando se da cuenta de que estamos allí empieza una pieza nueva, que toca de principio a fin sin un solo fallo. Cuando entras en un edificio sagrado así, cambias de actitud de todos modos, como ya escribí. La impresión que causa un espacio así, lleno hasta el último rincón de música de órgano, es indescriptible. Un escalofrío que pone la piel de gallina sigue a otro. Impresionados, escuchamos la música, al terminar damos las gracias al organista y salimos de la iglesia. La curiosidad por la tan elogiada Casa de los Pobres me hace apretar un poco el paso. La guía dice más o menos: quien esté acostumbrado a la vida sencilla se sentirá a gusto aquí; quien esté acostumbrado al lujo descubrirá aquí lo poco que se necesita para sentirse a gusto. Y tengo curiosidad por ese poco. Entonces ya la veo: una casita de entramado diminuta, justo junto a la carretera. La puerta está cerrada con un candado antiquísimo. Detrás de una ventanita corredera está el sello para los peregrinos de paso, y en la ventana cuelga una nota con las direcciones de las personas de contacto. Enseguida me pongo en marcha para buscar la casa de Werner Lindner, mientras Andrea y Betina se acomodan al sol en el banco que hay delante de la Casa de los Pobres. Lo encuentro rápido. Un hombre mayor en ropa de trabajo sale a mi encuentro y me da la bienvenida a Stenz con cierta solemnidad.

La Casa de los Pobres de Stenz

Ese gesto solemne lo pone también cuando estamos todos sentados en la casa, alrededor de la rústica mesa, y nos explica la diferencia entre los demás albergues del camino y esta casa. «En los demás albergues sois huéspedes. Esta, por hoy, es vuestra casa». Betina vuelve una y otra vez al «usted», y Werner la corrige con energía. Aquí de verdad hay muchas cosas distintas. No hay electricidad y, por tanto, tampoco luz eléctrica. No hay agua corriente. No hay ducha ni lavabo. Pero hay una letrina detrás de la casa, una estufa de obra con horno y, en el desván bajo el tejado, camas acolchadas con paja.

Nuestras camas en el desván

Seguimos a Werner al desván y vemos un cajón-cama y una cama de matrimonio, acolchados con paja y cubiertos con enormes edredones de plumas. «Cambiamos la ropa de cama cada 14 días. A quien no le guste, que use su saco de dormir». Eso es hablar claro, y creo que no somos tan tiquismiquis. Debajo de un taburete está el «jarrón de medianoche» (el orinal). No puedo evitar sonreír al verlo y tengo curiosidad por ver cómo la larguirucha de Betina se encoge esta noche en el pequeño cajón-cama. Para nosotros dos, claro, está reservada la cama de matrimonio. De nuevo abajo, en el «salón», Werner nos enciende todavía la estufa y nos dice que probablemente no vendrá él, sino Sigmar, a traernos el agua.

Werner enciende el fuego

El agua llega en una gran lechera, y con ella hay que hacerlo todo: fregar, el café y el aseo de la noche y de la mañana. Werner todavía nos explica cómo manejar la estufa y la luz de las velas, algo nada desdeñable en cuanto a prevención de incendios. Y enseguida nos deja solos. Pero aún tenemos un pequeño problema. Para la noche necesitamos algo de beber y, para el día siguiente, provisiones para el camino. Así que las mujeres hacen la casa más acogedora mientras yo vuelvo una vez más al centro de Königsbrück a buscar un supermercado. Que, por supuesto, está justo en la otra punta del pueblo. Y casi me da un calambre en el brazo. Como temo que las botellas rompan la bolsa de plástico, la llevo apretada bajo el brazo. Habría sido una verdadera pena por las botellas de vino tinto.

Por la noche en el «salón»

Cuando vuelvo, Andrea y Betina ya están otra vez sentadas al sol. Aparte de no dejar que se apague el fuego y calentar agua para el café, tampoco hay mucho que hacer. Por la noche llega Sigmar con la lechera de agua y una botella de vino y nos cuenta la apasionante historia de la Casa de los Pobres de Stenz. Creo que los dos amigos, Werner y Sigmar, tienen buena parte del mérito de que esta joya se salvara del derribo. Nos impresionan mucho la historia y el compromiso de estos dos hombres. Y podríamos haber seguido escuchando a Sigmar mucho rato. Pero pronto se despide, avisándonos de que mañana temprano volverá y nos traerá el desayuno. Eso, por supuesto, nos encanta oírlo. Nos desea buenas noches y ahora tenemos curiosidad por ver si de verdad lo serán.

¿Qué más se necesita?

Nos bebemos el vino que nos quedaba y el que trajo Sigmar a la luz de las velas de cera. El ambiente es bueno y pasamos una velada acogedora junto a la estufa que crepita. Solo ir a la letrina requiere cierta costumbre. Conozco ese tipo de instalación de tiempos muy lejanos. Mis abuelos tenían un retrete así en el patio, y también durante el servicio militar, en el campamento, teníamos que usar una letrina de ese tipo. Me hace gracia la cestita con papel de revistas rasgado en trozos rectangulares. ¡Es papel satinado! ¡Limpia fatal, pero fatal! En algún momento, no he mirado el reloj, llega la hora de subir. Betina se mete bajo el grueso edredón de plumas en su cajón y nosotros nos deslizamos en el nuestro. La base de paja es agradablemente dura y el grueso edredón parece aplastarte. Pero se está bien calentito, sin que resulte incómodo ni sudoroso. El único problema: mi lado tiene una ligera pendiente hacia el centro y ruedo una y otra vez hacia donde Andrea defiende su sitio. Y ahora intuyo por qué antes la gente tenía más hijos, y no solo por la falta de televisión…

El día del frío: Stenz – Schönfeld

Creo que hacía mucho que no dormía tan bien como esta noche. Es verdad que, por la base algo inclinada, rodé de vez en cuando hacia Andrea, y también tuve que ir de noche al excusado, lo que a oscuras no es muy emocionante, porque aquí arriba las vigas están muy bajas y me había dejado la linterna abajo, en la mochila. Por lo demás, fue una noche muy agradable en la Casa de los Pobres.

Nuestro jarrón de medianoche

Para una o dos noches es una experiencia refrescante, así, sin electricidad, sin agua corriente y sin comodidades. Pero ¿vivir siempre así? Ahí te das cuenta de lo que tuvieron que aguantar nuestros antepasados. Aunque ellos, claro, no conocían otra cosa. También Andrea y Betina han dormido de maravilla, según aseguran. A mí, de vez en cuando, me entraba algo de corriente. Por la mañana veo también por qué. Justo al lado de mi trasero entra una luz clara por debajo del alero. En el revestimiento del alero se abre un agujero redondo en la madera que por la noche, a oscuras, no había visto. Para cortar la corriente habría tenido que poner un ladrillo delante del agujero. Pero como no lo había visto, tuve aire muy fresco. El cambio de tiempo trajo aire limpio y sol, pero también el frío de la mañana. Cuesta un poco animarse a lavarse cuando no sale agua caliente del grifo. Para el aseo de la mañana todavía queda agua suficiente, y hay dos grandes barreños de metal: uno para el cuerpo y el otro para fregar. Antes, según supimos, el agua venía de la fuente del pueblo. Ayer vino de Sigmar, en la lechera.

Sigmar nos trae el desayuno

Y a las 7:30 Sigmar está en el umbral, con dos grandes cestas en las que va nuestro desayuno. Además de panecillos recién hechos, trae huevos fresquísimos, recién puestos, embutido, mermelada, mantequilla y café en termos. De su huerto hay tomates y pepinos en la mesa. Y como broche final desenvuelve tres porciones de Eierschecke de Dresde. «¿Quién se va a comer todo esto?», pregunto cuando nos sentamos a la mesa. «Preparaos algo para el camino, y el pastel también os lo podéis llevar», responde Sigmar. Comemos a dos carrillos y estamos a gusto en el salón, que gracias al calor que aún desprende la vieja estufa tiene una temperatura muy agradable. De paso, Sigmar nos cuenta más cosas sobre la casa y sobre la asociación local que la mantiene. No solo se alojan aquí peregrinos. También vienen clases de colegios a recibir una lección viva de historia local. La usan asociaciones, e incluso personas a las que han echado de casa pueden alquilarla por un tiempo.

Betina fregando

Como la noche anterior, nos habría gustado seguir escuchándolo más rato. Pero igual de rápido que apareció, Sigmar se marchó. Bueno, quizá ya se hayan anunciado los siguientes. En cualquier caso, el libro de peregrinos muestra que la casa está muy concurrida. Ponemos un poco de orden, escribimos unas palabras de agradecimiento en el libro de peregrinos y sellamos la credencial con el sello para los huéspedes de la casa; el de la ventana es solo para los peregrinos de paso, nos dijo Werner cuando nos abrió ayer. Luego cogemos nuestras cosas y estamos a punto de salir cuando veo en la calle principal un grupo grande de caminantes. Como van en la misma dirección y llevan un equipo parecido al nuestro, los clasifico enseguida en la categoría de peregrinos, lo que resulta ser correcto. Pero una de las diferencias con nosotros es que no van a albergues de peregrinos, sino que prefieren pensiones y hoteles reservados desde casa. Como peregrino, eso me parece, digamos, poco ideal; o más bien creo que así uno se pierde una parte, para mí imprescindible, de vivencias tanto positivas como negativas.

Andrea nos inmortaliza en el libro de peregrinos

Acabamos de pasar una noche que se quedará para siempre en mi memoria. Las pensiones o los hoteles son anónimos, intercambiables y no tienen el encanto de un albergue de peregrinos. Según me contó uno de los seis peregrinos en una conversación, recorren el mismo camino que nosotros, pero aun así muchos más kilómetros, porque las pensiones reservadas a menudo están muy lejos del camino. Así se suman fácilmente 10 kilómetros más al día. Dudo mucho que eso compense la mayor comodidad y el confort de las pensiones. Una mujer de 80 años, que carga valientemente con su mochila y a cuyo ritmo se adaptan todos, nos dijo más tarde que habría preferido ir con nosotros a los albergues. En fin, cada uno tiene otras expectativas de un camino de peregrinación, y por eso hay que aceptar también la decisión del grupo. Charlamos animadamente con los nuevos compañeros, pero nos damos cuenta de que nosotros tenemos mucho más que contar. La gente nos escucha con interés y hace muchas preguntas. De pronto se detuvieron, comentando que este era un sitio muy apropiado para una oración de la mañana. Vaya, pensé, otra vez me han pillado a contrapié. Tan lejos no habíamos llegado todavía en las conversaciones. Porque sobre mi motivación y la de Andrea para hacer este camino aún no habíamos dicho nada. Y seguir andando sin más también habría quedado feo. Además, quiero tener consideración con Betina, que sí tiene motivos religiosos para este camino. Y ya alguien me pone un pequeño cancionero delante de las narices y veo caras interrogantes, porque yo no llevo ninguno. ¿Cómo iba a llevarlo, si ni siquiera lo conozco? Entonces todos empiezan a cantar en voz alta y con mucho fervor. Solo dos se quedan callados, Andrea y yo, cosa que en ese momento me da mucha vergüenza. Algo avergonzado, miro el librito. Para colmo, en mitad de la ceremonia suena el móvil de Andrea: es la hospitalera de Schönfeld, que nos devuelve la llamada. Quiere decirnos que podemos ir, pero que tendremos que tener algo de paciencia, porque por la tarde todavía tiene una visita guiada al castillo. Con algo de envidia veo cómo Andrea logra escaparse de la situación apartándose para hablar por teléfono. Delante de mi nariz sigue balanceándose el cancionero, como si me dijera: «¡Venga, canta de una vez!». Tened compasión y entendedlo de una vez, me digo, y querría que me tragara la tierra. ¿Por qué no suena mi móvil? Si siempre lo hace en los momentos más inoportunos.

El sol de la mañana en el bosque

Después del «amén» me siento liberado y me oigo decir que nosotros vamos tirando y que seguro que nos volvemos a ver, cuando el grupo hace ademán de alargar un poco su pausa. «Al fin y al cabo, vamos por el mismo camino», digo. Lo que la gente piense de nosotros dos, prefería no darle vueltas. Y tampoco lo que pensara Betina… Bueno, ella conoce nuestra forma de pensar y ella se ha librado. Ha cantado. Pero yo, y no por primera vez, me siento algo fuera de lugar, aunque nunca nadie me haya salido al paso de esa manera para echarme en cara mi visión de la vida. En ningún sitio habíamos encontrado rechazo hasta ahora cuando, como siempre, decíamos abiertamente lo que pensamos. Esa idea me vuelve a animar. Y cuando luego Betina dice que estuvo bien que siguiéramos adelante, supe que tampoco nos lo había tomado a mal. Quizá, o seguro, le doy demasiadas vueltas a todo esto.

El banco de Esther Heiße

Caminamos ahora hacia el gran bosque entre Königsbrück y Tauscha, del que sabemos por Sigmar que aquí resultó especialmente difícil volver a encontrar el trazado del camino. A menudo solo podían orientarse por las copas de los árboles, que, con el camino debajo, dejan un hueco abierto al cielo. Fue Esther Heiße quien, siendo muy joven (tenía solo 23 años), tuvo el mérito de redescubrir, cartografiar y señalizar el Ökumenischer Pilgerweg. Y en su honor los miembros de la asociación local de Königsbrück le dedicaron en este bosque un banco de piedra con una inscripción. Con un pretexto la atrajeron al bosque el día de su cumpleaños para entregarle el regalo, llenos de gratitud. Unos vándalos habían destrozado el refugio, decía el cuento que le contaron. Indignada, fue en bici al supuesto lugar del delito, donde se encontró con sus amigos, que querían felicitarla. Todo esto también lo supimos por Sigmar. Así que ahora estamos delante del banco y pensamos en la mujer que tanto ha hecho por este camino. Y seguro que eso era justo lo que pretendía la gente de Königsbrück.

¡Escucha! ¡Jabalíes!

Seguimos por el bosque, que parece no tener fin. Las ramas que crujen en el sotobosque hacen sospechar que hay jabalíes. Betina se queda parada varios minutos para intentar ver alguno. Pero nada. El bosque se aclara y caminamos hacia Tauscha. En el pueblo nos recibe un banco decorado con conchas y un panel informativo. En ese panel leemos que aquí, en Tauscha, hay algo muy especial en el camino de peregrinos: una figura de madera que representa a Santiago. Pero la pequeña iglesia está cerrada. Sin embargo, en la entrada del cementerio hay un aviso colgado. Como suele pasar en los albergues, aquí hay un número de teléfono.

El Santiago de Tauscha

Llamamos y poco después llega una mujer a toda velocidad en su bicicleta para abrir la iglesia. Dentro, un espacio cuidado y bien restaurado, pero ni rastro de Santiago. Está detrás de una puerta de cristal cerrada con llave. Tras un robo en la iglesia en 1972 se reforzó la seguridad. Entonces se llevaron dos estatuas valiosas, un crucifijo de porcelana de Meissen y algunos candelabros. A Santiago lo dejaron. Por lo visto, a los ladrones les pareció que estaba en muy mal estado, porque ya tenía los brazos rotos. Eso, al menos, le salvó a la pequeña iglesia esta joya. El crucifijo se sustituyó por una copia y está sobre el altar. La iglesia tiene ahora alarma antirrobo y, por desgracia, está siempre cerrada. Pero para los peregrinos de paso se organizó este servicio de apertura, que acabamos de usar. Damos las gracias a la amable mujer, que nos ha contado la historia de la iglesia y de su Santiago, y a continuación hacemos una breve parada junto al estanque del pueblo. Hoy hace un tiempo espléndido y hay un cielo que, sobre todo, hace disfrutar al fotógrafo que llevo dentro. En un firmamento azul acero cuelgan nubes blancas como coliflores.

Nubes como coliflores

El bosque se acaba de momento y vamos por un camino agrícola desde el que hay vistas despejadas sobre los campos de alrededor. Un cielo sin nubes es aburrido para un fotógrafo. Hoy yo no me aburro. Pero notamos muy claramente el viento frío del este, que cada vez sopla con más fuerza y nos hace quitarnos y ponernos la chaqueta una y otra vez. Con chaqueta sudas por el sol intenso, y sin ella el aire atraviesa el forro polar, de modo que tiritas con la piel empapada de sudor. Bueno, al menos el viento viene de espaldas y prácticamente nos empuja por el camino. Después del camino de grava sigue una carretera asfaltada con poco tráfico, por la que caminamos ahora hasta Thiendorf.

Descanso en Thiendorf

Aprovechamos la parada de autobús a la salida del pueblo para descansar un poco. Ya no puede quedar mucho hasta Schönfeld. La autopista se oye, incluso con el viento en contra, nada más pasar Thiendorf. Por un pequeño túnel pasamos por debajo de la A14 y poco después alcanzamos a los seis peregrinos con los que ya nos habíamos cruzado. Nos habían adelantado en Tauscha mientras visitábamos la iglesia. Nos saludan con amabilidad. Por lo que parece, no nos han tomado a mal la metedura de pata de la mañana. Cuando cuento lo del Santiago de madera de la iglesia de Tauscha, me dan una tarjeta de visita: «Seguro que le has hecho fotos, ¿no?». Claro, digo, y prometo enviárselas, cosa que ya he hecho. Antes de llegar a Schönfeld nos topamos con la B98, junto a la que entramos en el pueblo.

Castillo de Schönfeld

Ya desde la entrada del pueblo se ve el castillo de Schönfeld. Allí está nuestro albergue de hoy. El enorme conjunto del castillo, en el que entramos poco después, está en gran parte restaurado. Pero algunas partes siguen durmiendo el sueño de la Bella Durmiente. Dejamos las mochilas en un conjunto de asientos y esperamos a que nos dejen entrar en el albergue. Hasta entonces aún falta un rato. Andrea y Betina vuelven al pueblo a investigar dónde se puede comer y comprar. Pero al poco rato regresan sin resultado. Los niños a los que preguntaron tampoco estaban muy seguros y farfullaron algo de una heladería, aunque queda lejos. ¿Qué es lejos? Es relativo. Yo aprovecho el tiempo para echar un vistazo por el amplio parque del castillo.

Betina, a por la Eierschecke

Así que nos proponemos seguir buscando en el pueblo después de instalarnos en el albergue. Las dos mujeres vuelven a sentarse en los bancos y Betina se queda dormida enseguida, tumbada en el banco algo retorcida. Cuando por fin puede volver a mover el cuello entumecido, hace otro intento en la carpa que han montado detrás del castillo y donde parece que esta misma noche va a empezar una fiesta. Pero la despachan con un «Es un evento privado». Nosotros nos habríamos conformado con una salchicha. En la mochila todavía llevo las tres salchichas de Kamenz de Königsbrück. Quizá podamos calentarlas luego en el albergue.

En el albergue del castillo de Schönfeld

Pues no podemos. Porque el albergue resulta estar equipado de forma muy espartana. La Casa de los Pobres estaba casi mejor equipada. Al menos allí hacía calor y era mucho más acogedor. Aquí hay grandes radiadores bajo las ventanas nuevas. Pero siguen fríos después de abrir las válvulas. Varias notas piden que, después de usar el albergue, se vuelvan a poner las válvulas de los radiadores en antiheladas, lo que resulta bastante absurdo, ya que la calefacción sigue fría de todas formas. En general, este albergue da una impresión algo desangelada. En lugar de unas indicaciones en persona de la señora, que parecía algo desganada y nos había abierto, hay notas con normas de comportamiento colgadas por todas partes.

Aquí «residimos»

Dos habitaciones austeras ofrecen sitio sobre colchones para al menos 6 peregrinos. En un rincón hay un viejo aparador de cocina y una mesa con varias sillas. Al menos hay un hervidor de agua. A la vuelta de la esquina, una pequeña mazmorra: el baño. En ese cuartito diminuto está el sitio para lavarse, un lavabo igual de diminuto. Eso es todo. De un castillo, no sé, esperaba otra cosa. Pues así es a veces la vida. Esperas poco y recibes mucho (como en la Casa de los Pobres), y al día siguiente crees que vas a un castillo de cuento y te encuentras un alojamiento frío y primitivo. Sí, esa es la palabra. Alojamiento es como quiero llamar a esto; ni más ni menos es lo que es. Tenemos un techo sobre la cabeza, podemos acostar nuestro cuerpo cansado y lavarnos, hacer café y usar un baño. Mmm, ¿qué más se necesita? Otra vez estoy pidiendo demasiado. Y me viene de nuevo a la cabeza un dicho que en realidad me gusta seguir: «El turista exige. El peregrino agradece». Y así, a pesar de las circunstancias, estoy agradecido por este alojamiento. Para el café todavía tenemos la Eierschecke de Sigmar, que Betina ha traído hasta aquí en su gran mochila. Y enseguida están el café y el pastel en la mesa. ¿Ves? Se puede. Ya se está a gusto. Y más a gusto aún cuando dejamos un rato en marcha el secador de pelo de Betina (sí, ¡lleva un secador!). Al menos da algo de calor a la habitación.

Sol de tarde en Schönfeld

Aquí cada vez hace más frío y decidimos volver otra vez al pueblo. Con los últimos rayos de sol del día nos sentamos delante de una especie de centro comercial, observados con desconfianza por los vecinos de enfrente. Betina, sin pensárselo dos veces, ha colocado los bancos y mesas de cervecería que había delante de la carnicería de manera que el sol nos dé en la cara. Las tiendas, al ser sábado, ya han cerrado todas. Así que esperamos a que abra el bar del pueblo, por delante del que acabamos de pasar. Y pienso en cómo miraría yo desde mi casa si justo enfrente hubiera unos desconocidos con la ropa de caminar algo desastrada haraganeando junto a la carretera. Pero no tendrán que soportar esa imagen mucho más. Porque el sol se ha ido y el bar abre enseguida. Así que lo volvemos a dejar todo como estaba (¡somos peregrinos ordenados!) y nos vamos a la taberna.

Cena en Schönfeld

Entramos en el comedor y enseguida tememos que nos vuelvan a echar. Al parecer hay un evento privado en marcha. Pero nos invitan a pasar sin complicaciones y a voces. La mesa junto a la estufa es justo la que necesitamos. Y ya estamos en plena reunión de antiguos alumnos, que es lo que resulta ser la fiesta. Betina está sentada delante y se encarga de fotografiar al alegre grupo con las varias cámaras que le van pasando. Ya son gente de cierta edad (me refiero a los antiguos alumnos, ¡no a Betina!), y cada vez que llega un nuevo compañero de clase se arma un gran alboroto de saludos. La comida está estupenda, buena cocina casera, como se espera en un bar de pueblo. En realidad, querría quedarme un rato más junto a la estufa caliente, porque la idea de volver al alojamiento frío no resulta muy agradable.

El castillo de noche

Aun así nos ponemos en marcha, nos despedimos de los demás clientes y volvemos al castillo. La fiesta de detrás del edificio sigue en pleno apogeo. Alguien canta en directo Schlager alemanes. Los ensayos ya los había escuchado a escondidas por la tarde y sonaban espantosos. Nos retiramos a nuestro frío albergue y nos quedamos mucho rato delante de la diminuta pantalla de mi móvil. Llevo ahí algunas cosas divertidas de YouTube: Uwe Steimle, Elsterglanz, Kurt Krömer, Rainald Grebe y H.P. Kerkeling. Andrea ya se lo sabe todo. Pero Betina se ha partido de risa. Todavía saco como por arte de magia tres botellas de cerveza de mi mochila y, a pesar del frío, la noche acaba siendo divertida.

El día de la amabilidad: Schönfeld – Großenhain – Skassa

Listos para salir

La noche pasada, una vez más, la compra de los sacos de dormir nuevos y más calentitos mereció la pena. Entre los gruesos muros del castillo hace un frío que pela. En el desayuno, que hoy, por falta de reservas, vuelve a ser algo escaso, el secador de Betina vuelve a estar en uso permanente. Hay los panecillos del día anterior y café soluble. Yo me preparo un limón caliente, que pega más con la temperatura que reina en la sala. Al menos fuera parece que cada vez hace más calor, porque el sol va subiendo en un cielo casi sin nubes. Antes de ponernos en marcha hago unas cuantas fotos del castillo, que esta mañana se presenta con mejor luz. Y enseguida cruzamos Schönfeld con la mochila a la espalda.

El cortacésped ecológico

A la salida del pueblo, por suerte, dejamos otra vez la B98 y giramos a la izquierda por una carretera asfaltada más pequeña. Aquí nos topamos también con la «heladería» que nos habían descrito los niños el día anterior. Cuesta mucho reconocerla como tal. También un cortacésped ecológico en un prado junto al camino me merece una foto. Si te fijas bien, donde el sol aún no ha llegado se ve escarcha sobre los prados. Pero el sol sigue subiendo en el cielo y ya se nota el calor en la espalda. Aun así, las largas sombras sobre el camino delatan que todavía es muy temprano.

Juegos de sombras

Kronospan

A la derecha es imposible no ver una gran zona industrial. Es la fábrica de Kronospan en Lampertswalde. Por suerte el viento sopla a nuestro favor y no nos llegan los humos. A cambio, cada vez olemos más un enorme establo de vacas que apesta a sus anchas a las afueras de Quersa. En Quersa, Betina cruza de repente la calle y veo cómo habla con una anciana que está junto a un coche delante de una gran granja. ¿Lo estoy viendo bien? Sí, Betina nos hace señas. «Simplemente le he preguntado a la señora si en el pueblo hay algún sitio donde tomar un café». (Por lo visto, nuestro soluble de la mañana no había dado la talla). «Y nos ha invitado a su casa», cuenta Betina.

La amable Helga

Helga, que así se llama la anciana, nos invita también a nosotros a entrar en su casa sin pensárselo dos veces. Las mochilas las dejamos fuera, en el patio. Y en un abrir y cerrar de ojos estamos sentados en la pequeña cocina. «Perdonad que esto esté así. Ayer tuvimos una fiesta y todavía no he recogido», así intenta disculpar, sin ninguna necesidad, el desorden de sus dominios. Y enseguida se pone a hacernos café. «Me ha sobrado de ayer ensalada por capas en la nevera y muslos de pollo fritos». Y al momento hay dos fuentes grandes en la mesa junto a nuestras tazas de café. Casi no conseguimos frenarla, porque ya está rebuscando también un bizcocho en el armario y nos lo planta en la mesa delante de las narices.

Lo inesperado llega a menudo

Con una cuchara grande nos sirve en el plato una buena ración de la riquísima ensalada por capas. Tenemos que frenar a Helga en su amabilidad, porque cada vez van llegando más cosas a la mesa de la cocina. De paso nos habla de su familia, de las graves enfermedades que ha tenido que soportar últimamente y de por qué nos ha invitado a entrar. «No invito a cualquiera a mi casa», recalca. «Hay que saber calar a la gente», continúa. Pues por lo visto no causamos tan mala impresión a quienes nos rodean, pienso yo. Helga parece feliz de que alguien se tome el tiempo de escucharla, aunque insiste una y otra vez en que sus hijos acuden enseguida cuando necesita ayuda.

Helga con Betina

Su hijo, que vive con ella en la casa, entra en la estancia y pone cara de sorpresa. Así que es verdad: no deja entrar a cualquiera en su cocina. Viene de cazar. Por lo visto sin éxito, porque tras un saludo escueto desaparece en la habitación de al lado. Solo se queda su perro, un teckel de pelo duro. Está empapado y Andrea lo seca un poco con su manta. Él se deja y parece disfrutarlo. Helga ya ha entrado en calor hablando y su bondad y amabilidad son abrumadoras. Casi no nos atrevemos a levantarnos y despedirnos. Pero tenemos que seguir. Así que le damos las gracias como es debido a nuestra amable anfitriona, hacemos unas cuantas fotos, de las que nos hemos propuesto enviarle algunas a Helga, y salimos de la casa. Helga nos dice adiós con la mano y esperamos que su familia, y también los peregrinos que pasen por aquí, puedan disfrutar de ella mucho tiempo. Así que, si alguien pasa por Quersa, que pregunte por Helga Händler y le dé recuerdos de nuestra parte. Sería un detalle.

Antes de Großenhain

Quersa resulta ser un pueblo de labranza alargado, con muchas granjas de tres alas tan bien restauradas como la de Helga. Poco antes de la salida del pueblo, el camino vuelve a desviarse a la derecha de la B98 y seguimos hasta un paso a nivel. Ahí hay que estar atento, porque justo después del paso a nivel hay que dejar la carretera a la izquierda y tomar un camino de tierra que va pegado al terraplén de la vía en dirección a Großenhain. Desde aquí ya vemos la alta torre de la Marienkirche de esta antigua ciudad de guarnición. Durante unos cuantos kilómetros caminamos a campo abierto junto a la vía del tren. Aquí el viento lo tiene fácil. Y, como ya el día anterior, es bastante fresco. Vuelve a empezar el divertido ponte-quita-la-chaqueta. Poco antes de Großenhain llegamos a Folbern y allí giramos a la derecha por la antigua B98. Desde que se terminó la nueva variante y se desvió la B98, esto se ha quedado muy tranquilo. Además hoy es domingo y a estas horas, tan cerca del mediodía, de todos modos no hay mucho tráfico. Como hoy es domingo y en Skassa, nuestro destino, no hay posibilidad de conseguir nada de comer, aprovechamos la primera ocasión para reponer nuestras provisiones. Primera directiva del peregrino: ¡aprovecha la oportunidad!

Mediodía en la gasolinera

Y la primera oportunidad es una gasolinera. Pero la oferta es más bien escasa. En el expositor quedan dos baguettes rellenas y las dependientas no dan la impresión de disfrutar mucho de su trabajo. Al menos no corren peligro de que se las relacione con el título de esta entrada. A regañadientes nos preparan otras dos baguettes. Si conociera otro sitio donde comprar, me habría ido. Pero así probablemente les hacemos la caja del día, nos tomamos un café o una cola y salimos de la gasolinera con unos cuantos kilos más a la espalda. Ahí van ahora unas botellas de cerveza y de vino tinto, unos panecillos y las cuatro baguettes. Y unos cuantos BiFis cargan también la espalda, además de lo que ya llevaba la mochila.

Casco antiguo de Großenhain

Mientras entramos en la ciudad, señalo los muchos tejados recién cubiertos. Hace dos años, Großenhain sufrió un terrible tornado. En una franja de 2 kilómetros de ancho, desde aquí hasta Mühlberg, junto al Elba, apenas se salvó una casa o un árbol. Por eso hoy se ven aquí tantos tejados nuevos y las huellas en las copas de los grandes árboles, que parecen extrañamente desplumadas. A lo largo del río Große Röder nos dirigimos ahora hacia el centro. Al entrar en el casco antiguo ya se ve la mole de la Marienkirche y se entiende por qué la llaman también la hermana pequeña de la Frauenkirche de Dresde.

Marienkirche de Großenhain

Desde este lado parece de verdad un edificio redondo con una gran torre encima, así que se parece mucho a su hermana mayor de Dresde. No es de extrañar, ya que el constructor de la Marienkirche, Johann George Schmidt, trabajó también en la Frauenkirche de Dresde. Solo cuando la rodeas descubres la nave en forma de T. Es la única iglesia de Sajonia con esta forma tan peculiar y por eso es algo especial. Por supuesto, queremos entrar y nos cuesta un buen rato encontrar la entrada correcta. Hasta después de darle media vuelta no descubrimos la puerta abierta. Entramos y también por dentro la decoración recuerda a la Frauenkirche. Las tribunas recorren, como los palcos de un teatro, varias plantas en curvas a izquierda y derecha del altar, hacia el que se avanza desde el pórtico principal. Arriba del todo está el órgano y, debajo, muy por encima del suelo, el púlpito. Los bancos recorren la sala siguiendo las mismas curvas que las tribunas. Todo resulta muy vivo y a la vez solemne. Betina se queda sentada en el banco minutos y minutos mirando hacia arriba. A mí también empieza a tirarme la nuca de tanto rato con la cabeza levantada. Creo que los constructores lo querían así. Llama la atención que grandes partes de las tribunas estén acristaladas. Son los llamados oratorios privados. Las familias burguesas acomodadas podían comprarlos, y eso sirvió para financiar la construcción. El mobiliario de estas salas se conserva en parte.

Altar-púlpito de la Marienkirche

La iglesia tiene una historia agitada. De las iglesias anteriores que hubo aquí no se sabe gran cosa. En 1748 terminaron las obras de la actual Marienkirche. Pero entonces solo se la dotó de lo mínimo. Hasta siete años después no recibió su impresionante altar-púlpito, y hasta 1802, tras dos años de obras, no se inauguró la torre. El órgano es de 1902 y se revisó en 2001. En 1972 la iglesia se restauró con los medios y las posibilidades de entonces. Y en 2004, tras una nueva renovación, recibió su aspecto actual. Ahora paseamos hasta la plaza del mercado, donde se encuentran el imponente ayuntamiento de 1876, de estilo neorrenacentista, y, en el lado este de la plaza, la fuente de Diana. Großenhain solo lo conozco de pasar en coche, y claro, nunca paso por aquí. Así que me alegro de tener por fin algo más de tiempo para la ciudad.

Ayuntamiento de Großenhain

Hoy, domingo, hay poca gente por la calle. Solo unos moteros han aparcado sus motos y hacen una pausa en la terraza de una heladería. Hacemos lo mismo y nos sentamos al sol. Pero el viento es fresco y hace falta chaqueta. Así que otra vez a sacarla… A Betina le va más lo salado y se pide un sándwich tostado. Yo pido una Radeberger. Solo Andrea recibe su copa de helado. Es una especie de «broma recurrente» entre nosotros, que nació durante nuestras excursiones por los Alpes. Cuando habían «caminado bien», los niños siempre se ganaban un helado. Andrea lo adoptó enseguida y se subió al carro. Así que, cuando por el camino aparece una heladería cerca, no tengo que esperar mucho a que Andrea diga: «Woor? Ich bin heute schön geloofen» («¿Verdad? Hoy he caminado bien»). ¿Quién podría decir que no?

Delante de la heladería de la plaza

Yo no soy muy de helados, de ahí la cerveza. Más tarde se nos unen también los seis peregrinos que ya conocemos y a los que habíamos visto venir a lo lejos antes de Großenhain. Entre ellos, la coalición de los que preferirían unirse a nosotros ha ido creciendo. Ya abiertamente, algunos del grupo se rebelan y anuncian que preferirían ir con nosotros cuando nos levantamos para seguir. Pero gana la disciplina de grupo y seguimos solos. Dando un amplio rodeo por el casco antiguo llegamos al precioso parque municipal y luego atravesamos coquetas urbanizaciones de chalés en las afueras. Por un carril bici de kilómetros, pavimentado con adoquines de hormigón, vamos directos a Skassa.

Paisaje antes de Skassa

El brezal de Kleinraschütz se extiende a la derecha de este camino y nos cruzamos con muchos excursionistas que tienen esta zona de recreo, a las puertas de Großenhain, como destino de una caminata o una salida en bici. Tras el puente sobre el Große Röder entramos en Skassa. Delante del parque de bomberos, un hombre está trajinando con un cartel: «Fiesta del vino de Skassa, 3 de octubre». Lástima, para entonces ya nos habremos ido. Justo enfrente veo en el muro del jardín parroquial una señal hacia el albergue. Está aquí, en la casa parroquial. En la entrada de la finca cuelga una gran pancarta, «Principado de Platania», y al lado, de una estructura tambaleante hecha con palos, se balancea una pequeña campana. Me tienta tirar de la cuerda y tocarla, pero mejor no. Prefiero llamar al timbre de la puerta de la casa. Nos abre una niña pequeña, que enseguida vuelve a desaparecer algo asustada. Minutos y minutos…. nada. Por fin aparece la señora de la casa.

Casa parroquial de Skassa

Habíamos avisado de que veníamos y teníamos que llegar antes de las 15:30, porque por la tarde ella quiere ir con sus tres hijos a la misa infantil en Riesa. Así que tiene poco tiempo para nosotros, lo cual tampoco es tan grave, porque nos apañamos enseguida. Lo más importante hoy es una ducha. Porque llevábamos ya dos días sin poder disfrutar de una. ¿Será por eso que la niña salió corriendo? Nos instalamos en dos habitaciones y encontramos también una pequeña sala común. Abajo, detrás de la sala parroquial, hay una cocina muy bien equipada en la que por fin podemos preparar (es decir, calentar) nuestras salchichas de Kamenz, que compré en Königsbrück. Pero todavía queda tiempo hasta la cena. Lavo mis calcetines y una camiseta. Y mientras Andrea y Betina se duchan y también hacen la colada, me acerco a la iglesia, que está cerca y, por suerte, abierta. Me sorprende bastante la bonita decoración y también el muy buen estado del interior. Incluso puedo subir a la tribuna. Y cuando descubro que tampoco está cerrada la puerta de listones que da a la torre, subo por las escaleras de madera, que parecen podridas. Con cuidado intento pisar las tablas solo cerca de las vigas. Me da miedo atravesar el suelo por el estado preocupante de los tablones.

En la iglesia de Skassa

Hago unas cuantas fotos del interesante mecanismo del reloj de la torre antes de volver a bajar con cuidado. Luego cierro todas las puertas y apago la luz. Tengo que darme prisa, porque la iglesia solo está abierta hasta las 18:00. Seguro que a las mujeres no se les ocurriría buscarme en el campanario si me quedara encerrado. Pero llego puntual para la cena. Betina está hablando por teléfono en la cocina cuando entro con estrépito. En realidad no quiero molestarla. Pero antes de que pueda retirarme, sale ella de la habitación. Así que tengo ocasión de preparar la cena. Como siempre, no es muy abundante cuando no encontramos la ocasión de ir a comer, por así decirlo, «fuera». En Skassa, por desgracia, no hay esa posibilidad.

Hay Kamenzer y Krostitzer

Y así, hoy otra vez solo hay salchichas de Kamenz calientes con mostaza de Bautzen y cerveza Ur-Krostitzer, que a Betina, para mi alegría, le encanta. La cerveza se elabora muy cerca de donde vivimos; es, por así decirlo, mi cerveza de casa, aunque desde hace un tiempo la había despreciado, le había sido infiel, por así decirlo. Ya no me sabía bien y además estaba un poco mosqueado. Porque en tiempos de la RDA la cerveza de Krostitz se vendía casi solo «bajo mano». Hacían falta los llamados «contactos» si alguna vez necesitabas una cantidad mayor. Aquello tomó formas grotescas que culminaron en una «guerra de la cerveza de Delitzsch». Los de Bitterfeld, cuya cerveza sencillamente no había quien la bebiera, y que tenían «contactos» en Delitzsch, venían con remolques de coche y se llevaban la cerveza por cajas por la puerta trasera del supermercado. Eso, claro, enfadaba a los sedientos de Delitzsch que se enteraban y que solo recibían «su» cerveza racionada. Algunos sacaron la navaja y rajaron las ruedas de los remolques de los de Bitterfeld. La consecuencia fue una pelea. Hoy parece una locura, algo inimaginable, cuando echas un vistazo a una tienda de bebidas. Seguramente fue esa variedad la que provocó mi infidelidad en materia de cerveza. (Solo como apunte al margen, para entretenimiento general).

En la sala común

Después de cenar nos retiramos arriba, a la sala común. Una luz tenue atraviesa una tela blanca colgada suelta bajo el techo. He conseguido poner en marcha un calefactor que zumba ruidosamente en un rincón. Poco a poco, con el calorcito que va subiendo, también aquí se está a gusto. Nos repantigamos en los cómodos sillones, tomamos algo más y hacemos balance del día. Lo mejor de hoy fue, por supuesto, Helga, que nos invitó sin rodeos a su cocina y nos impresionó muchísimo con su amabilidad. En contraste, las dos dependientas de la gasolinera, a las que en realidad se les paga por ser amables, pero que brillaron por su falta de amabilidad. Y por eso llamo a este día el día de la amabilidad. Una sonrisa, un gesto o una palabra amable, y el hielo se rompe. A menudo ya hemos encontrado esta amabilidad, una sonrisa o un gesto simpático a lo largo del camino. Otros, en cambio, se ponen la zancadilla a sí mismos, miran con cara de vinagre, con desconfianza y sin comprender nada. En realidad, dan pena.

El día de la despedida: Skassa – Strehla

Esta noche ha sido demasiado corta. Aun así, me despierto antes que el despertador. En la penumbra busco desesperado la funda de mi saco de dormir. Hoy no doy pie con bola. Ayer por la noche se alargó demasiado, está claro. Además me despertaba con regularidad. Concretamente cada vez que el calefactor se encendía solo, cada media hora. Al final consigo reunir todas mis cosas y meterlas en la mochila. Hoy pesa bastante menos que ayer.

El camino después de Skassa

Es lunes y Strehla, nuestro destino, es una ciudad pequeña en la que seguro que hay dónde comprar. Andrea tampoco acaba de arrancar. Pero después de un café el mundo ya se ve mejor. Nos despedimos de nuestra anfitriona, que seguramente lleva ya un buen rato despierta, porque tiene que llevar a los niños al colegio. El tiempo decide también hoy mimarnos con sol. Y así vamos entrando en calor en los primeros kilómetros, que discurren por un estrecho camino agrícola casi cubierto de maleza. De todos modos, por la mañana siempre necesito al menos media hora hasta que las piernas hacen lo que tienen que hacer. Pero ya no tiene nada que ver con las primeras etapas, cuando no lo tenían muy claro en todo el día.

En el horizonte, Wacker Chemie en Nünchritz

Wacker Chemie Nünchritz se envuelve en el horizonte en espesas nubes de humo. He pasado muchas veces en coche junto a la fábrica. Pero nunca había visto allí tanto humo. La fábrica está justo a orillas del Elba, antes de Riesa, y en los últimos años se ha ampliado mucho. Nuestros seis valientes compañeros de camino habían ido hasta allí ayer. Pero idílico no parece, la verdad. Torcemos a la derecha, dejando Nünchritz a la izquierda, y vamos por Weißig hasta Roda. Allí, en el Dorfkrug, la familia Linke ofrece a partir de las 11:00 una comida para peregrinos. Por desgracia llegamos demasiado pronto.

Campo de girasoles después de Roda

El tramo a partir de Roda hay que disfrutarlo. Porque después no habrá ocasión en mucho rato. Pasamos junto a grandes campos de girasoles que ya están listos para la cosecha y que por eso ofrecen un aspecto bastante triste. El bosquecillo que viene a continuación será hoy el último. Así que cada uno desaparece una vez más detrás de los arbustos. Ya oímos la transitada B98, con la que nos hemos ido encontrando una y otra vez en los dos últimos días. Ahora tenemos que caminar a su lado un buen trecho, hasta Zeithain, por un carril bici. Pero primero llegamos a Glaubitz. En pleno pueblo, frente al estanque, vemos una pequeña tienda que está abierta.

Bar en Glaubitz

¿Qué hemos aprendido? Primera directiva del peregrino: ¡aprovecha la ocasión! Y ya estamos dentro. Es casi un pequeño supermercado con un bar anexo. Pero el bar todavía está cerrado. Preguntamos por un café y la simpática dueña nos abre el bar. Cogemos algo de bollería de la tienda y así nos quedamos solos en el comedor haciendo una pausa. Las mujeres parlotean animadamente. Va de gatos, o algo así, es lo único que llego a pillar mientras lucho contra los párpados. Ya lo escribí: hoy no doy pie con bola. Estoy cansado. Eso es. Y para eso solo hay un remedio: seguir caminando.

Pausa forzosa antes de Zeithain

Así que pagamos y nos ponemos en marcha hacia uno de los tramos más feos y más pesados de nuestra caminata. Todo el rato por el carril bici asfaltado, a lo largo de la B98, en dirección a Zeithain. Algunos ocupantes de los coches nos miran con una extraña compasión o sin entender nada cuando pasan zumbando. Nosotros también preferiríamos ir por otro sitio, me gustaría gritarles. Poco antes del pueblo, el tráfico ensordecedor nos abandona en dirección a Riesa. En una barrera del tren esperamos a que nos dejen entrar en el pueblo. Zeithain es un pueblo bastante grande y vistoso. Pero lo que viene después es un despropósito. Aquí solo queda cerrar los ojos y tirar para adelante. Porque ahora ni siquiera hay un carril bici que podamos usar. Es una carretera secundaria, sí. Pero por ella circulan un montón de vehículos. Muchos de ellos grandes volquetes que sacan materiales de construcción a montones de la gravera de Zeithain, junto a la que pasamos a toda prisa por esta carretera.

Ejercicios de estiramiento

Me pillo a mí mismo yendo cada vez más rápido para escapar cuanto antes de esta locura. Así que nuestro pequeño grupo se estira un poco. Un buen trecho detrás de mí llega Betina, y mucho más tarde Andrea, arrastrando los pies, mientras yo espero a las mujeres en el desvío hacia Gohlis. Betina se queda tumbada al otro lado de la carretera con las piernas en alto. Está haciendo estiramientos. Quizá sí que he ido demasiado rápido en ese tramo. Andrea tampoco trae buena cara cuando llega. Pero cuando volvemos a estar juntos, prometo que a partir de ahora irá mejor. «En Gohlis llegamos al Elba y luego seguimos por el carril bici del Elba. Seguro que será más bonito», digo con confianza. Pero de momento toca seguir caminando sobre asfalto hasta Gohlis.

Panorámica del Elba cerca de Gohlis

En Gohlis hay muchas obras. Están renovando el alcantarillado. Pero también en las parcelas se ven muchas obras. Aquí, en junio de este año, el Elba volvió a ser un invitado no deseado. Después de la gran crecida del siglo de 2002, cuyas marcas del nivel del agua se ven en muchas fachadas, este año el agua volvió a subir casi hasta la misma altura. Se nota que algunos en el pueblo tiraron la toalla después y se marcharon. Nos alejamos de la calle principal y ya estamos en el carril bici del Elba.

Todos quieren salir en la foto

A nuestra izquierda el río brilla al sol y en los jugosos prados del Elba hay unos cuantos ponis que se meten en la foto cuando los fotografiamos. Viéndolo así, cuesta imaginar cómo es posible que este río suba tanto. Entre la superficie del agua y el camino hay unos cuantos metros de desnivel. Delante de algunas parcelas, los propietarios han levantado ellos mismos muros contra las inundaciones con tablestacas. Pero tampoco este año pudieron evitar que se inundaran las plantas bajas de las casas. En muchas casas se ve que la planta baja todavía no está habitada y que las ventanas siguen abiertas para ventilar. El revoque está picado y no se renovará hasta que las paredes vuelvan a estar secas.

Larga pausa junto al Elba

Miramos hacia el otro lado y vemos el idilio de la corriente que fluye tranquila. En un rincón resguardado del viento, bajo un árbol, hacemos un alto, nos tumbamos en la hierba, comemos algo y nos quedamos traspuestos. El sol nos quema la cara y por la noche tendremos la punta de la nariz quemada. Esta calma es una maravilla después de la carretera ruidosa. Disfrutamos del momento y no decimos gran cosa, para no romper la tranquilidad. Las botas de montaña están en la hierba y los calcetines pueden airearse. No sé cuánto tiempo estuvimos allí tumbados. Y si yo no hubiera dado la señal de partida, nos habríamos quedado hasta la noche. Al levantarme no puedo contener un quejido. El suelo era bastante duro, y las piernas ya se notan después de esta marcha forzada.

Sobre el dique del Elba

Paseamos despacio por el dique del Elba. Ya se ve Strehla, nuestro destino, y también el transbordador con el que queremos cruzar el río. Atravesamos una pradera muy amplia en la que se alza toda una armada de postes de iluminación, aparentemente sin sentido. Porque debajo no hay más que hierba. Decido preguntarle al barquero qué significa aquello. Esperamos pacientes en el embarcadero hasta que en la otra orilla se mueve algo y el pequeño transbordador a motor se acerca rápidamente. Igual de rápido que vino, llegamos nosotros a la orilla de enfrente. Apenas me da tiempo a hacer un par de fotos.

Transbordador de pasajeros en Strehla

Rápidamente le pregunto al barquero por los postes de luz. Primero me toma el pelo y dice que es un campo de golf. «¡Sí, claro!», le digo. «¡Ahora en serio!», le insisto para que diga la verdad. «Es un recinto de fiestas», dice entonces. Uf, pues tienen que ser unas fiestas enormes las que se celebran aquí. Tendré que estar atento. Cuando bajamos de la barca y subimos por la empinada calle empedrada, Betina dice de repente que su viaje probablemente termina hoy. Nos paramos en seco y le preguntamos qué pasa. Betina tiene problemas con el tobillo y prefiere dejarlo antes de que vaya a peor. Una vez nos había contado la historia de su tobillo y podemos entender su decisión, por triste que sea. Para mis adentros me pregunto si no habré ido demasiado rápido hoy, cuando el tramo era tan aburrido.

Ayuntamiento de Strehla

Despacio y algo abatidos subimos hacia la ciudad. En la plaza del mercado me detengo y veo cómo las dos mujeres desaparecen en una tienda. Vuelven con las bolsas llenas y buscamos la dirección del alojamiento. Tendría que estar cerca de la iglesia, cuya torre se alza ante nosotros, imposible no verla. Vamos en esa dirección, pasamos por el cementerio junto a la iglesia y nos plantamos ante la casa parroquial. Dentro todo está a oscuras. Llamamos al timbre y no contesta nadie. En la ventana cuelga, como siempre, una nota con los datos de contacto. Primero contesta al teléfono el párroco, pero dice que no está en Strehla. Que vayamos a ver a una señora justo enfrente. Allá que voy. Pero sin éxito. Ni responde a mis insistentes timbrazos ni la veo detrás de la casa, en el jardín, donde también miro siguiendo la indicación del párroco.

El albergue de Strehla

Al albergue se llega a la izquierda de la casa parroquial, por una puerta de reja abierta. Está, por así decirlo, justo detrás de la casa parroquial. Es un edificio coqueto de dos plantas y nos causa buena impresión. ¿Pero de qué sirve si no podemos entrar? Cada 15 minutos vuelvo a probar suerte con el timbre de enfrente, sin éxito. Luego camino un buen trecho buscando el albergue juvenil, que aquí en Strehla es una alternativa. Pero cuando me parece que está demasiado lejos, me doy la vuelta y vuelvo a llamar al párroco. Este me explica amablemente que la señora en realidad debería estar, pero me da otro número de teléfono en Strehla. Llamo allí y explico la situación. «¡No hay problema!», me dicen, y «ahora mismo voy». Vuelvo hacia delante, a la casa parroquial, para esperar a nuestra salvadora. Entonces se me acerca una mujer y me pregunta si he llamado a su timbre. Los vecinos le habían dicho que había venido alguien que casi le arranca el timbre. «Bueno, tampoco he llamado tan fuerte, y el timbre sigue en su sitio», le digo en broma. Como si lo hubieran acordado, en ese mismo momento aparece también por la esquina la señora a la que acabo de llamar. Tengo que volver a dar explicaciones y me disculpo por mi impaciencia.

El dormitorio

A continuación nos dejan entrar y en la planta de arriba encontramos un dormitorio bonito, grande y luminoso, con 6 camas. Arriba hay además una cocina grande y abajo los aseos y las duchas. Hay incluso lavadora y secadora. Este albergue es muy recomendable, digo yo. Mientras las mujeres se ponen guapas, cojo mi cámara y vuelvo a la ciudad. Cada vez que pasaba en coche por Strehla me llamaban la atención dos torres. Y siempre había querido saber a qué pertenecían y verlas de cerca. Ahora ya lo sé. Pertenecen al castillo de Strehla, una antigua fortaleza que, después del Albrechtsburg de Meißen, es la más antigua de Sajonia.

Castillo de Strehla

Ya antes del año 900 se dice que aquí había una fortificación eslava. Solo hacia 1550 se convirtió en palacio. El conjunto es una mezcolanza de distintas épocas, del gótico tardío al Renacimiento. Expropiado en 1945, en tiempos de la RDA se usó como orfanato. Durante esa época se derribaron muchos edificios anexos. Hoy el castillo vuelve a ser de propiedad privada y se ha restaurado en parte. Partes del antepatio se usan como viviendas. Es cierto que aquí muchas cosas siguen necesitando una restauración. Pero la visita merece la pena en cualquier caso. Así que, tras añadir unas cuantas fotos más a mi tarjeta, vuelvo al albergue.

Las dos torres del castillo

Para celebrarlo, hoy decidimos cocinar algo. Andrea le dice a Betina: «Para que disfrutes de sus dotes culinarias antes de despedirnos». Aunque en realidad no estamos muy de celebración. Andrea y yo nos ponemos en marcha para buscar el supermercado. Tras algunos rodeos lo encontramos y, después de pensarlo un poco y buscar entre las estanterías, decido hacer pasta. Con ella ya conseguí apuntarme tantos con el público femenino en el Camino Francés, aunque entonces todas pasaban de largo de los sesenta. Cargados hasta arriba arrastramos nuestras bolsas de vuelta y empiezo enseguida con los preparativos.

Por supuesto, también hay unas cuantas botellas de Krostitzer y de vino tinto. Con la pasta hay ensalada y además Betina me ha dado un trocito de pescado ahumado. La cena se celebra por todo lo alto. No acabo de estar del todo contento con la salsa de la pasta (se me había olvidado el ajo), pero todos hemos quedado saciados. Hoy celebramos nuestra despedida de Betina y, pese al motivo más bien triste, nos lo pasamos muy bien. «Cuando tengas el pie bien otra vez, hacemos juntos el resto», le digo, y no en broma.

El día de las vistas: Strehla – Börln

No sé por qué, pero hoy levantarse no tiene ninguna gracia. Mientras hacemos las mochilas y nos arreglamos, Betina ya está preparando el desayuno. Nos comemos los panecillos casi en silencio. «Pero seguimos en contacto y un día venís a vernos», rompe Betina el silencio. «Claro que sí», digo escuetamente. Y quien me conoce sabe que lo digo en serio. Con muchas de las personas que encontramos en nuestros caminos seguimos en contacto todavía hoy. Hace poco nos visitó Thomas, de Baviera, a quien conocimos en 2011 en el Camino Francés, en España. O Martin, de Suiza, con quien hablo por Skype con regularidad. Y luego están los muchos correos que van y vienen una y otra vez, de Iva desde Chequia, de Jürgen desde Ulm o de Andrea desde Dortmund. De verdad que hemos encontrado buenos amigos en nuestros caminos de peregrinación. Y ahora es de Betina de quien, por desgracia, tenemos que despedirnos hoy.«Lo de despedirme no es lo mío», dice cuando estamos abajo, delante del albergue. «Lo mío tampoco», digo, e intento disimular que tengo los ojos húmedos. A Andrea también le afecta la despedida. Lo noto. Nos abrazamos y, al alejarnos, nos damos la vuelta unas cuantas veces más. Luego ya nos hemos ido y estamos solos. A Betina la recoge su marido en coche y pasará el resto del día en Strehla.

Paisaje en el Liebschützberg

Salimos de la ciudad en silencio. Esta mañana vuelve a hacer bastante frío. En los jardines vemos que ya ha habido heladas nocturnas. Todavía hay un ligero velo sobre los campos. Pero el sol se encargará de que no dure mucho. Nuestro primer objetivo del día es el Liebschützberg, una elevación al norte de Oschatz que se ve desde muy lejos. La loma tiene 198 metros de altura y, como el cercano Collmberg, es un punto de referencia que se reconoce bien a distancia. Por voluntad de algunas empresas de materiales de construcción del sur de Alemania, su geología iba a ser la perdición del monte en 2003. Estaba previsto extraer granodiorita, un tipo de granito, en una superficie de 44 hectáreas. La zona de extracción se encuentra al cien por cien dentro de un espacio de protección del paisaje, y la oposición no se hizo esperar. Una iniciativa ciudadana, junto con la asociación sajona de protección de la naturaleza, intentó salvar el paisaje de las excavadoras. Probablemente con éxito, porque ahora, en 2013, todavía no se ve ni rastro de una cantera.

Molinillo de viento y vistas hacia Oschatz

El terreno sube suavemente y, a lo lejos en el sur, vemos entre la bruma las dos torres inconfundibles de Sankt Aegidien en Oschatz. Con cada paso las vistas se vuelven más impresionantes. Al nordeste miramos hacia la vega del Elba hasta Mühlberg, donde se ve humear la torre de refrigeración y la chimenea de la fábrica de azúcar. Al noroeste se extiende la gran zona boscosa de la Dahlener Heide. Y en primer plano, el pueblo de Laas se acurruca junto a la loma. Al suroeste, detrás del pueblo de Liebschütz, va surgiendo cada vez con más nitidez de la bruma el Collmberg, de 320 metros, con su gran antena de transmisión y la torre Albertturm.

En el Liebschützberg

El Collm es la elevación más alta del borde oriental de la Leipziger Tieflandsbucht, la llanura de Leipzig. Ahora estamos a punto de llegar a la cima del Liebschützberg y el panorama es fantástico. En un recinto vallado se alza el viejo molino de viento de pivote, que en este momento está cubierto de andamios porque lo están restaurando. También aquí arriba hay desde hace algún tiempo una estructura de madera con una campana que se toca durante las misas al aire libre. El Liebschützberg tiene muchos usos. Además de actos y actividades de ocio, la mayor parte del año es un lugar de calma y descanso. Y que aquí arriba puede haber soledad y tranquilidad nos lo demuestra la presencia de unas cuantas grullas. Las tímidas aves migratorias están a gran distancia en la ladera y nos observan. Si nos acercamos, levantan el vuelo, vuelan un trecho y así restablecen la vieja distancia de seguridad. Pero a ratos también es distinto. Porque cada año el monte atrae a miles de habitantes de los municipios de los alrededores, que celebran aquí grandes eventos como la hoguera de Pascua, la fiesta del Liebschützberg, el festival internacional de cometas y también las ya mencionadas misas al aire libre.

Cuesta abajo hacia el oeste

Todo esto se puede leer aquí arriba en grandes paneles informativos, y he intentado quedarme con algo. ¿Por qué no tengo ninguna foto de ellos, por cierto? No nos quedamos mucho rato aquí arriba, porque el viento sopla con ganas. A partir de aquí todo es cuesta abajo, sin parar, hasta Lampertswalde. Justo a la entrada del pueblo caminamos junto a un muro alto y grueso y en la puerta nos encontramos con una concha de Santiago de madera. ¡Pues vamos a echar un vistazo! Detrás del muro se esconde un auténtico pequeño paraíso. Lo que atrae la mirada es un plátano de sombra muy viejo y muy grueso. Está en el parque de un palacio, con estanque e isla, tal como uno se lo imagina.

Parque del palacio de Lampertswalde

Entre los árboles hay cables tendidos de los que cuelgan paraguas. ¿Qué querrá representar esto?, pienso, y al principio supongo que se trata de una obra de arte. Pero no: son pantallas de lámpara. Por todo el parque cuelgan las pantallas de colores y debajo, portalámparas con bombillas. ¡Qué idea tan bonita! Dos operarios están recogiendo y rastrillando hojas. Saludamos amablemente y vemos la terraza de un pequeño café, donde alguien ya está trajinando. «¿Ya está abierto?», pregunto. «Pues entonces abrimos», dice el dueño. Los dos operarios también aprovechan enseguida el café para hacer una pausa.

Parque del palacio de Lampertswalde

Nos sentamos al sol, miramos los cisnes en el estanque del palacio y pedimos que nos traigan café y pastel. ¿Qué puede haber más bonito? Vale, yo me he comido una salchicha. Ahora intento avisar en Börln de que llegaremos, pero me doy cuenta de que el número de teléfono o no es correcto o está incompleto. Así que llamamos a Betina, en Strehla, ya que ella lleva una guía del peregrino. Está en la ciudad y, claro, no la lleva encima. Pero más tarde nos devuelve la llamada y nos da el número correcto. (Ahora que lo pienso, también tengo que cambiarlo en mi tabla. Por cierto, falta una cifra.) El palacio de Lampertswalde propiamente dicho ya no existe. Estaba en la isla grande del estanque, es decir, era un palacio rodeado de agua. Solo quedan algunos edificios anexos.

Parque del palacio de Lampertswalde

Todo el conjunto da una impresión muy cuidada. Pero no hace mucho que es así. Después de que los nazis expropiaran a los propietarios, el recinto se fue deteriorando a ojos vista. Tras la guerra, en 1947, se derribó el palacio. El parque se volvió salvaje, el foso se rellenó con escombros y el estanque se quedó sin agua. Después de la caída del Muro, los vecinos del pueblo se hicieron cargo del parque y ya en 1994 el conjunto estaba restaurado con su estructura actual. Impresiona de verdad todo lo que es posible cuando un pueblo se mantiene unido. El parque y el Burgcafé se han convertido en un punto de atracción para los alrededores, para turistas, senderistas y, naturalmente, también para peregrinos. Después de reponer fuerzas, damos otra vuelta por el parque y salimos del pueblo por la Axelallee.

El camino antes de Dahlen

Lampertswalde es un pueblo que se alarga muchísimo. Y no es hasta dos kilómetros y medio más al oeste cuando de verdad lo dejamos atrás. La siguiente meta intermedia es la pequeña ciudad de Dahlen. El campanario se ve ya desde lejos. El camino hasta allí es bastante idílico y pasa por un terreno ligeramente ondulado, junto a un gran estanque, hasta la entrada este de la ciudad. Casi siempre se ve al sur el Collmberg, que ya hemos dejado atrás. En los campos de alrededor hay muchos ciervos, que huyen asustados cuando nos acercamos. Entramos en Dahlen bajando por un sendero estrecho y empinado desde el Burgberg.

Paisaje antes de Dahlen

Dahlen de verdad que no es grande. Así que enseguida estamos en la plaza del mercado, donde nos sentamos en un banco justo al lado del «Sackhupper». Según una leyenda, Dahlen se ha hecho conocida también como la «ciudad del Sackhupper», el que salta en saco. Lo cierto parece ser que en el siglo pasado el dueño de un negocio de carros organizaba cada año una fiesta infantil y, como nueva diversión, se le ocurrieron las carreras de sacos. A esa historia está dedicado este divertido monumento. Aunque seguro que entonces en los sacos de yute no ponía «LPG Dahlen». Miramos a nuestro alrededor y descubrimos una pequeña panadería.

Monumento al Sackhupper en Dahlen

Además, ya es hora de reponer un poco las fuerzas y de tomar un café. En casa nunca bebo tanto café como aquí. Pero ¿qué otra cosa vas a hacer cuando no estás caminando? Así que entramos en la tienda. Para la noche y el desayuno no nos vendrían mal unos panecillos, y para ahora, dos cafés y dos trozos de tarta de fruta. Hay tarta de ciruela, mi dulce favorito. Y de alguna manera la simpática dependienta debe de habernos notado que preferiríamos tomarnos el café sentados. Y en un momento pone dos sillas y una mesita diminuta junto al mostrador. En el local de verdad que no hay mucho sitio y tenemos que apretujarnos un poco en el rincón para que los clientes aún puedan entrar.

En la panadería

Pero estamos sentados y le estamos muy agradecidos a la mujer. Al salir de la ciudad pasamos por delante de una tienda ecológica. Allí nos abastecemos de bebidas. Y ya vuelve a pesar mi mochila tanto que suelto un pequeño gemido al ponérmela. El tramo siguiente va durante mucho rato por una carretera asfaltada en dirección a Bortewitz. Solo al cabo de unos 2 kilómetros sale a la izquierda una pista agrícola bordeada de un montón de frutales. Caminamos sobre una alfombra de peras que se van pudriendo. Las avispas se agolpan entre ellas y se dan un festín. No sé si es que la gente es demasiado cómoda o si está prohibido coger la fruta. En cualquier caso, antes yo siempre iba con mi padre a recoger fruta y la llevábamos al lagar, donde más tarde se convertía en mosto o vino de frutas. Hoy todo se echa a perder en las carreteras y los caminos. Eso me molesta un poco, pero tampoco puedo cambiarlo. Parece que la gente prefiere comer fruta de Nueva Zelanda.

Casa parroquial de Börln

Como a pesar de tener ya el número de teléfono completo no hemos conseguido hablar con nadie de la casa parroquial de Börln, empezamos a pensar dónde más podríamos pasar la noche cuando vemos grandes balas de paja al borde del camino. «¡Solo en caso de extrema necesidad!», pienso cuando Andrea lo propone. Luego entramos en el pueblo. De haberlo atravesado en coche recuerdo que aquí hay muchos cercados para caballos, cuadras y un hotel. Justo estamos pasando por delante de este último y vemos que está cerrado. El resto del pueblo también da una impresión de «cerrado». Casi la mitad de las granjas están vacías. Es raro, la verdad. En Lampertswalde vemos un pueblo floreciente, con casas bonitas y vecinos comprometidos. Y aquí, no tan lejos, todo se va a pique. El polideportivo parece seguir siendo un punto de encuentro popular. Por todas partes hay carteles que anuncian tenis de mesa en el pabellón. Y la heladería funciona bien, cosa que comprobaremos más tarde. Andrea hoy también ha «caminado bien», pero lo primero es quitarnos las mochilas de encima. La casa parroquial la encontramos enseguida gracias a la buena señalización. También aquí hay una nota en la ventana con personas de contacto. El segundo número funciona. Contesta una voz de mujer que nos dice que todavía está en Dahlen y que estará con nosotros en 20 minutos. Nos sentamos en el jardín de la parroquia bajo una especie de cenador y miramos cómo un hombre trajina en el muro de piedra natural de la finca. Él tiene la llave del garaje, pero no la de la casa. Pero entonces llega un coche y nos dejan entrar.

La iglesia de Börln

La mujer nos enseña la sala común y, al lado, la (bueno, digamos) cocina, en la que también están los aseos y la ducha, separados con tabiques. La sala la usa la parroquia. En el centro hay una mesa grande con muchas sillas y lo primero que nos preguntamos es dónde podremos dormir. Entonces descubro unos cuantos colchones plegados encima del armario. Y asunto resuelto. La mujer se despide advirtiéndonos de que puede que esta noche haya aquí algún acto. Así que, para no molestar, de momento lo dejamos todo en las mochilas, las ponemos en un rincón y nos vamos a la heladería.

Andrea ha «caminado bien»

Porque Andrea ha «caminado bien». Nos sorprenden de verdad la oferta y la cantidad de gente. En la terraza ya hay algunas mesas ocupadas y, cuando nos unimos, sigue llegando cada vez más gente. Hay sobre todo helado suave. En distintas variantes también se puede llevar a casa en cantidades más grandes. Parece que funciona bien, digo. Y el helado está realmente bueno, tengo que reconocerlo, aunque no soy un gran aficionado a los helados. Después de la heladería damos una vuelta más por el pueblo. La iglesia está cerrada, la casa señorial también ha conocido tiempos mejores y una y otra vez tenemos que ver granjas abandonadas. El pueblo está prácticamente muerto, a no ser que ocurra un milagro. Tampoco la mujer que nos había abierto rebosaba precisamente optimismo en lo que respecta al pueblo.

Junto al estanque

Al final nos sentamos junto a un gran estanque cuya agua brilla con el sol que ya va cayendo; detrás de nosotros, cómo no, una casa abandonada. Así que terminamos el paseo y volvemos a la casa parroquial. Al menos por fuera, esta da una impresión sólida. Bajo los colchones del armario y Andrea vuelve a barrer antes de que yo los ponga en el suelo. No somos especialmente maniáticos. Pero Andrea parece ser la primera en mucho tiempo que coge una escoba aquí. Como vamos a dormir tan cerca del suelo, es mejor así. Sobre el piano, que alguien ha pintarrajeado de blanco (¿a quién se le ocurre algo así?, pregunta Andrea), hay un equipo de música. Consigo ponerlo en marcha y así lleno la sala con un poco de música para la cena.

A la cama

Hoy no trasnochamos. Betina todavía nos manda un SMS diciendo que ya casi está en casa. Escribe que en una tienda de bebidas ha conseguido hacerse con una caja de Ur-Krostitzer. Me hace sonreír y pienso en la guerra de la cerveza de Delitzsch. Andrea ya está dormitando y yo, después de terminarme la cerveza, también me voy al colchón. La radio nos canta hasta que nos dormimos y sigue sonando toda la noche. Mañana es nuestro último día.

El último día: Börln – Wurzen – Nepperwitz

¿Y eso? ¿Por qué hoy ya es nuestro último día? ¿Si todavía estamos por lo menos a dos días de casa? Aquí va la explicación: es culpa de nuestro paso tranquilo. Teníamos un calendario bastante fijo. Y según ese plan, el 2 de octubre teníamos que estar en casa. Pero acortamos la etapa a Panschwitz-Kuckau y nos quedamos en Crostwitz. Por culpa del tiempo, en Kamenz habíamos terminado la etapa mucho antes de lo previsto. Así acumulamos un día de retraso que en 200 kilómetros no se puede recuperar. Visto así, todo encajó. Porque de lo contrario nunca habríamos conocido a nuestra simpática compañera de viaje. Pero volvamos a lo que pasó en el día:

En la panadería de Börln

He dormido bastante bien en los colchones. Como podíamos elegir y no llegó nadie más después de nosotros, nos puse directamente dos colchones uno encima de otro. Era bastante cómodo. Hoy, el último día, no tenemos que preocuparnos por el desayuno. En Börln hay una panadería y, por lo que vimos ayer en nuestra vuelta, hoy debería volver a estar abierta. Así que recogemos rápido nuestras cosas. Vuelvo a subir a pulso los colchones al armario y enseguida cerramos tras nosotros la puerta de la casa parroquial. La panadería está abierta de verdad, pero no me da la impresión de que vaya a seguir así mucho tiempo. El estado del mobiliario de la tienda es desastroso y al local tampoco le vendría mal una mano de pintura. No quiero ni saber cómo estará la parte de atrás. Mientras estamos sentados sorbiendo el café, tengo tiempo para fijarme mejor. Y es que esas cosas saltan a la vista. Durante todo el rato que pasamos allí desayunando solo entra una clienta. Cuando cruzamos el pueblo, está como muerto. Otra cosa me habría extrañado.

La mañana en el parque de Börln

Atravesamos el parque, donde el sol pinta puntos de colores en el suelo. Poco antes de Heyda giramos a la izquierda por una bonita avenida de tilos. También aquí vuelve a haber un montón de setas, que se ven ya desde el borde del bosque. Un cartel nos dice que aquí hay una cantera y también un mirador desde el que se puede asomar uno sin peligro al agujero. El mirador no lo encontramos. Pero entre la maleza hay estrechos senderos pisados, y los seguimos. Y de pronto estamos ante un gran lago cuyas orillas rocosas y escarpadas delatan que aquí hay una cantera.

Cantera de Dornreichenbach

No parece que aquí se siga extrayendo pórfido. Porque los accesos ya están bastante cubiertos de vegetación. Pero por todas partes hay carteles que hacen referencia a la «Dornreichenbacher Quarzporphyrwerk GmbH». Seguimos y llegamos a Dornreichenbach. Es un pueblo bastante vistoso, con un palacio, su parque, un escenario al aire libre y un pequeño recinto de animales. Para un pueblo tan pequeño, con apenas 500 habitantes, es todo un lujo y otra prueba más de que se puede, cuando los vecinos comprometidos se unen. Pasado Dornreichenbach sigue de nuevo un camino muy bonito a campo abierto.

Señal pasado Dornreichenbach

Las hileras de árboles muy juntas a derecha e izquierda del camino delatan que es muy antiguo. En algunos de esos árboles cuelgan notas plastificadas con versículos de la Biblia. Aquí alguien se ocupa con mucha dedicación de este tramo del camino. En general puedo decir que todo el camino hasta ahora ha estado muy bien señalizado. Una vez que te acostumbras al sistema y piensas como quien colocó las señales, no necesitas mapas. Parece que hay dos historias distintas de señalización: una bastante antigua, de 2003, y otra más reciente. La señalización antigua consiste sobre todo en símbolos de concha estampados con plantilla sobre fondo azul. Las pequeñas señales cuadradas están pintadas en postes, árboles u otras cosas que no se pueden quitar fácilmente. Pero con los años muchas veces han quedado tapadas por la vegetación o por otras cosas. Las señales más modernas tienen un aspecto más profesional, es decir, están impresas de verdad y pegadas como adhesivos, también en soportes adecuados.

¿Qué es esto?

No he podido detectar vandalismo ni señales que falten de forma evidente. Los vecinos conocen el camino, lo respetan, lo valoran y saben el sentido y la finalidad de un camino así. Muchos pueblos han aprovechado la existencia de este camino para promocionarse. Se nota en los tablones de anuncios de los pueblos, en los bancos colocados expresamente para los peregrinos o en su presencia en internet (si la tienen). Los albergues registran un aumento constante de pernoctaciones, no en último lugar gracias a la muy buena infraestructura del Ökumenischer Pilgerweg. Claro que también hay cosas que se pueden mejorar. Como ya ocurría en el camino de peregrinación por Mecklemburgo y en el tramo de la Via Regia que recorrimos en 2012, hay diferencias bastante grandes entre los alojamientos para peregrinos. Se puede constatar que las ofertas privadas se llevan a cabo con mucho empeño y cariño, mientras que el entusiasmo por la afluencia de peregrinos en algunas casas parroquiales deja a veces que desear. Puede deberse a la sobrecarga de los párrocos, pero también a la falta de interés de la parroquia correspondiente. En cualquier caso, se puede afirmar que en este camino los organizadores han conseguido reunir suficientes alojamientos adecuados para peregrinos. Por adecuados para peregrinos entiendo, en este contexto, un equipamiento económico y práctico, y la posibilidad de conversar o también de recogerse interiormente (si se desea). Hasta aquí un primer balance. Al fin y al cabo, estamos en la última etapa.

Molino de viento de pivote de Kühnitzsch

Mientras tanto, claro, hemos seguido caminando. A la derecha, algo apartado de la «Alte Dorfstraße», como se llama este tramo, vemos un molino de viento de pivote muy bien restaurado. El molino de Kühnitzsch es un monumento técnico y lo cuida la asociación local Heimat- und Schulverein Kühnitzsch/Körlitz e.V. Se construyó en 1812 y funciona perfectamente. Lo especial de este molino es que lo orienta al viento un tractor Lanz Bulldog tirando de la lanza. Este tipo de molino de viento está muy extendido aquí, en el centro y el norte de Sajonia. Cada año, en Pentecostés, se celebra el Día de los Molinos. Ese día todos los molinos están abiertos y se puede ir en bici o en coche de molino en molino. A menudo no solo se enseña el molino, sino que también hay otras actividades, como exposiciones, ferias o bailes.

En Körlitz

Pero dejamos el molino a la derecha y llegamos a Körlitz. En el pueblo el camino se divide y se puede tomar el trazado original por la carretera asfaltada entre pueblos o la variante por un camino de tierra hasta Roitzsch. Los dos están bien señalizados. Pero el más bonito, por el camino de tierra, es un kilómetro más largo. Todo eso pone en un cartel bajo las señales en Körlitz. Nos decidimos por el más bonito de los dos, pero nos llevamos una pequeña decepción cuando al final tenemos que caminar un tercio del recorrido por una carretera asfaltada. Cuando, pasado un parque solar, giramos a la derecha por un camino de tierra, ya vemos las torres características de la ciudad de Wurzen.

Wurzen a la vista

Son sobre todo las torres de la catedral de St. Marien, de la Wenceslaikirche y de la «Keksbude», la «caseta de las galletas», como la gente sigue llamando a la «Wurzener Dauerbackwaren GmbH». Al borde del camino hay grandes plantaciones de manzanos y campos de fresas. Mientras que estos últimos, naturalmente, hace tiempo que están cosechados, los manzanos están cargados hasta reventar. Parece que el camino va a pasar de largo por la izquierda de Wurzen, pero de repente gira bruscamente a la derecha y así, pasando junto a un pequeño lago, volvemos al trazado original en el barrio de Roitzsch. Ahora ya solo quedan unos cientos de metros hasta el centro de Wurzen, la ciudad de las galletas y de Ringelnatz. A las galletas ya llegaremos. Joachim Ringelnatz es el hijo más ilustre de Wurzen. Nació aquí y su casa natal en el Crostigall es un destino de excursión muy popular. El Crostigall es un barrio de Wurzen que se considera el origen de la ciudad. Wurzen recuerda a Ringelnatz con una fuente que se instaló en la plaza del mercado en 1983, con motivo de su centenario, con la colección dedicada a él en el museo y con una ruta señalizada, el Ringelnatzpfad. Por toda la ciudad se ve el conocido rostro del famoso escritor, humorista, artista de cabaret y pintor.

Saludo de bienvenida en la Jakobsplatz de Wurzen

Lo que vemos ahora en la Jakobsplatz es un saludo de bienvenida especial de la ciudad a los peregrinos de la Via Regia. En medio de la plaza, en el adoquinado, hay una concha incrustada en mosaico y dos piedras señalan la dirección de la que venimos, «Görlitz 195 km», y la meta del camino, «Santiago de Compostela 2918 km». Sobre esta última cifra, eso sí, se puede discutir. Porque pasado Erfurt vimos el año pasado un cartel según el cual aún quedaban más de 3000 kilómetros. Pero es que hay por lo menos tantos caminos a Santiago como a Roma. Aprovechamos la parada en la Jakobsplatz para comernos una salchicha a la parrilla y, mientras hago cola en el puesto, Andrea charla con dos mujeres que nos han reconocido como peregrinos y ahora tienen algunas preguntas. Cuando por fin están listas mis salchichas, Andrea vuelve a estar sola en el banco.

Albergue de peregrinos «zur Kräuterfee» en la Jakobsgasse

Me siento con ella y vuelvo a tener tiempo de mirar a mi alrededor, y descubro más referencias al camino de peregrinación. Estamos sentados en la «Jakobsplatz», hay un «Jakobs Eck» y aquí sale una «Jakobsgasse». «¡Vamos por esa!», digo, y paseamos por la estrecha calle, pasando por delante de la «Kräuterfee». En la puerta de la tienda lo pone: Pilgerherberge, albergue de peregrinos. Lástima, seguro que habría sido interesante. Betina había comentado alguna vez que quería dormir aquí. Por desgracia, al final no pudo ser. Pero nosotros seguimos hacia el mercado. Hacía mucho que no venía a Wurzen y recuerdo el mercado solo gris y negro. Aquí y allá ya vuelve a desconcharse, pero por lo demás la plaza del mercado resplandece con colores frescos.

Mercado con la fuente de Ringelnatz

Por todas partes se ven edificios renacentistas y barrocos que, junto a viviendas más recientes y edificios comerciales con ricas fachadas modernistas, crean un ambiente propio. A Andrea, por cierto, la fuente de Ringelnatz, que está en el extremo inferior del mercado, le parece horrorosa. Y eso que pasaron nada menos que 10 años desde el primer concepto hasta su realización. Pero yo creo que a Joachim le habría gustado, porque la fuente encaja con su humor algo estrafalario. Unos escalones hacia arriba y estamos delante del Domcafé. Hace sol y nos sentamos fuera para tomar, otra vez, un café. Es una maravilla estar sentado en la plaza del mercado de una ciudad mirando a la gente.

Mercado de Wurzen

Es mediodía y reina una tranquilidad muy agradable. A este lado del mercado, ya de camino a la Domplatz, la acera es una especie de balcón al que se sube por escaleras, la llamada Liegenbank. Detrás de rejas de hierro forjado, los restaurantes y cafés ponen sus mesas y desde aquí hay una bonita vista del mercado y de algunas callejuelas cercanas. En la Wenceslaikirche, que tenemos delante sobre el Sperlingsberg, dan las 12. Todavía tenemos muchísimo tiempo. Porque hasta Nepperwitz, nuestro final de hoy, ya no queda mucho. Así que paseamos por la Domstraße, pasando por el museo de la ciudad, hasta el palacio.

Palacio de Wurzen

El palacio de Wurzen se considera el más antiguo del área de habla alemana. Ya en el siglo X parece que hubo en el mismo lugar un conjunto parecido. La existencia de un foso alrededor del macizo edificio y de los restos de un antiguo puente levadizo marca la transición arquitectónica de un castillo defensivo medieval a un palacio residencial. Conozco el palacio bastante bien, porque en tiempos de la RDA se instaló aquí la comisaría de distrito de la Volkspolizei, y yo, en el servicio técnico de la policía, era responsable, entre otras, de esta dependencia. Siempre era todo un reto cuando, por ejemplo, había que tender cables. Se intentaba hacer el menor daño posible a estos viejos muros, porque se les tenía respeto. Pero no siempre se podía evitar actuar con mano algo más dura. Todavía me acuerdo de que una vez, para un cable de 2 centímetros de grosor, tuvimos que abrir un boquete de medio metro en la pared, porque justo en ese punto había una gran piedra metida en el muro de un metro de espesor. Unos años después de la caída del Muro, la policía se trasladó a un edificio moderno, el palacio se rehabilitó y se instaló en él un hotel.

Catedral de St. Marien

Frente al palacio está la catedral de St. Marien. Nunca la he visto sin andamios. Y también esta vez hay un andamio en el patio del palacio. Todas las puertas de este lado están cerradas. Volvemos a la Domplatz a buscar una puerta abierta de la catedral. En ella nos piden comprensión porque el interior de la catedral está vigilado con cámaras, ya que una y otra vez se producían robos. ¡Hay que ver qué gente hay! En 1114 el obispo Herwig de Meißen consagró la catedral como basílica de pilares. La catedral románica es uno de los edificios religiosos más antiguos e interesantes de Sajonia y el testimonio arquitectónico más antiguo de Wurzen. La historia de la catedral es apasionante. A mediados del siglo XV ardió por completo y a principios del siglo XVI se reconstruyó.

El expresivo grupo de la Crucifixión en la catedral

Después de la Guerra de los Treinta Años y de la Reforma, las torres recibieron sus cúpulas barrocas. A principios del siglo XIX se reformó en estilo neogótico y en los años treinta del siglo pasado la catedral adquirió su aspecto actual. Además, la entrada se trasladó a la torre y el profesor Wrba, de Dresde, creó el expresivo grupo de la Crucifixión y el púlpito. Cuando salimos de la catedral, busco las señales del camino. Encuentro una en la Domplatz, justo delante de la entrada al palacio. Es un poco engañosa, porque podrías pensar que señala hacia el patio del palacio. Pero no: el camino pasa por la izquierda del palacio, baja unas escaleras desde el Schlossberg y llega a la Muldengasse. Aunque esto no parece en absoluto una callejuela, sino más bien una calle para lucirse.

La «Keksbude»

Los gruesos tilos, en cualquier caso, fueron en su día lo bastante representativos para la entrada de la «Keksbude». Pasamos por delante del gran portón del recinto de la fábrica y vemos las dos torres del molino con toda su mole. Son lo primero que te llama la atención, vengas de donde vengas hacia la ciudad. Desde 1847 aquí se fabrica bollería fina y galletas. En tiempos de la RDA, «Wurzener» era el productor más importante de estos productos. Después de la caída del Muro, el grupo De Beukelaer se hizo cargo de la empresa. Pero «Wurzener» se sigue vendiendo como marca. Los históricos edificios de la fábrica se restauraron con gran esmero y sobre todo las torres del molino se consideran un emblema de la ciudad visible desde muy lejos. El camino va ahora en realidad en la dirección contraria. Porque el puente sobre el Mulde queda al norte de nosotros. Sin embargo, caminamos un buen trecho por una avenida de tilos hacia el sur, para luego cruzar el puente sobre un canal. Seguimos ahora a lo largo de este canal: a la izquierda, el canal, de unos 20 metros de ancho, y a la derecha, el dique del Mulde. El Mulde corre unos 150 metros más allá.

Ave rapaz en el dique del Mulde

A lo lejos ya vemos el campanario de Nepperwitz. Junto al canal, un pescador está recogiendo su equipo y una mirada rápida me dice que desearle «buena pesca» habría sido en vano. El pescador apenas saluda y, por la cara que pone, ni me atrevo a preguntarle por las capturas. Al cabo de unos 2 kilómetros giramos a la izquierda hacia un dique por el que una carretera adoquinada lleva hasta el Mulde. Aquí y allá aún se ven los daños que la última crecida causó también en esta carretera. El estrecho puente por el que llegamos a Grubnitz ha sobrevivido a la crecida, lo que es casi un milagro si, como yo, has visto con tus propios ojos las masas de agua que pasaban por aquí. Bajo una hilera de castaños que hay junto al Mulde, entre los diques, todavía queda mucha madera y basura arrastradas por el agua. Y entre ellas trajina un hombre mayor. «Es para los animales», dice. Y entonces me doy cuenta de lo que está haciendo. Rebusca con un palo en la hierba y busca castañas. Su cesta ya está casi llena. Quiere llevar las castañas al zoo. De niños nosotros también lo hacíamos a menudo. Pero ¿qué niño consigue hoy separarse de su ordenador o de su móvil? Hace poco leí una frase: «Cuando era pequeño, mi red social se llamaba “fuera”». Eso lo dice todo. Aunque a los niños en sí no se les puede reprochar nada. Porque si no están en la red, no están «in» y sufren acoso. Pero ya me estoy yendo otra vez por las ramas, tan cerca de la meta. Desde Grubnitz, que igual que Nepperwitz también sufrió la última crecida, en junio de 2013, vamos por una pequeña carretera asfaltada hasta la entrada del último pueblo de nuestra caminata de este año.

Nepperwitz

El Ökumenischer Pilgerweg termina hoy para nosotros, por desgracia ya aquí, en Nepperwitz. Pero antes de que nuestro hijo venga a recogernos en coche, todavía echamos un vistazo al albergue. Lo han rehabilitado después de la crecida y está abierto. Es decir, ahora mismo está cerrado, y no queremos alertar a los responsables del pueblo sin intención de dormir aquí solo porque nos apetece echar un vistazo dentro. Luego nos sentamos en la marquesina del autobús y esperamos a nuestro hijo. Así de poco espectacular termina este viaje de peregrinación. A mí me habría gustado seguir caminando hasta casa, aunque el recorrido ya no hubiera coincidido con el trazado de la Via Regia. Pero mañana tenemos compromisos. Encaminarse en un camino de peregrinación hacia una meta que luego encuentras en Santiago ya lo hemos vivido dos veces. Naturalmente, la meta tiene un papel importante en los pensamientos mientras caminas. Cómo sería Nepperwitz, lo siento, pero nunca lo pensé. Así que la frase «el camino es la meta» tiene aquí, en un tramo de un camino de peregrinación, mucho más significado que la meta geográfica. También en este camino hemos vuelto a vivir muchas cosas, hemos conocido a mucha gente nueva, hemos sentido mucha confianza y cariño, hemos visto muchas ciudades y pueblos y hemos caminado por los bonitos paisajes de Sajonia. Seguro que vendrán más caminos. Pero cada uno sigue siendo algo especial. He intentado escribir mis vivencias y las nuestras de la forma más comprensible y amena posible. Aunque en un principio lo hice solo para que mis recuerdos no se borraran demasiado deprisa, soy muy consciente del alcance que tiene un blog público como este. Más de dos mil visitas hablan por sí solas y me alegra mucho el gran interés. Pero si después de leer todo esto todavía no te apetece ponerte en marcha por alguno de los muchos caminos de peregrinación, ya no puedo hacer nada más por ti. Me alegraría por cualquiera que se sienta inspirado por mis líneas. Si tienes preguntas, estaré encantado de responderlas, también personalmente por correo. Y si luego vuelves y quizá dejas aquí un comentario contando cómo te ha ido, esa sería para mí la recompensa por todo el trabajo. Hasta entonces, me despido con un

¡Buen Camino!

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